Aún recuerdo estar sentada en la casa de Jota, llorando. El genocidio contra el pueblo palestino se había intensificado y no encontraba muchas personas con quienes hablar de eso.
En medio de mi profunda tristeza, levanté la mano y pedí ayuda. Hablé con @camiloroam, logoterapeuta, y, al final de la llamada, fue él quien me dijo:
“Yo creo que tú deberías hablar con Jota”.
Al saber que era un padre, confieso que sentí algo de rechazo. No soy una persona religiosa y tengo muchas reservas frente a la Iglesia católica.
Sin embargo era tal mi desesperación, que al cabo de unos días, estaba sentada frente a un hombre que, en su oficina, tenía un Jesús meditando, un Mago Merlín, un gnomo y una hoja del árbol donde dicen que Buddha se iluminó, enmarcada.
Cuando le comenté lo linda que me parecía su estatua de Jesús meditando, me respondió:
“Yo me niego a tener un Jesús crucificado”.
En ese momento supe que había dado con el padre “correcto”.
Hablamos de un sinfín de cosas, pero lo que jamás imaginé fue que sería él quien, días después, me invitaría de nuevo a aprender a meditar, pero esta vez con los ojos abiertos.
Esa práctica me acompañó en mis meses de posparto. Y aunque no puedo decir que la hago disciplinadamente, sí puedo decir que fue gracias a Jota que volví a encontrarle el gusto a la meditación. También gracias a él profundicé en uno de los libros que más me han marcado sobre la vida de Jesús - “La biografía de la luz” de @pablodors.
Gracias a Jota comprendí que, seguramente, dentro de la Iglesia católica y de las instituciones religiosas hay hombres y mujeres que, como él, entienden la religión no como un dogma, sino como un sendero hermoso a través del cual caminar la vida. Un sendero entre muchos, tan válido como cualquier otro.
Gracias, Jota, por tu tiempo y tu presencia amorosa. Me siento muy afortunada de haberte conocido.
Me alegra y conmueve profundamente tener esta grabación para volver a ella cuando lo necesite, y saber que mis hijos algún día también podrán escucharla.