Aún tengo la imagen de Jaime con su uniforme: durante varios años fue mi jefe scout.
Sus hijos y yo estudiábamos en el mismo colegio, así que compartimos excursiones, noches en carpa y largas conversaciones alrededor de la fogata.
A los 16 años me salí del grupo y desde entonces no lo volví a ver.
Tiempo después, en la universidad, alguien me contó que Jaime había tocado fondo y que incluso había llegado a consumir basuco. La noticia me descolocó. No lograba reconciliar ese dato con el recuerdo que tenía de él: un hombre amable y divertido, y un papá amoroso y presente.
La vida se encargó de volver a cruzarnos.
Hace poco Manuela, su hija, me buscó y aproveché para preguntarle por él. “Está muy bien, Mery. Deberían conversar”, me dijo.
Y yo, que no me pierdo una buena conversación, le pedí su teléfono.
Esta es la conversación que Jaime y yo tuvimos 20 años después, en la que por fin pude hacerle todas las preguntas que me habían acompañado desde que escuché su historia de adicción y recuperación.
Hoy sé que, después de hacerse cargo de su dolor y de su historia, Jaime ayudó a consolidar el @colectivoaquiyahora —uno de los centros de rehabilitación más importantes del país— y es fundador de @encuentro_vital, un espacio donde, como logoterapeuta, acompaña procesos de crecimiento personal.
Su testimonio me recordó el poder del perdón, de la redención y que nada tiene el poder de definirnos de manera perpetua en la vida, si así lo elegimos.
Gracias, Jaime querido, por tu tiempo. Nuestra conversación fue casi una terapia para mí.
Ojalá la disfruten y les deje tanto como me dejó a mí.