El artículo 765. Los 10 tipos de conflicto: el mapa definitivo para escribir historias que enganchen se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.
Y para empezar el año vamos a hablar de una palabra que suena a drama, pero en realidad es un salvavidas: conflicto. Porque cuando una historia no funciona, nueve de cada diez veces no es que le falte “originalidad” o “un giro loco”, es que le falta fricción. Le falta algo que empuje al personaje, que le complique el día y, de paso, le obligue a elegir. Al terminar el pódcast, vas a poder mirar tu historia y decir: “vale, mi conflicto principal es este… y el secundario es este otro”. Y, además, vas a conocer los 10 tops de conlicto para no perderte: veremos conflictos clásicos, modernos y postmodernos.
Como te dije la semana pasada, los miembros de la Academia ya tenéis disponible una masterclass nueva, Cómo planear mi año como guionista. En la masterclass te explico el sistema paso a paso, para que tu año deje de ser “a ver si me da la vida” y empiece a ser “vale, esto lo saco”. Ahí muestro cómo crear objetivos, planes y hábitos para conseguir crecer como guionista sin agobios y paso a paso como yo lo hago.
Qué es un conflicto (y qué no lo es)
Vamos a poner una base rápida para que no nos liemos: conflicto no es pelea. Puede haber gritos, puñetazos y persecuciones, claro… pero eso es la espuma. El conflicto, el de verdad, es otra cosa: es un personaje que quiere algo y una fuerza que se lo impide de forma consistente. Y no vale que se lo impida un ratito y luego se le pase, como cuando dices “mañana empiezo dieta”. Tiene que ser una oposición real, sostenida, con consecuencias.
Tampoco es lo mismo conflicto que problema. Un problema puede ser “se me ha pinchado una rueda”. Si cambia la rueda y sigue, ya está. En cambio, el conflicto implica que, si el personaje no supera ese obstáculo, pierde algo importante: su seguridad, su amor, su identidad, su dignidad, su vida… o, a veces, su excusa para seguir mintiéndose. Y aquí viene una idea clave: el conflicto no solo complica, revela. Saca a la luz quién es el personaje cuando no puede escapar.
Y para comprobar si lo que tienes es conflicto o simplemente “cosas que pasan”, te propongo un test muy simple. Imagínate que quitas esa fricción central. ¿La historia se cae? ¿O sigue funcionando más o menos igual? Si sigue igual, lo siento: no era conflicto. Era ambientación, era anécdota, era el equivalente narrativo a poner velas aromáticas para “crear atmósfera”. Está bien, pero no mueve la trama.
Conflicto es objetivo + obstáculo + consecuencias. Y, si además le metes presión de tiempo, ya tienes el cóctel perfecto para que tu protagonista no pueda quedarse en casa viendo series. Porque el conflicto, al final, es eso: la vida diciéndole al personaje “sal ahí fuera”… y el personaje contestando “sí, pero voy a sufrir un poco primero, por tradición”. Veamos una tipología de conflictos
Conflictos clásicos (los de toda la vida, pero bien afilados)
Los conflictos clásicos son como el jamón: llevan siglos ahí, pero si son buenos, te siguen arreglando la cena. Son fuerzas claras, reconocibles, casi “arquetípicas”. Y la gracia está en que, aunque parezcan simples, pueden tener una profundidad brutal si los conectas con decisiones difíciles del personaje. Vamos con los tres grandes.
1) La Naturaleza no negocia (Hombre contra la naturaleza)
Aquí el antagonista es el mundo físico: el clima, el mar, la montaña, el desierto, un incendio, una epidemia… o el propio cuerpo cuando decide hacer huelga sin avisar. Es el conflicto de supervivencia y resistencia, donde la tensión es muy inmediata porque el peligro se ve y se siente: frío, hambre, sed, dolor, aislamiento. Pero ojo: lo que lo hace grande no es solo “aguantar”, sino qué te obliga a sacrificar para seguir vivo.
Ejemplos clarísimos: Náufrago (un hombre literalmente contra una isla y contra el tiempo), 127 horas (la naturaleza en versión “trampa mecánica”), El renacido (el mundo entero parece haberse puesto de acuerdo para que el protagonista no llegue a la siguiente escena) o Lo imposible (naturaleza como catástrofe que arrasa lo físico y lo emocional). En series, The Terror es un máster en naturaleza hostil con sabor a “esto no es excursión escolar”.
2) Duelo de voluntades (Hombre contra hombre)
Este es el conflicto con antagonista personal: alguien se interpone activamente entre el protagonista y su objetivo. Rival, enemigo, perseguidor, competidor, monstruo, expareja con argumentos… Funciona como un choque de estrategias y valores. Y cuanto mejor sea el antagonista, mejor te queda el protagonista, porque le obliga a definirse. Regla de oro: el antagonista no debería creer que es “el malo”; debería creer que tiene razón.
Ejemplos: Heat es “dos profesionales enfrentados” en estado puro; Kill Bill es venganza con lista y katana; El caballero oscuro convierte la guerra entre Batman y Joker en una batalla moral; No es país para viejos es persecución y fatalidad con un antagonista que da escalofríos. En series, Breaking Bad es un festival de hombre contra hombre (Walter contra Jesse, Walter contra Gus, Walter contra Hank…) y Killing Eve juega a “cazador y presa” con química venenosa.
3) Contra el cielo, el destino o el orden del mundo (Hombre contra Dios / lo sagrado / el destino)
Aquí el antagonista no es una persona ni un fenómeno meteorológico: es una fuerza superior o inevitable. Puede ser Dios, la fe, el destino, la culpa sagrada, una prueba moral… o la sensación de que hay un orden que te supera. Este conflicto suele tener un tono más filosófico o trágico, pero se vuelve muy dramático cuando lo traduces a preguntas concretas: “¿qué haces si el mundo no es justo?”, “¿qué sacrificas para mantener tu fe?”, “¿te rebelas o aceptas?”
Ejemplos: El séptimo sello (el caballero que literalmente juega al ajedrez con la Muerte: más simbólico, imposible), Silencio (fe y duda a cuchillo, sin subrayados fáciles), A Serious Man (un hombre intentando entender “por qué a mí” en un universo que no responde) o Bruce Almighty si quieres la versión cómica del “yo lo haría mejor que Dios”. En series, The Leftovers trabaja muy bien esa pelea con lo incomprensible y con la necesidad humana de encontrar sentido.
Conflictos modernos (cuando el enemigo no ruge… te manda un email)
En los conflictos modernos la cosa se pone más incómoda, porque el antagonista ya no siempre es un tiburón, un villano con cicatriz o la voluntad de los dioses. A veces es una norma social, un sistema que te tritura sin despeinarse, o tu propia cabeza haciendo teatro experimental a las tres de la mañana. Son conflictos donde las reglas del mundo son menos claras, más grises, y el personaje tiene que pelear no solo por sobrevivir, sino por no perderse a sí mismo.
4) El Sistema te aplasta (Hombre contra la sociedad)
Aquí el antagonista es la estructura social: el Estado, la ley, la burocracia, la clase, la industria, la cultura dominante, una comunidad cerrada, un régimen totalitario… o incluso una “normalidad” que exige obediencia. Lo potente de este conflicto es que a menudo no hay un villano único al que derrotar en el clímax. El enemigo es difuso, tiene mil cabezas y todas llevan sello, uniforme o sonrisa corporativa. Por eso, dramáticamente, funciona cuando lo representas a través de mecanismos (normas, castigos, vigilancia, exclusión) y caras visibles (jefes, policías, burócratas, vecinos, comités, algoritmos).
Ejemplos: 1984 es la versión canónica del sistema como prisión mental; V de Vendetta convierte la sociedad totalitaria en espectáculo y rebelión; Los juegos del hambre es literalmente “adolescente contra sistema televisado”; El show de Truman es sociedad como jaula diseñada. En series, The Handmaid’s Tale es un manual de conflicto contra un régimen teocrático, Chernobyl retrata el sistema y la mentira institucional como antagonista, y The Wire es una enciclopedia de “no es un malo, es todo el mecanismo”.
5) Tu peor enemigo eres tú (Hombre contra sí mismo)
Este conflicto es interior: deseo contra miedo, impulso contra ética, necesidad contra orgullo, ambición contra inseguridad. Lo importante es que no se escribe con discursos bonitos ni con “estoy mal por dentro” mirando a la lluvia. Se escribe con acciones contradictorias: el personaje se sabotea, evita lo que quiere, elige lo cómodo, repite patrones que le destruyen, o se traiciona para no enfrentarse a una verdad dolorosa.
Ejemplos: Manchester by the Sea es duelo interno que no se resuelve con una charla motivacional; Cisne negro es guerra interior llevada al cuerpo y a la percepción; Shame es conflicto con la compulsión y la vergüenza; Joker (sin entrar en debates) trabaja el deterioro interno como motor trágico. En series, BoJack Horseman es de las mejores para esto: un protagonista que se sabotea con una precisión quirúrgica, y Fleabag convierte el conflicto interno en ironía, culpa y deseo de conexión.
6) El vacío te mira de vuelta (Hombre contra un mundo sin Dios)
Aquí el conflicto no es “Dios contra el hombre”, sino la ausencia de sentido garantizado. Es existencial: el personaje se enfrenta a la idea de que no hay justicia automática, ni respuestas claras, ni un marco moral que lo sostenga. Y eso genera un antagonista muy moderno: la tentación del cinismo, la apatía, la anestesia, la renuncia. Dramáticamente, la pregunta no es “¿ganará?” sino “¿para qué seguir?”… y lo duro es que la historia no te deja responder con una frase bonita. Te exige una elección.
Ejemplos: No es país para viejos tiene mucho de mundo sin orden moral (la violencia cae como clima); Her trabaja el vacío y la necesidad de sentido en un mundo hiperconectado; Lost in Translation es el desconcierto existencial en formato íntimo; Synecdoche, New York es una espiral de sentido y representación que te deja temblando. En series, True Detective (temporada 1) es un choque constante con el nihilismo y la oscuridad del mundo, y The Leftovers vuelve a aparecer aquí también, porque es prácticamente un tratado dramático sobre vivir después de lo incomprensible.
Conflictos postmodernos (cuando la historia sabe que es una historia)
Llegamos al postmodernismo: ese territorio donde el conflicto ya no solo es “contra algo”, sino “contra la forma en que entendemos el mundo”. Aquí el enemigo puede ser un algoritmo, una realidad que se deshilacha, o incluso el propio relato. Es el momento en que la historia te guiña un ojo y te dice: “tranquilo, sé lo que estás pensando”… y tú respondes: “vale, pero ¿por qué me está afectando tanto?”
7) El algoritmo decide por ti (Personaje contra la tecnología)
En este conflicto, la tecnología deja de ser herramienta y se convierte en fuerza antagonista. No tiene por qué ser un robot con metralleta; puede ser algo mucho más inquietante: un sistema que te vigila, te puntúa, te perfila, te manipula o te sustituye sin necesidad de levantar la voz. La tensión aquí nace de una pregunta muy contemporánea: “¿soy yo quien elige… o me están eligiendo a mí?” Y dramáticamente funciona cuando la tecnología no es decorado futurista, sino un mecanismo que condiciona decisiones, reputación, libertad o identidad.
Ejemplos: Black Mirror es el buffet libre de este conflicto (elige episodio según el nivel de trauma que busques), Her mezcla amor con dependencia tecnológica de forma elegante y dolorosa, Ex Machina convierte la inteligencia artificial en juego de poder y deseo, y The Social Dilemma (docu) funciona como “villano invisible: el diseño persuasivo”. En series, Mr. Robot también juega mucho con el control tecnológico, el sistema y la paranoia.
Para escribirlo bien: concreta qué hace la tecnología como antagonista. ¿Te vigila? ¿Te sustituye? ¿Te expone? ¿Te seduce? ¿Te vuelve adicto? Si no hace nada, no es antagonista: es un gadget caro.
8) La realidad está rota (Personaje contra la realidad)
Aquí el conflicto es epistemológico, que suena a examen, pero es simple: el personaje no puede fiarse de lo que percibe. La realidad se vuelve inestable: memoria falsa, identidades fragmentadas, simulaciones, sueños que se filtran, narraciones contradictorias… El antagonista es esa duda constante: “¿qué es verdad y qué me estoy inventando para sobrevivir?” Este conflicto engancha muchísimo porque convierte cada escena en una investigación emocional.
Ejemplos: The Matrix es la versión pop definitiva, Origen (Inception) convierte la percepción en un laberinto con reglas, Memento hace que la memoria sea literalmente el enemigo, y Shutter Island juega con la realidad como trampa mental. En series, Westworld (sobre todo al inicio) explota esta idea con identidad, memoria y construcción de la realidad; y Dark complica la realidad a nivel cósmico con una seriedad alemana impecable (nadie se ríe, pero todos sufren con estilo).
Para escribirlo bien: no basta con confundir al espectador. La regla es “confusión con propósito”. Cada giro debe empujar al personaje a una decisión más difícil, no solo a un “¿eh?” más grande.
9) La historia se rebela (Personaje contra el autor / la narración)
Este conflicto es metaficción pura: el personaje se enfrenta al hecho de ser personaje, o lucha contra el guion, contra el tropo, contra el destino narrativo. Aquí el antagonista puede ser el autor literalmente, o la propia estructura del relato que intenta obligarte a ser “el elegido”, “el villano”, “el interés romántico” o “el que muere para motivar al héroe”. Es un conflicto divertidísimo cuando se usa con inteligencia, porque puede ser cómico… pero también profundamente trágico: “¿tengo libre albedrío o estoy atrapado en una historia que alguien escribió por mí?”
Ejemplos: Stranger Than Fiction es un ejemplo maravilloso de personaje contra narración (y además con corazón), The Truman Show tiene mucho de “contra el creador” y contra el dispositivo narrativo que lo encierra, Adaptation convierte al propio guionista en campo de batalla (y el guion en monstruo vivo), y Deadpool lo lleva al terreno cómico rompiendo la cuarta pared con descaro. En series, Fleabag usa la mirada a cámara como complicidad y máscara, y Rick and Morty a veces juega con el metarrelato como si fuera plastilina (para bien y para caos).
Para escribirlo bien: decide si la metaficción es el tema o la herramienta. Si es solo un truco, se agota rápido. Si está conectada con una necesidad emocional del personaje (querer control, querer escapar, querer ser otro), entonces tiene profundidad.
10) No conoces las reglas del otro lado (Personaje contra lo sobrenatural)
Aquí lo sobrenatural no es solo “hay fantasmas”, sino “hay un sistema de reglas que el personaje ignora”. El antagonista es esa ignorancia: el personaje está jugando una partida sin saber cómo se gana, y eso genera terror, tensión y misterio. Es distinto a “contra Dios” porque aquí no hay una fuerza moral superior; hay un fenómeno extraño, con reglas ocultas, que puede ser hostil, indiferente o incomprensible.
Ejemplos: The Ring y It Follows son perfectas para esto (reglas sencillas, consecuencias brutales), The Conjuring funciona con un universo sobrenatural donde el conocimiento (o su ausencia) marca la diferencia, y El sexto sentido usa lo sobrenatural como revelación emocional. En series, Stranger Things arranca precisamente con “no sabemos qué es esto ni cómo pararlo”, The Haunting of Hill House mezcla reglas fantasmales con trauma familiar, y From vive de esa sensación de “este lugar tiene normas… y no te las van a explicar con un folleto”.
Para escribirlo bien: revela las reglas poco a poco, pero con lógica interna. Si las reglas cambian según te convenga, el espectador deja de sentir miedo y empieza a sentir que le estás haciendo trampas. Y eso, en términos dramáticos, es el verdadero horror.
Mezclas, mapas y cómo elegir el conflicto correcto
Después de repasar conflictos clásicos, modernos y postmodernos, llega el momento de decir una verdad incómoda: casi ninguna historia funciona con un solo conflicto puro. La mayoría son cócteles.
Lo primero que conviene aclarar es la diferencia entre conflicto principal y conflictos secundarios. El principal es el motor que sostiene la historia de principio a fin: lo que, si desaparece, la historia se desinfla. Los secundarios son capas que enriquecen, complican y, a veces, hacen que el protagonista explote por dentro mientras por fuera dice “estoy bien”. Y lo ideal es que los secundarios no sean adornos, sino presión añadida que empuja al personaje hacia decisiones cada vez más difíciles.
Una forma muy útil de entender las mezclas es pensar en “parejas” habituales. Por ejemplo, hombre contra la sociedad + hombre contra sí mismo: el sistema te obliga a traicionarte, y ahí nace la guerra interior. Esto pasa muchísimo en historias sobre industrias creativas, política, trabajo precario o ambientes opresivos. También está el combo hombre contra la tecnología + hombre contra la realidad: lo que ves, lo que recuerdas, lo que crees… está filtrado por sistemas que no controlas. Y otra mezcla muy potente es hombre contra hombre + destino: una rivalidad que parece personal, pero que arrastra algo inevitable, casi trágico, como si la historia ya estuviera escrita y aun así los personajes pataleen.
Ahora, ¿cómo eliges el conflicto correcto para tu historia? Aquí va un método sencillo, de los que te dejan el guion menos místico y más manejable. Primero: ¿qué quiere el protagonista, exactamente? No “ser feliz”, que eso no se puede grabar en plano general. Algo concreto: conseguir, evitar, recuperar, proteger, demostrar. Segundo: ¿qué fuerza se lo impide de forma consistente? Ojo con “me falta motivación”, porque eso no es antagonista, eso es domingo. Tercero: ¿qué está en juego si fracasa? Si la respuesta es “nada grave”, entonces no es conflicto, es un contratiempo. Cuarto (y este es oro): ¿qué decisión difícil provoca ese obstáculo? Si solo provoca “correr”, te queda una historia muy atlética, pero poco dramática.
Cuando tienes esas respuestas, puedes etiquetar tu conflicto con claridad. Si lo que impide el objetivo es una estructura social —normas, poder, vigilancia, prejuicio, burocracia— estás en hombre contra la sociedad. Si lo que impide es una persona o entidad concreta que actúa activamente, es hombre contra hombre. Si el obstáculo es el mundo físico o el cuerpo, es naturaleza. Si el bloqueo nace del propio protagonista y se expresa en autoboicot o contradicción, es sí mismo. Si el problema es que la realidad se vuelve inestable o dudosa, es realidad. Y si lo que lo condiciona es un sistema tecnológico, invisible pero determinante, es tecnología. El truco no es elegir la etiqueta más “cool”, sino la que mejor describa qué fuerza domina la historia.
Aquí suele aparecer una duda muy común: “¿y si mi historia tiene varios?”. Perfecto. Pero decide qué conflicto manda y cuáles están al servicio. Es decir: cuál es el jefe y cuáles son los sub-jefes. Porque si todos mandan igual, el guion se convierte en una asamblea permanente y nadie toma decisiones. Y eso en narrativa es mortal: el espectador necesita sentir una dirección, aunque sea hacia el desastre.
Para aterrizarlo del todo, puedes proponer un ejercicio cortito a los oyentes. Que escriban una frase con su conflicto principal siguiendo esta plantilla: “Mi protagonista quiere ___, pero ___ se lo impide, y si fracasa ___”. Luego, que escriban un conflicto secundario que lo complique: “Además, por dentro lucha con ___” o “Además, el sistema le obliga a ___”. Y para rematar, que imaginen una escena donde eso se vea sin explicarlo: una decisión, un rechazo, una renuncia, una traición, un acto de valentía. Porque el conflicto, en guion, no se anuncia: se demuestra.
Y para terminar, una idea que a mí me encanta para el pódcast: el conflicto no es un castigo para el personaje, es un regalo para el guionista. Sin conflicto no hay historia; hay gente existiendo. Y eso está muy bien para la vida real… pero en ficción es como ver una lavadora girando: hipnótico dos minutos, y luego te preguntas qué estás haciendo con tu tiempo.
El artículo 765. Los 10 tipos de conflicto: el mapa definitivo para escribir historias que enganchen se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.