Sentir que no sabemos nada a pesar de llevar años en el sector es el pan de cada día en la gestión cultural, especialmente cuando vemos que incluso quienes reportan un nivel de experiencia máximo en nuestra comunidad siguen buscando formación constante en temas complejos como inteligencia artificial o cooperación internacional.
Este "síndrome del impostor" nace de la naturaleza misma de nuestro trabajo, donde se nos exige ser expertos multidisciplinarios que dominan desde el marketing y las finanzas hasta el marco jurídico y la sociología.
Es normal dudar cuando el campo cambia tan rápido, pero la clave para silenciar esa voz es entender que la necesidad de actualización no es falta de capacidad, sino una respuesta profesional a un entorno globalizado que nos pide movernos entre diplomacias, nuevas leyes y herramientas técnicas cada vez más sofisticadas.
Al final, reconocer que estamos en un aprendizaje continuo es lo que nos mantiene vigentes, transformando esa inseguridad en el motor que nos impulsa a buscar mentorías y redes de networking para validar que nuestra experiencia, aunque se sienta incompleta, es real y necesaria.
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