Padre Gustavo Godinez
Marcos 6, 14–29
En aquel tiempo, el rey Herodes oyó hablar de Jesús, porque su fama se había extendido.
Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas».
Otros decían: «Es Elías».
Otros: «Es un profeta como los antiguos».
Al oír esto, Herodes decía: «Es Juan, a quien yo mandé decapitar; ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, a causa de Herodías, mujer de su hermano Filipo, con la que se había casado.
Juan decía a Herodes: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano».
Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía.
Cuando lo escuchaba, quedaba muy perplejo, y sin embargo lo oía con gusto.
Llegó un día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los oficiales y a los principales de Galilea.
Entró la hija de Herodías, danzó y agradó a Herodes y a los convidados.
El rey dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré».
Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella fue y preguntó a su madre: «¿Qué pido?».
Esta le respondió: «La cabeza de Juan el Bautista».
Entrando enseguida, a toda prisa, ante el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se entristeció profundamente; pero, a causa del juramento y de los convidados, no quiso desairarla.
Y enseguida mandó a un verdugo que trajera la cabeza de Juan.
Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja, se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.
Al enterarse, los discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.