No todos los desiertos tienen arena. Algunos se llaman enfermedad, incertidumbre, crisis económica, espera, pérdida o una batalla con la fe.
Muchas veces creemos que el desierto es un castigo, cuando en realidad puede ser el lugar donde Dios forma nuestro carácter y prepara nuestro corazón para lo que prometió. El problema no siempre es el desierto, sino lo que hacemos mientras lo atravesamos. La queja, la desobediencia, la impaciencia o la falta de confianza pueden alargar un proceso que Dios diseñó para transformarnos.
Cada desierto trae un examen. Algunos nos enseñan a agradecer, otros a obedecer, a esperar, a perdonar, a confiar o a recordar quiénes somos en Cristo. Y aunque el camino parezca largo, Dios nunca pierde de vista la tierra prometida que preparó para sus hijos.
La pregunta no es si estás atravesando un desierto… sino qué quiere enseñarte Dios antes de llevarte a la tierra prometida.