Vivimos entre dos extremos: algunos ven demonios detrás de cada problema, mientras otros han sacado por completo a Dios y al mundo espiritual de su vida cotidiana.
La verdad es que existe una realidad invisible que influye en lo que vivimos. Dios está presente, hablando, guiando y obrando mucho más de lo que imaginamos. Pero también hay una responsabilidad que no podemos ignorar: no todo es culpa del diablo, y no todo requiere una explicación sobrenatural.
Ser espirituales no significa evadir la realidad; significa aprender a verla desde la perspectiva de Dios. Reconocer su mano en los detalles, confiar en su soberanía cuando las puertas se cierran, entender que incluso los procesos difíciles pueden formar parte de un propósito mayor.
Hay momentos en los que Dios abre caminos, y otros en los que los cierra por amor. Hay circunstancias que parecen casualidades, pero terminan revelando su dirección. Y hay pruebas que, aunque no las entendamos, están produciendo algo eterno en nosotros.