Pocas películas huyen de su momento histórico. Para bien y para mal, los artistas y sus obras están marcados por su época de creación, por la ideología y la sociedad de su tiempo.
Ejemplo de ello lo tenemos en el filme El silencio de un hombre, metáfora rotunda de la soledad, de la máscara - persona, de la precisa mirada que logra voltear un género de manera revolucionaria, para crear una obra de culto de enorme influencia en el tiempo, es un retrato que describe con extraña atmósfera empática e hipnótica una universalidad y un permanente halo de complicidad.
El director francés Jean-Pierre Melville convierte la historia de un hermético y frío asesino a sueldo, ese Jeff Costello que Alain Delon perfila con implacable decisión y un dominio del espacio, los planos y la mirada, en un antihéroe que transmite una sucesión de pulsos dramáticos. Ejercicio de estilo pero también juego formal y estético, el filme desnuda un territorio existencialista, renueva el género más forjado en estereotipos y se adentra en una impresionante puesta en escena. Todo en el filme El silencio de un hombre tiene algo de composición pictórica entre minimalista y abstracta que, sin embargo, produce una colisión contundente y eficaz con ese aire de desencanto, de desmayada soledad, de inevitabilidad del destino. Hay una sombría corriente que atraviesa la película, toda ella dotada de una sensación de invisibilidad a través de la cual el personaje de Costelo se postula como un espejo de la realidad.
La criatura metódica, fría, inteligente es la llave de un cine que discurre entre la intriga, lo negro, lo policíaco, pero todo entreverado por el uso magnético de la luz, ese magma que impregna lo poético y lo riguroso, la pausa y la potencia visual. Así se creó y desarrolló el CINE NEGRO, tema que compartimos con ustedes en esta emisión.