Enseñar a nuestros hijos a amar la Biblia es uno de los regalos más profundos que podemos dejarles, porque no se trata solo de acercarlos a un libro, sino de guiarlos hacia una voz que los acompañará toda la vida. En un mundo lleno de ruido, distracciones y mensajes contradictorios, la Palabra se convierte en un faro que ilumina, orienta y sostiene. Pero ese amor no nace de la obligación ni de la imposición; nace de la experiencia, de ver cómo la Biblia cobra vida en lo cotidiano, de descubrir que sus palabras no son antiguas ni distantes, sino cercanas, actuales y profundamente humanas. Cuando nuestros hijos ven que la Biblia no es un deber, sino un tesoro, algo en su corazón se despierta.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.