Cuando hablo con Dios desde la honestidad, sin máscaras, sin discursos bonitos, me doy cuenta de algo muy profundo: Él no se sorprende de mis errores. No se escandaliza de mis caídas. No se aleja cuando tropiezo. Al contrario, es en esos momentos cuando más siento su cercanía. Como si Él dijera: “No vine por tus logros, vine por tu corazón.” Y eso cambia todo. Porque me recuerda que Dios no me acepta a pesar de mis errores, sino que me acepta sabiendo mis errores, conociéndome por completo, entendiendo mis luchas, mis procesos, mis heridas. Su amor no es condicional; es transformador.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.