📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/258-agencia-ii-chalados-voladores-y-las-trampas-de-nuestra-mente/
Hoy viajamos al siglo XIX. Más concretamente, al año 1885. Y nuestro protagonista se llama Wilbur.
Wilbur tiene 18 años y, sobre el papel, la vida por delante. Es inteligente, atlético y todo indica que le espera un futuro brillante como estudiante en la Universidad de Yale. De esos chavales a los que el mundo parece decirles: todo va a ir bien. Hasta que deja de decírselo.
Una fría tarde de invierno, Wilbur estaba jugando con unos amigos un partido de hockey sobre hielo. Un plan estupendo… salvo por un pequeño detalle: uno de sus rivales estaba hasta arriba de una medicina que le habían recetado y que estaba muy de moda en la época: cocaína. Y aquello acabó con un stick de hockey estampado en la cara de Wilbur, que perdió varios dientes y algo más.
Hasta entonces había sido un muchacho fuerte y saludable, pero tras aquello —aunque las lesiones no parecían demasiado graves— algo se rompió por dentro. Durante años apenas salió de la cama. Sufría problemas nerviosos, depresión, palpitaciones constantes. Sus planes de ir a Yale se evaporaron.
Por si fuera poco, la madre de Wilbur estaba gravemente enferma. Así que cuando él lograba salir de la cama, lo que encontraba era a su pobre madre, muriéndose lentamente delante de él.
Esta era, sin duda, la receta de una vida miserable. Wilbur no estaba haciendo ninguna de las cosas habituales a su edad: no estaba saliendo con chicas, ni yendo a ver partidos del equipo local, ni estudiando en la universidad. Su mundo se había reducido a una habitación, una cama y una cabeza que no paraba de dar vueltas.
De hecho, algunos empezaron a pensar que había perdido la cabeza. Porque Wilbur tenía una obsesión: los pájaros. Bueno, no exactamente los pájaros. Sino una pregunta aparentemente absurda, casi infantil: «si los pájaros pueden volar, ¿por qué no pueden los humanos?»
Y así empieza una de las historias más fascinantes que existen sobre ese concepto tan importante —y con un nombre tan feo— del que empezamos a hablar en el capítulo anterior de esta mini-serie: la alta agencia.
Soy Jaime Rodríguez de Santiago y esto es kaizen. El podcast para mentes inquietas en el que te acerco a personas, a ideas y a técnicas fascinantes de las que aprender cada día.🙌 Patrocinan kaizen:
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