El tercer mandamiento nos llama a reverenciar el Nombre de Dios: no promesas vacías, no “religiosidad”, sí obediencia y corazón. Hoy vemos por qué las palabras importan (Ecl 5:1-7), qué pasó con Uzá (1 Cr 13) y con Ananías y Safira (Hch 5), y cómo acercarnos al Padre solo por Jesús (Hch 4:12; Ro 10:13).
Tareas: guarda tus votos, mide tus palabras, ora con reverencia, y enseña esto en casa.