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- Hay cosas que un abuelo deja sin escribir un solo documento. No aparecen en ningún testamento porque no son propiedades ni cuentas bancarias: la manera de orar antes de comer, una frase repetida tantas veces que ya es de familia, el modo particular de recibir una mala noticia sin desesperarse. Nadie firma nada, y sin embargo se hereda igual, casi sin notarse.
El salmista, ya entrado en años, no pedía a Dios más fuerza para sí, sino tiempo suficiente para anunciar Su poder a la generación siguiente. Sabía que la vejez no era el final de su utilidad, sino quizá su etapa más importante: la de transmitir lo aprendido a punta de años vividos.
En una cultura que a veces aparta a los mayores por considerarlos ya no productivos, algo se pierde con esa distancia, aunque cueste nombrarlo. Los abuelos no siempre enseñan con discursos; enseñan con la forma en que envejecen, con lo que sostienen aun cuando el cuerpo ya no acompaña como antes.
¿Qué heredaste tú sin que nadie te lo explicara? Y más importante: ¿qué estás dejando tú, sin darte cuenta, en quienes te observan?
La Biblia dice en Salmos 71:18: "Y aun hasta la vejez y las canas; oh Dios, no me desampares, hasta que anuncie tu poder a la posteridad". (RV1960). - En 1903, una joven maestra llamada Jovita Idár llegó a un pequeño pueblo del sur de Texas para dar clases a niños México-americanos. Encontró un salón sin materiales suficientes, sin libros, con menos recursos que las escuelas cercanas destinadas a otros estudiantes. Renunció al poco tiempo, no por falta de vocación, sino porque no soportaba enseñar sin poder ofrecer lo necesario.
En vez de resignarse, tomó la pluma. Se unió al periódico de su familia en Laredo y, durante años, escribió sobre la desigualdad educativa, la violencia y la dignidad de su comunidad, en un tiempo en que pocas mujeres firmaban artículos con su propio nombre. No buscaba fama; buscaba que su gente dejara de ser invisible en la prensa que hablaba de ellos sin escucharlos.
La dignidad, muchas veces, no se recibe: se defiende con lo que uno tiene a la mano, sea una pluma, una voz o un puesto de maestra que nadie más quiso ocupar. Dios no necesita que grites para que Él te escuche, pero sí honra a quien se atreve a hablar por los que no pueden hacerlo.
La Biblia dice en Proverbios 31:8: "Abre tu boca por el mudo, en el juicio de todos los desvalidos". (RV1960). - Hoy se conmemora el Día Internacional de la Alfabetización. Suena a un tema lejano, casi técnico, hasta que se recuerda lo que realmente significa: hay personas para quienes la Biblia sigue siendo un libro cerrado, no porque no la busquen, sino porque nunca aprendieron a leerla. Saber leer no es un detalle menor de la fe; es la puerta de entrada a ella.
El Señor Jesús constantemente remitía a las personas a lo que estaba escrito: "¿No habéis leído...?" era una de Sus preguntas más frecuentes. Daba por hecho que Sus oyentes podían acudir directamente al texto, no solo escuchar lo que otros les contaban sobre él. Ese acceso directo a la Palabra ha sido, a lo largo de la historia, una de las formas menos visibles en que Dios transforma una vida.
Quizá hoy no falte tanto quien te explique la Biblia, sino tiempo real invertido en leerla tú mismo, sin intermediarios, despacio. La fe que se sostiene mejor no es la que se recibe de segunda mano, sino la que se alimenta de un contacto propio y constante con la Escritura. Abre hoy la Biblia sin apuro. Ese simple acto sigue cambiando vidas enteras.
La Biblia dice en Salmos 119:105: "Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino". (RV1960). - A los tres años, una niña llamada Juana Inés siguió a su hermana mayor hasta la escuela y le rogó a la maestra que le enseñara a leer. No tenía edad para eso, pero insistió tanto que la dejaron quedarse. Años después, en la biblioteca de su abuelo, en la Nueva España del siglo diecisiete, devoraba cuanto libro encontraba, sin que nadie tuviera que empujarla.
Esa niña se convertiría en Sor Juana Inés de la Cruz, autodidacta casi por completo, una de las mentes más lúcidas de su tiempo, capaz de escribir con soltura sobre teología, filosofía o poesía. Nadie le regaló ese conocimiento; ella lo persiguió, libro tras libro, con una disciplina poco común en una época que no esperaba eso de una mujer.
El hambre por conocer la verdad no siempre viene de afuera; a veces hay que cultivarla uno mismo, con la misma insistencia con que esa niña pedía que le enseñaran las letras.
Pocas veces perseguimos la Palabra con esa misma sed de niña. Pero la sabiduría no se le impone a nadie: se le entrega a quien de verdad la busca.
La Biblia dice en Proverbios 2:4-5: "Si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor de Jehová". (RV1960). - En 1917, un joven llamado William Cameron Townsend llegó a Guatemala con una misión sencilla: vender Biblias en español entre los pueblos del interior. Pronto descubrió algo que cambiaría el rumbo de su vida entera. El pueblo cakchiquel, con quien convivía, no hablaba español; tenía su propio idioma, sin una sola página de la Escritura traducida a él. Uno de ellos le preguntó, sin rodeos, por qué su Dios no había aprendido su lengua.
Townsend dejó de vender libros que nadie podía leer y se dedicó, durante más de una década, a aprender el cakchiquel, crear su alfabeto y traducir el Nuevo Testamento palabra por palabra. Ese trabajo silencioso, hecho en una aldea que el mundo no conocía, terminó dando origen a una organización que hoy ha ayudado a traducir la Biblia a cientos de idiomas alrededor del planeta.
Es fácil dar por sentado tener la Palabra en el propio idioma. Alguien, en algún momento, tuvo que aprenderlo primero para que tú pudieras leerla sin esfuerzo. La fe no llega en abstracto; llega en una lengua concreta, a través de alguien dispuesto a aprenderla.
La Biblia dice en 1 Corintios 14:9: "Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que se dice?". (RV1960).
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Podcast by Dr. Rolando D. Aguirre
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