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- En el capítulo de hoy vemos que Pablo continúa prisionero en Cesarea. Félix ha sido reemplazado por Porcio Festo, pero los dirigentes judíos siguen buscando una oportunidad para eliminarlo. Apenas Festo llega a Jerusalén, vuelven a presentar acusaciones contra Pablo y le piden que sea trasladado allí, aunque en realidad estaban preparando una emboscada para matarlo en el camino. Sin embargo, Dios vuelve a frustrar sus planes. Cuando Pablo comparece ante Festo, sus acusadores presentan muchas acusaciones graves, pero no pueden demostrar ninguna de ellas. Pablo puede declarar con tranquilidad: “Ni contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra César he pecado” (Hechos 25:8). Hay algo poderoso aquí: Pablo no podía controlar lo que otros decían acerca de él, pero sí podía controlar la manera en que vivía. Su mejor defensa era una conciencia limpia. Cuando Festo le pregunta si está dispuesto a ir a Jerusalén para ser juzgado, Pablo comprende el peligro y utiliza un derecho que poseía como ciudadano romano: “A César apelo” (Hechos 25:11). Esto no fue falta de fe. Pablo utilizó legítimamente los recursos que tenía disponibles. Confiar en Dios no significa quedarnos pasivos cuando podemos tomar decisiones prudentes para protegernos o defender lo que es correcto. Pero hay algo todavía más interesante. Tiempo atrás, Jesús le había dicho a Pablo: “Como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma” (Hechos 23:11). Ahora, paradójicamente, son su arresto, las falsas acusaciones y su apelación a César las cosas que comienzan a abrirle el camino hacia Roma. Lo que parecía estar deteniendo la misión de Pablo estaba siendo utilizado por Dios para hacer avanzar esa misma misión. Al final del capítulo aparecen el rey Agripa y Berenice. Festo les presenta el caso porque no sabe exactamente qué acusación enviar junto con Pablo a Roma. Sin darse cuenta, las autoridades están preparando una nueva oportunidad para que Pablo dé testimonio de Jesús delante de gobernantes y personas influyentes. A veces podemos pensar que Dios solamente está obrando cuando las puertas se abren fácilmente. Hechos 25 nos enseña lo contrario. Dios también puede actuar mediante retrasos, injusticias, acusaciones y situaciones que nosotros jamás habríamos escogido. Pablo seguía encarcelado, pero el propósito de Dios seguía avanzando. Por eso, cuando no podamos controlar las circunstancias, nuestra preocupación principal debe ser mantener una conciencia limpia delante de Dios. Tal vez no podamos impedir que otros hablen, acusen o actúen injustamente contra nosotros, pero sí podemos decidir cómo responder. Hechos 25 nos recuerda que ningún tribunal, ninguna acusación y ninguna oposición puede detener aquello que Dios ha determinado realizar. Nuestra responsabilidad es permanecer fieles. Dios se encargará de conducir el camino. Que el Señor te bendiga.
- En el capítulo de hoy vemos a Pablo siendo llevado ante el gobernador Félix en Cesarea. Los líderes judíos presentan graves acusaciones contra él, pero Pablo responde con serenidad, dejando claro que su verdadera “culpa” era creer en la resurrección y servir a Dios conforme al camino de Cristo. Aunque estaba prisionero y enfrentaba acusaciones injustas, Pablo no desperdició aquella oportunidad. Incluso delante del gobernador habló acerca de “la justicia, el dominio propio y el juicio venidero” (Hechos 24:25). Lo más impresionante ocurre cuando Félix escucha el mensaje. La Biblia dice que “se espantó”. La Palabra de Dios había tocado su conciencia. Sin embargo, en vez de responder al llamado, le dijo a Pablo: “Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré”. Félix sintió la convicción, pero decidió postergar su respuesta. Y allí encontramos una de las grandes advertencias de este capítulo: no basta con sentir que Dios nos está hablando; debemos responder cuando Él habla. Podemos escuchar un sermón, leer un pasaje de la Biblia, sentir que necesitamos cambiar algo y aun así decir: “más adelante”. Pero el problema es que el momento perfecto casi nunca llega. Félix esperó una ocasión más conveniente, y el relato bíblico nunca nos dice que finalmente haya entregado su vida a Dios. A veces nosotros hacemos lo mismo. Sabemos que debemos que debemos acercarnos a Dios, arrepentirnos, y seguirlo; pero seguimos aplazando esa decisión. Decimos como Félix: "más adelante te escucharé". Queremos obedecer, pero cuando las circunstancias sean más cómodas. Hechos 24 nos recuerda que la voz de Dios merece una respuesta hoy. La convicción no debe ser archivada para otro momento. Cuando el Espíritu Santo toca nuestro corazón, ese es el momento de actuar. Por eso, si hoy Dios está mostrando algo que necesitamos cambiar, no respondamos como Félix: “cuando tenga oportunidad”. Digámosle al Señor: “Hoy quiero escucharte. Hoy quiero obedecerte. Hoy quiero entregarme a ti”. Porque una de las decisiones espirituales más peligrosas que podemos tomar no es decirle “no” a Dios, sino decirle “después”. Que el Señor te bendiga.
- En el capítulo de hoy vemos a Pablo compareciendo ante el Sanedrín en Jerusalén. La situación era extremadamente tensa. Sus enemigos querían condenarlo, los líderes religiosos discutían entre ellos y, humanamente hablando, el futuro del apóstol parecía cada vez más incierto. Sin embargo, en medio de aquella noche oscura, Jesús mismo se acerca a Pablo y le dice: “Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma” (Hechos 23:11). Estas palabras son impresionantes porque Jesús no le promete a Pablo que sus problemas terminarán. De hecho, al día siguiente más de cuarenta hombres conspiraron para matarlo. Lo que Cristo le asegura es algo mucho más importante: su historia todavía no había terminado porque Dios todavía tenía un propósito para su vida. Pablo podía ver enemigos, amenazas y una prisión; pero Dios veía Roma. Pablo veía el peligro inmediato; Dios veía el siguiente capítulo de su misión. Y el Señor cumplió su palabra utilizando medios que Pablo probablemente nunca habría imaginado. El sobrino de Pablo escuchó acerca del complot, informó al comandante romano y aquel mismo ejército que mantenía preso al apóstol terminó protegiéndolo de quienes querían asesinarlo. Dios no siempre obra mediante milagros espectaculares. Muchas veces su providencia actúa silenciosamente a través de personas, circunstancias y decisiones aparentemente comunes. También nosotros podemos atravesar momentos en los que no entendemos hacia dónde está conduciendo nuestra vida. Podemos sentirnos rodeados de problemas y pensar que todo se está cerrando delante de nosotros. Pero Hechos 23 nos recuerda que ninguna amenaza puede anular el propósito de Dios mientras Él todavía tenga una misión para nosotros. Tal vez hoy no podamos ver cómo terminará nuestra situación, pero podemos escuchar las mismas palabras que Jesús le dijo a Pablo: “Ten ánimo”. Nuestra seguridad no está en que el camino será fácil, sino en saber que Cristo camina con nosotros. Cuando Dios todavía tiene una obra que realizar en nuestra vida, incluso aquello que parece detenernos puede convertirse en el instrumento que Él utilice para llevarnos exactamente donde quiere que estemos. Que el Señor te bendiga.
- En el capítulo de hoy vemos a Pablo frente a una multitud que quería matarlo. En lugar de responder con violencia o defenderse agresivamente, pidió permiso para hablar y comenzó a contar su propia historia, y lo hizo probablemente en aramaeo, o hebreo, lo cuál ayudó a que todos lo escucharan con más atención. Les habló de quién había sido, de su celo religioso, de cómo había perseguido a los cristianos y, finalmente, de su encuentro con Jesús camino a Damasco. Pablo no comenzó con una discusión teológica complicada. Comenzó con su testimonio. Él podía decir: “Yo también pensaba como ustedes. Yo también perseguí este camino”. Pero entonces ocurrió algo que cambió completamente su vida: se encontró con Cristo. Una de las frases más importantes del capítulo aparece cuando Ananías le dice: “Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hechos 22:16). Pablo había sido perseguidor de la iglesia, había aprobado la muerte de Esteban y había causado sufrimiento a muchos creyentes. Sin embargo, la gracia de Dios fue capaz de perdonarlo, transformarlo y convertirlo en uno de los mayores predicadores del evangelio. Eso nos recuerda que nuestro pasado no tiene por qué determinar nuestro futuro. Cuando Cristo entra en una vida, puede cambiar completamente su dirección. Dios no solamente perdonó a Pablo; tomó aquello que había sido y lo convirtió en instrumento para su misión. También aprendemos algo importante acerca de nuestro testimonio. Quizás no podamos responder todas las preguntas ni ganar todas las discusiones, pero hay algo que nadie puede negar fácilmente: lo que Dios ha hecho en nuestra propia vida. Pablo podía enfrentar una multitud hostil porque conocía su historia: sabía quién había sido, sabía cómo Cristo lo había encontrado y sabía para qué Dios lo había llamado. Tal vez hoy también necesitamos recordar nuestra propia historia con Dios. Porque cuando recordamos de dónde nos sacó el Señor, entendemos mejor por qué vale la pena seguir sirviéndolo. Que el Señor te bendiga.
- En el capítulo de hoy vemos a Pablo avanzando hacia Jerusalén, aunque sabía que allí le esperaban sufrimiento y prisiones. En Tiro algunos creyentes intentaron detenerlo, y más adelante el profeta Agabo anunció que sería arrestado. Sus compañeros le rogaron que no siguiera, pero Pablo respondió: “Estoy dispuesto no solo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús” (Hechos 21:13).
¿Por qué estaba Pablo tan decidido a llegar a Jerusalén? Porque Pablo no estaba haciendo un viaje cualquiera. Llevaba una ofrenda recolectada entre las iglesias gentiles para ayudar a los creyentes necesitados de Jerusalén. Para él, aquella ofrenda era mucho más que dinero: era una demostración concreta de que judíos y gentiles ahora formaban una sola familia en Cristo.Además, Pablo estaba convencido de que Dios lo estaba guiando. Ya había dicho: “Ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén” (Hechos 20:22). Él sabía que el camino sería difícil, pero su principal preocupación no era proteger su vida, sino cumplir la misión que Dios le había confiado. Aquí encontramos una gran lección. Muchas veces pensamos que si Dios nos guía, el camino debería ser fácil. Pero la experiencia de Pablo nos muestra que obedecer a Dios también puede llevarnos por caminos difíciles. La pregunta de Pablo no era: “¿Qué me va a pasar?”, "¿Voy a sufrir?", sino más bien: “¿Estoy haciendo lo que Dios me llamó a hacer?” Y esa también debería ser nuestra pregunta hoy. Que Dios nos dé una fe que no retroceda ante las dificultades, sino que pueda decir como Pablo: “Estoy dispuesto”. Que el Señor te bendiga.
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