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Historias de Galicia que nadie te había contado

Iván Fernández Amil
Historias de Galicia que nadie te había contado
Último episodio

205 episodios

  • Historias de Galicia que nadie te había contado

    El lujo gallego que conquistó el mundo: el jabón de La Toja

    02/09/2026 | 9 min
    En la historia de la ciencia existe un concepto fascinante llamado "serendipia", un instante mágico en el que alguien encuentra algo valioso mientras buscaba otra cosa totalmente diferente. Es el error afortunado, la casualidad que cambia el mundo. En 1928, el científico escocés Alexander Fleming se fue de vacaciones y olvidó una placa de Petri con un cultivo de bacterias. Al regresar, descubrió que un hongo había contaminado la muestra y matado a las bacterias. Aquel error de limpieza dio lugar a la penicilina, un descubrimiento que cambió la medicina moderna para siempre. Pero la historia está llena de estos momentos. Cristóbal Colón tropezó con un continente buscando una ruta de especias, los hermanos Kellogg inventaron los cereales de desayuno porque se les olvidó maíz cocido en el horno y el champán nació porque los monjes franceses no sabían cómo eliminar las "molestas" burbujas de su vino. Sin embargo, medio siglo antes de que Fleming se dejara aquella ventana abierta, en un rincón de las Rías Baixas, ocurrió un milagro similar. Y el protagonista no fue un científico, ni un investigador, ni un noble explorador, sino un animal. Un burro enfermo, cubierto de úlceras y desahuciado por su dueño, que fue abandonado en una isla desierta para morir en paz y que acabó descubriendo, sin saberlo, uno de los mayores tesoros de Galicia. Esta es la historia de cómo un animal moribundo permitió levantar un imperio de lujo, cosmética y glamour que llegaría a todos los hogares de España. Esta es la historia de La Toja y del jabón más famoso de Galicia.
  • Historias de Galicia que nadie te había contado

    El niño prodigio que asombró a reyes y emperadores. El Mozart gallego Pepito Arriola

    28/07/2026 | 8 min
    En 1770, un niño de catorce años deslumbró a Roma. Se llamaba Wolfgang Amadeus Mozart y, según contó su propio padre, fue capaz de hacer algo que bordeaba el sacrilegio. Tras escucharlo una sola vez en la Capilla Sixtina, Mozart transcribió de memoria el “Miserere” de Allegri, una música tan apreciada y protegida por los papas que cualquiera que osase sacarla del Vaticano sería excomulgado y expulsado de por vida. Aquel episodio se convirtió en una de las primeras campañas de marketing musical de la historia, un prodigio que servía tanto para demostrar el talento del joven Mozart como para construir el mito que lo acompañaría para siempre. Un siglo más tarde, a miles de kilómetros de Roma y muy lejos de la corte papal, Galicia viviría un fenómeno parecido, pero no en una basílica, sino en una casa de Betanzos. En aquel lugar no había cardenales ni emperadores, sino vecinos que no podían creer lo que estaban viendo. Porque allí nació un niño que tocaba el piano con la misma naturalidad con la que otros aprenden a hablar, un prodigio al que los reyes abrirían salones, los músicos europeos admirarían con asombro y la prensa bautizaría sin titubear como “el Mozart español”. Como ocurrió con el pequeño Wolfgang, su talento fue indiscutible y, como ocurrió con él también, su leyenda la moldearon otros. Detrás de su música quedó la historia de un gallego que fascinó al mundo antes de que el mundo se olvidara de su nombre: Pepito Arriola.
  • Historias de Galicia que nadie te había contado

    La tragedia en A Coruña de la que nació el servicio de Salvamento Marítimo en España

    21/07/2026 | 6 min
    Cuando el Canal de Suez se inauguró en 1869, Europa celebró que la ingeniería había conquistado el mar. Miles de barcos comenzaron a cruzar aquella luminosa vía como si la historia hubiese encontrado un atajo definitivo, pero la euforia duró poco. En los meses siguientes a su apertura se multiplicaron las tormentas, los encallamientos y los naufragios. Suez no había cambiado a la naturaleza, ni a nuestra propia fragilidad, porque el agua siempre tiene la última palabra. Un siglo más tarde, esa misma lección volvería a golpear, pero esta vez en Galicia. Frente a la costa de A Coruña, una tragedia dejó al descubierto una incómoda realidad. ¿Cómo era posible que, en uno de los puertos pesqueros más importantes de todo el Atlántico, el lugar desde donde partían cientos de barcos hacia Terranova y el Gran Sol, apenas existiesen medios organizados para rescates? Aquella triste madrugada de 1970 cambiaría para siempre la historia, porque de ese dolor nacería un nuevo sistema, una forma distinta de mirar a los océanos y una responsabilidad que cambiaría nuestros mares para siempre. Porque de ese accidente nació el servicio de Salvamento Marítimo y la primera base operativa de la Cruz Roja del Mar.
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    Los infiernos que Franco creó en Galicia: 11 campos de concentración

    16/06/2026 | 6 min
    En 1942, en una isla frente a la costa croata, el régimen de Tito convirtió un pedazo de roca en mitad del Adriático en Goli Otok, la “Isla Desnuda”, un lugar sin árboles, sin sombra y sin escapatoria donde miles de presos políticos fueron golpeados, humillados y obligados a trabajar hasta caer agotados. Décadas antes, el régimen soviético había hecho algo parecido en Solovki, un antiguo monasterio en medio del hielo del mar Blanco. En Francia, los nazis instalaron un campo de concentración en Drancy, en un anodino bloque de viviendas a las afueras de París. A veces, un régimen no necesita construir infiernos nuevos, basta con apropiarse de los lugares que ya existen. Eso mismo ocurrió en Galicia durante el franquismo. Hoy cuesta imaginar que lugares como Lavacolla, Rianxo, A Pobra, Betanzos o la isla de San Simón, espacios que asociamos a aeropuertos, playas tranquilas o ruinas románticas, formaron en su día parte de un engranaje pensado para aplastar, purgar y disciplinar a los vencidos. Porque Galicia llegó a concentrar al menos once campos franquistas, lugares discretos, sin grandes muros ni torres de vigilancia, pero donde el fuego eterno se hacía realidad. Estos fueron los once infiernos que Franco creó en Galicia.
  • Historias de Galicia que nadie te había contado

    Llevó el nombre de Galicia hasta Roma: Décimo Junio Bruto Galaico

    09/06/2026 | 6 min
    En la Roma republicana del siglo II a. C., cada campaña era una guerra, pero también una apuesta política, un examen de carácter y una oportunidad de inscribir un nombre en el mármol romano, porque la gloria tenía nombres propios. A algunos generales los recordaron como “Africano”, a otros como “Asiático” o “Numídico”, pero muy pocos se ganaron un apelativo que sonaba a borde del mundo: Callaico. Roma era una máquina en expansión que medía el valor de los hombres por la distancia de sus conquistas y los templos se llenaban de inscripciones que perpetuaban los nombres de quienes habían llevado sus legiones más allá del horizonte conocido. Entre todos ellos, uno brilló con una mezcla de prudencia y ambición, un patricio formado en la disciplina militar y la retórica política que, moviendo legiones por la península ibérica, terminó por hacer algo más que ganar batallas, asociando para siempre su nombre a la tierra de los galaicos. Su campaña en el noroeste, recordada por los autores antiguos con admiración, llevó las fronteras de Roma hasta donde comenzaba el fin del mundo conocido, y llevó a Roma el nombre de Galicia. Aquel romano se llamaba Décimo Junio Bruto Galaico.
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