En la mitología griega, Poseidón, dios del mar, creó las ostras como un regalo para los mortales. Estas criaturas, cerradas como cofres secretos, guardan en su interior una perla nacida de un grano de arena transformado por el tiempo, un tesoro que los antiguos romanos valoraban como delicia en sus banquetes y que los griegos asociaban con Afrodita, diosa del amor nacida de la espuma marina. Poseidón, con su tridente, aseguraba que las ostras fueran un manjar reservado a quienes se atrevieran a abrir el mar, un recordatorio de que la verdadera riqueza se esconde en las profundidades. Los griegos, que cultivaban ostras en estanques naturales, veían en ellas un tesoro que el mar ofrecía a quien supiera esperar. Muchos siglos después de que aquellos dioses fueran olvidados, en las rías gallegas otro tesoro emergió de las olas: las bateas, plataformas flotantes que transformaron el cultivo de mejillones y ostras en un arte. No nacieron en Grecia, sino en lejanas costas asiáticas, pero en Galicia encontraron su hogar perfecto, como si Poseidón hubiera susurrado su secreto a nuestras olas. Esta es la historia del origen de las bateas, cómo llegaron a Galicia y su evolución.