La historia de la humanidad está franqueada por una contradicción constante: el deseo de creer y el miedo a lo que otros creen. Desde que existen los dioses, existen también los perseguidores. En la Roma imperial, los cristianos morían por negarse a adorar al emperador, en la Europa medieval, los judíos fueron expulsados, los herejes quemados y los musulmanes forzados a convertirse. En Oriente, el budismo fue prohibido durante siglos en China, y en la India, los conflictos religiosos marcaron fronteras durante milenios. A lo largo de los siglos, la fe, cualquiera que sea, ha sido refugio y condena, motivo de esperanza y de guerra. Las religiones, que deberían haber servido para unir, se convirtieron muchas veces en pretexto para dividir. En el siglo XIX, ese antiguo drama se repitió en Asia. En Vietnam, Corea y Japón, miles de hombres y mujeres fueron ejecutados simplemente por practicar una creencia diferente. Entre ellos, un gallego nacido en una aldea de Lugo, que había partido al otro extremo del mundo movido por su fe, y que acabó encontrando allí su trágico destino. Su historia es la de un hombre que descubrió hasta dónde puede llegar la convicción cuando el precio de creer es la propia vida: José María Díaz Sanjurjo, el único santo gallego de la historia.