Cerca de Sevilla, en las ruinas de Itálica, la ciudad que vio nacer a emperadores como Trajano o Adriano, los arqueólogos descubrieron un mosaico que parecía sacado de una enciclopedia mitológica. Se le conoce como el mosaico de Neptuno, y representa al dios del mar conduciendo un carro tirado por criaturas marinas, rodeado de delfines, peces fantásticos y centauros acuáticos. No eran adornos al azar. En el Imperio romano, los mosaicos no eran solo simples suelos bonitos, eran una forma de mostrar estatus, cultura y sofisticación, y por eso los ricos decoraban sus villas con mosaicos repletos de escenas mitológicas, banquetes, cacerías o frutos del mar, símbolo de abundancia. Ese lenguaje visual atravesó ríos, montañas y siglos hasta llegar a los límites del mundo conocido: la Gallaecia. Allí, en una villa romana, frente a las aguas del Val Miñor, un artesano creó un mosaico único que, durante más de mil años, durmió bajo tierra, hasta que en el siglo XIX fue recuperado... para volver a desaparecer de nuevo. Hasta que este mismo año, tras un largo exilio, ese pequeño gran mosaico que un día apareció en la costa gallega regresó a casa. Esta es la historia del espectacular y extraordinario mosaico romano de Panxón y de cómo Galicia lo recuperó.