En la Edad Media, los monasterios no eran solo lugares de oración, también eran centros de poder, de producción, de almacenamiento y de redistribución. Mientras las iglesias controlaban el alma, los monasterios controlaban la tierra y no era raro que los campesinos pagaran sus tributos con vino, harina, huevos, manteca, animales vivos y, en las zonas costeras, también con pescado. Pero el pescado fresco no podía viajar largas distancias, así que lo hacía el seco, el curado, el que resistía el tiempo y los viajes. Así fue como nació una historia que une el mar con la montaña, una historia de calzadas medievales, de redes eclesiásticas y de un noble que cambió el curso de la gastronomía gallega sin saberlo. Su nombre era Diego Arias y, en 1112, donó el coto de Marín, una villa marinera, al Monasterio de Oseira. Ese piadoso acto abrió una ruta de tributos que llevó el pulpo seco desde la costa hasta el interior. Diego no podía imaginar que, con el tiempo, ese gesto devoto se convirtió en un rito profano que dio origen a uno de los platos más icónicos de Galicia. Porque el polbo á feira no nació al borde del mar, sino a fuego lento en las tierras del interior. Y esta es su historia.