23 Junio
II Reyes 19, 9-11. 14-21. 31-35. 36: “Protegeré esta ciudad y la salvaré, por ser
quien soy y por David, siervo”
Salmo 47: “Recordamos, Señor, tu gran amor”
San Mateo 7, 6. 12-14: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten a
ustedes”
En días pasados teníamos una conversión con un grupo de personas que se
quejaban de una vida cada día más difícil. Ellos, sin ser ricos, tienen su forma
de salir adelante y protestaban por la situación de los trabajadores que cada
día exigen un sueldo mayor y trabajan poco. En un momento, les pedí que
hicieran el ejercicio de imaginarse en el lugar de alguno de ellos y pensar qué
harían con el sueldo que ellos consideran excesivo, cómo trabajarían ante un
patrón con sus exigencias, cómo educarían a la familia, para cuánto les
alcanzaría con lo que les dan… por un momento, se hizo un silencio
embarazoso y después fueron risas y bromas, imaginándose cada uno de ellos
en la situación de sus trabajadores. Pero la pregunta queda ahí para cada uno
de nosotros. ¿Cómo quisieras tú que te trataran? ¿Qué harías en su situación?
Buscamos que nos reconozcan y no somos capaces de dar reconocimiento,
queremos ser amados y somos egoístas, nos gustan las atenciones y que nos
tomen en cuenta y no somos capaces de hacer lo mismo. Imaginemos una
familia cualquiera y contemplémosla desde fuera: ¿qué descubrimos? ¿Quién
trabaja más y a quién se le reconoce más? ¿Quién exige más y por qué lo
exige? La llamada regla de oro que hoy nos ofrece San Mateo como una
petición de Jesús, se queda solamente en el plano humano, pero nos da
grandes pistas para nuestro comportamiento tanto en lo familiar y en lo
pequeño, como a nivel internacional y en grandes grupos. Todo mundo exige
privilegios, pero no está dispuesto a otorgarlos. Ignoramos olímpicamente la
situación del otro. Somos capaces de acostumbrarnos a las graves e injustas
diferencias económicas, sociales y estructurales, y las justificamos fácilmente.
Pero hoy Cristo nos pide que nos coloquemos en el lugar del otro. Imagina al
migrante y siente su dolor, su inseguridad, su timidez y la angustia con que va
recorriendo su camino. Imagina al indígena despojado de sus pertenencias,
extranjero en su patria, sin derechos, sin opciones, sin reconocimiento. Imagina
a los cercanos y a los lejanos y colócate en su lugar. ¿Cómo quisieras que te
trataran? Pues ¿por qué no haces lo mismo? Y Cristo va mucho más allá. No
se conforma con tratar a los demás como quisiera que a Él lo trataran, lo hace
con verdadero amor al grado de dar a los que no le dan, de saludar a los que
no lo saludan, de perdonar a los que lo odian. Jesús siempre da mucho más.
¿Qué podemos hacer nosotros?