Hechos 2, 42-27: “Los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común”
Salmo 117: “La misericordia del Señor es eterna. Aleluya”
I San Pedro: “La resurrección de Cristo nos da la esperanza de una vida nueva”
San Juan 20, 19-31: “Ocho días después se les apareció Jesús”
Tomás refleja perfectamente nuestro mundo: su desparpajo para negar lo que todos están
viviendo, sus dudas y su exigencia de pruebas, son características de un mundo moderno
donde no creemos más que aquello que experimentamos, tocamos y probamos
personalmente. El domingo de la Misericordia nos muestra que hay señales objetivas de la
resurrección de Jesús tanto las ofrecidas por Él mismo a sus apóstoles, como las pruebas
vivas que presenta la primitiva comunidad en los Hechos de los Apóstoles. Jesús presenta
los argumentos irrefutables de un cuerpo desgarrado, amoroso, entregado por amor a los
hermanos; la comunidad ofrece las consecuencias claras de ese amor: la palabra que se hace
vida, el amor expresado en el partir y compartir lo que se tiene, la oración que eleva y
compromete, y la Eucaristía, expresión de la más grande unión con el Resucitado y con los
hermanos. Signos de vida tan evidentes que Santo Tomás sólo exclama: “¡Señor mío, Dios
mío!”.
El evangelio nos presenta un drástico cambio a partir de la Resurrección de Jesús. Se inicia
con una comunidad entrando en las penumbras de un anochecer, con las puertas cerradas a
piedra y lodo, con el miedo aflorando en sus rostros y con un temor angustioso a las
autoridades judías, pero poco a poco se va dando paso a la esperanza y disipando las
tinieblas, hasta terminar con la presentación de los discípulos arrebatados por el soplo del
Espíritu para constituirse testigos de Jesús e invitando a “que ustedes crean que Jesús es el
Mesías, y para que creyendo, tengan vida en su nombre”
Nuestra fe aparece con frecuencia vacía, como si solamente siguiéramos tradiciones y
costumbres religiosas, formalismos externos que se derrumban frente a un cuestionamiento
serio. Cristianos de nombre, de papel y aburridos. Para los primeros cristianos el encuentro
con el Resucitado fue un vendaval que los sacudió en su interior y una experiencia que
trastocó toda su vida, sus costumbres y sus creencias. De los tonos oscuros que amenazaban
a aquella comunidad adormecida y asustada, replegada en sí misma y sin horizontes, se
pasa a la explosión radiante de luces y esperanzas fincadas en la victoria de quien ha dado
la vida por nosotros y que al final ha vencido a la muerte. El encuentro con Jesús vivo y
resucitado los transforma en personas nuevas, reanimadas, llenas de alegría y de paz. Al
liberarlos del miedo y la cobardía, les abre nuevos horizontes y los impulsa a proclamar la
Buena Nueva y dar testimonio, a todo el que lo quiera escuchar, del Cristo vivo y
resucitado. El soplo de Jesús sobre ellos y sus palabras: “Reciban al Espíritu Santo”,
producen un doble movimiento que es fuerza en su corazón e impulso que los arrebata para manifestarse hacia los hermanos. Como si creara una corriente interior que los une hasta
sentirse con un solo corazón y con una sola alma, pero que no les permite permanecer
encerrados en sí mismos sino los empuja a manifestar y transmitir esta nueva vida a los
hermanos. Tan poderosa es la experiencia de la resurrección que quien la cree y la
experimenta se compromete en una vida más humana, más plena y más feliz.
Las señales ofrecidas por Jesús a Tomás nos hacen comprender que los clavos en los pies y
en las manos y la herida del costado, son signo de su amor y de su sufrimiento en su entrega
por los otros y al mismo tiempo, huellas de su presencia en medio de nosotros. Por eso nos
dice el Papa León que "Jesús resucitado no oculta sus heridas, sino que las muestra como
la prueba definitiva de un amor más fuerte que cualquier traición o abandono".