La Virgen nos invita a alegrarnos con ella y a convertirnos en alegría, reconociendo que no estamos solos: su presencia es un don del amor de Dios. Cuando abrimos el corazón y dejamos que ese amor nos transforme, podemos dar testimonio con nuestra vida y ser sus manos extendidas, para que otros también se encuentren con el amor de Dios.