Vienes el domingo a la iglesia, y alguien te pregunta: "¿Cómo estás, hermano?". ¿Cuál es la respuesta automática? "¡Bendecido!", "¿En victoria!", "Todo bien, gracias a Dios". Pero por dentro, quizás estás luchando contra la ansiedad, te sientes abrumado por la tristeza, o estás al borde del agotamiento.