Vamos a Jerusalén
1) Subir: Una vez leí que la palabra más escuchada en los campos de concentración era “mamá”. En el camino a la cámara de gas, la gente lloraba y se escuchaba la palabra mamá, incluso viniendo a veces de ancianos, porque hay momentos en los que uno siente que necesita, como el chico al nacer, el “por favor, protégeme” , “abrázame” y la psiquis vuelve a esa protección primera. Por eso, volvé a tu relación primaria con Dios y, ante el peligro de ir a tu Jerusalén, a ese lugar o esa persona que te hace doler, pedile a Dios que te abrace y acompañe. No dejes de mantener tu diálogo y relación de intimidad con Dios.
2) Entregado: Muchas veces los curas o los que integramos la comunidad eclesial o parroquial o de movimientos católicos, medimos la vida cristiana: “Ese cristiano es fiel, no falta nunca a misa o a las reuniones de grupo”. Pero ¿cómo sabemos que es fiel? Si la presencia de Dios es sentir algo, el domingo que vayamos a misa y no sintamos algo, entonces ¿creeremos que Dios nos abandonó o que nos dejó de amar? Está bueno que nos reunamos los domingos y en los distintos grupos, pero ante los ojos de Dios no significa que ya está todo listo. En el cielo Dios no nos tomará lista de cuántos grupos fuimos o servicios hicimos. Jesús vino a traernos vida y la vida cristiana y espiritual no se reduce a reuniones de una hora por semana o de cumplir solo normas. Tu corazón es el domicilio de Dios. Eso te lleva a comprender que debes liberar todo lo que llevas dentro, ese amor que Dios te tiene. Por eso, no caigas en ser cristiano “policía” que controla quién comulga con la mano y quién de rodillas, en vez de vivir la eucaristía. Los egos pueden destruir lo que el Espíritu construye. Por eso, que tu relación con Dios no se reduzca a un mero cumplir.
3) Sentarnos: Cuando usamos la religión como ámbito de poder, en vez de llevar gente a Cristo, terminamos sofocando a la gente en nombre de Cristo. Usamos la manipulación de conciencia para someter e incluso hasta puede aparecer la culpa como el uso de poder. Dios nos da el poder de ser libres. Quien te quita la libertad, incluso en nombre de Cristo, puede que no venga de Cristo. Porque Dios hasta te deja que elijas si quieres o no ir al paraíso. Algo bueno está por venir.