1) Montaña: Hace unos años tuve un gran amigo que se llamaba Lalo. Lalo es un tipo que siempre cae bien, con una sonrisa siempre en la boca, siempre simpático y con algún chiste por contar. Creo que ninguna fiesta o asado es lo mismo con él que sin él. Contaba sus historias y nos descostillábamos de la risa, era una máquina de hacer chistes. Es de esas personas que en primera instancia las necesitamos siempre, pero nunca imaginé el infierno que vivía. Comprendí con el tiempo que Lalo cada mañana hace un esfuerzo sobrehumano para salir de la cama, le cuesta un horror tener que vivir un día más. Por fuera, a la vista de todos, parece un tipo feliz y superado con las cosas que le tocó vivir, pero en su interior se siente desesperanzado, agotado y hasta dolido. Asustado y solo, me animo a decirte que sufre de una depresión crónica que lo paraliza y le va cortando ese espíritu alegre en cuotas, mientras pasa el tiempo, pero, no hay prótesis para un espíritu amputado. El famoso Robbie Williams, antes de quitarse la vida, puso la frase “ Todo lo que se necesita para esconder un alma herida, es una sonrisa falsa, y nunca se darán cuenta de lo lastimado que estás”. Él también dijo en otra ocasión: “Pensé que lo peor en la vida era terminar solo, y no lo era, lo peor en la vida es terminar con gente que te hace sentir solo”. También, como mi amigo Lalo, vivía un infierno, por eso para sanar hay que ver el todo.
2) Leproso: Hay gente que tiene la lepra de vivir aparentando y buscando agradar, pero vos no sos como los demás. Por eso ponete las pilas, amigo, amiga. Pasas el día intentando parecerte a ellos, y eso es agotador. Hay veces que uno se hace el interesante, pero, más que interesante, uno parece perdido. Eso ocurre cuando uno pasa demasiado tiempo mirando a los demás y muy poco tiempo mirándose a sí mismo. Esa es la lepra que te quita lo hermoso del rostro de tu vida. Hay veces que empiezas a construirte, en vez de descubrirte. Aprendí en estos años que no tengo que querer ser el mejor, tengo que aprender a ser único. Dios y yo creemos en ti.
3) Digas: Una vez me tocó predicar a sacerdotes. Era lo más duro para mí, porque son gente sabia y medio que “difícil de entrar”. Entonces, mi guía espiritual, me contó una historia: Había una vez un hombre muy inteligente. Había estudiado muchísimo, se había formado con los mejores, había leído millones de libros, sabía muchos idiomas y hasta se licenció en Biblia. Él sabía que era muy inteligente. Un día decidió ir a visitar a un sabio del cual muchas personas hablaban. Llegó a la casa, era muy simple, no había libros a la vista, el sabio lo invitó a pasar y le empezó a servir té. El hombre se sentó y aceptó el té, mientras le contaba al sabio todo lo que él sabía, con quién había estudiado, todo lo que había leído. El sabio mientras servía la taza de té lo escuchaba, pero algo pasó… el té rebasó la taza y empezó a caer todo el té al piso y ensució todo. El hombre lo miraba y no entendía, pero le gritó al sabio diciéndole “Espere, ¿no ve que la taza está llena? Sigue cayendo té”. El sabio dejó la tetera, dejó de servir y le dijo “Igual que esta taza, vos llegaste lleno. Cómo voy a enseñarte algo si no hay espacio adentro tuyo para recibir algo nuevo.” El hombre se quedó en silencio. Era la primera vez en años que no tenía nada que decir. La moraleja del cuento es que el mayor obstáculo para aprender no es la ignorancia, es creer que ya lo sabemos todo. Así que, para aprender algo nuevo, hay que soltar algo viejo. Algo bueno está por venir.