Que sean uno
1) Cuida: Recuerdo lo de Mateo, cuando habla del trigo y la cizaña, y dice que cuando la cizaña brotó, en medio del trigo, los siervos le preguntaron: “Señor, ¿no sembraste buena semilla?” El Señor dijo: “Eso lo hizo un enemigo”. El Señor dijo: “No corten la cizaña porque pueden cortar el trigo, dejen que ambos crezcan juntos”. Porque puede ser que, por darle con la doctrina a alguien, lastimemos un trigo. A veces caemos más en la actitud de ser adoctrinadores, más que evangelizadores, porque nos puede parecer una cizaña porque no comparto lo que piensa. Esto nos pasa como Iglesia cuando, por querer marcar terreno, terminamos corriendo a los propios creyentes. Hoy Jesús nos vuelve a pedir unidad. Ya pasaron más de 2000 años y seguimos peleando entre nosotros o mostrando diferencias más que unidad en la fe.
2) Protegía: Una de las preguntas más importantes que uno debe hacerse en su vida es: “¿Soy quien quiero ser”? Porque en esta vida, donde nos cuesta muchísimo el camino de la felicidad, que alguien tenga la capacidad de mirar hacia adentro, sin sentir vergüenza de lo que encuentra, es un gran logro en su interior. No dejes de mirarte, porque hay un Dios que te acompaña y, como diría san Agustín, “Nos hiciste Señor para Ti y nuestros corazones no descansan hasta llegar a Ti”.
3) Preserves: Siempre le pido a Dios que me saque el legalista y el fariseo que habitan en mí. Voy aprendiendo a escuchar más a la gente sin reparo, sin juzgar. Hasta creo que cada vez ofrezco menos consejos, porque ya no los ofrezco hasta que me lo pidan. Voy aprendiendo con los años que no me toca a mí convencer a los demás de que ellos están equivocados y yo en lo correcto. No es tarea tuya ni mía cambiar de vida a nadie, porque ni vos ni yo somos el Espíritu Santo. Incluso aprendí en estos años de ser sacerdote que uno puede ser arrogante, porque nos creemos dueños de la verdad. Conocemos a una pareja que está junta sin casarse o a alguien que hizo un pecado o está en pecado y lo primero que hacemos es decirle lo que Dios piensa. Y siempre hablamos del pecado, olvidándonos de hablar de lo primero, que es: “Ámense los unos a los otros”. En lugar de hablar del amor hablamos de lo que no puede, en vez de hablar de la gracia hablamos del pecado, en vez de hablar de la misericordia hablamos del infierno. Es como que nos hemos detenido a hablar mucho de la condena más que del cielo. Hasta a mí me molesta que hablen de mí, de mi vida personal, cuando la gente me dice: “No deberías hablar así, debes vestirte así, como cura no deberías actuar así, etc.”. Cuando el pecado se vuelve más importante que el pecador es que estamos olvidando lo que sucedió en la resurrección. No podemos simular amor en la Iglesia, no podemos tener el síndrome de vendedor de comercio, o de tienda. Porque el vendedor no te quiere ayudar, sino que te quiere vender. Porque la gente sabe cuando no es amada, sino que le quieren vender el evangelio, y eso es manipulación e hipocresía. Por eso, en este camino a Pentecostés, pedile a Dios que te haga recordar el amor que nos tiene y que nos quite las ganas de juzgar, como Iglesia, a los demás, y que nos ayude a recordar que somos una Iglesia que acompaña a los que son juzgados por los demás. Algo bueno está por venir.