Hoy levantamos nuestra voz y nuestro corazón por nuestros hermanos perseguidos en África, hombres y mujeres que, con una fe inquebrantable, siguen proclamando el nombre de Cristo en medio del dolor, la violencia y la oscuridad. Ellos son faros encendidos en tierras donde muchos quieren apagar la luz del Evangelio, pero la luz brilla más fuerte cuando más intensa es la noche.
A esos valientes hijos de Dios, les decimos: no están solos. El Señor que caminó con Daniel en el foso de los leones, el Dios que protegió a Pablo en cada persecución, es el mismo Dios que hoy los cubre con Su mano poderosa. Aunque los hombres los rodeen, Cristo los sostiene. Aunque las fuerzas del mal se levanten, el Reino de Dios permanece firme.
Y nosotros, como Iglesia, nos unimos en oración para que el Espíritu Santo les dé fortaleza, consuelo y victoria. Que su testimonio siga estremeciendo naciones y abriendo puertas donde parecía imposible predicar.
Porque donde hay persecución, hay gloria; donde hay lágrimas, hay siembra; y donde hay valentía por Cristo, siempre habrá cosecha eterna.
Señor, guarda a Tus hijos.
Fortalece a Tus mártires.
Sopla vida sobre África.
Y que el mundo vea que Tu Evangelio jamás podrá ser detenido.
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