Porque es más fácil perderse en lo normal que en lo malo. La maldad es evidente, es ruidosa, te avisa. Pero lo normal, lo aceptable, lo que corresponde — eso no avisa. Te apaga despacio. Y un día te encontrás viviendo una vida que nunca elegiste pero que tampoco podés señalar como un error, porque en cada paso hiciste lo que se hacía.