398 episodios
- Esta semana toca repasar Teleindiscreta nº 26. O eso pretendíamos. Porque la conservación de este número ha sido bastante escasa: apenas tres páginas y una parrilla de películas que, sinceramente, tampoco es que nos haya puesto los dientes largos.
Pero en Tele Indiscretos no necesitamos demasiada documentación para terminar hablando durante una hora.
Javi ha decidido que ya va siendo hora de abrir el buzón de correo de la ACHUS. Y lo que parecía una sección de trámite acaba convirtiéndose en una oportunidad para recuperar mensajes, sorpresas y recuerdos de nuestra particular historia.
Después llega otra investigación de enorme trascendencia para la cultura popular española: ¿cómo llamaba cada uno a los polines o polos flash? Esos cilindros helados de colores que acompañaron tantos veranos y que, por lo visto, tienen más nombres de los que cabría imaginar. Una cuestión aparentemente menor que, como tantas otras, acaba ocupando bastante más tiempo del previsto.
Y entonces, casi por los pelos, llegamos al contenido principal: Canción triste de Hill Street (Hill Street Blues).
Una serie fundamental de la televisión de los ochenta, con una comisaría convertida en protagonista, un reparto coral memorable y una forma de contar historias que rompía con muchos de los esquemas habituales de la ficción policial. Desde el caos de la reunión matinal hasta el inolvidable «Tengan cuidado ahí fuera» del sargento Esterhaus, repasamos una producción que se ha colocado directamente entre las favoritas de Tele Indiscretos.
También conseguimos sacar adelante, casi de milagro, una nueva entrega de Batín de Lino o Pijama de Pino, improvisada por Javi sobre la marcha. Que no se diga que nos falta capacidad de reacción.
Y nos vamos dejando trabajo para la próxima entrega: volveremos a Hill Street Blues para cerrar el arco narrativo que se abre en su piloto. Y, por si fuera poco, nos espera Revenge of the Cheerleaders, aquella película que en España conocimos como Cuidado con Porky's y que tiene un momento protagonizado por David Hasselhoff que difícilmente podremos olvidar.
Tele Indiscretos: revistas viejas, televisión, cine, recuerdos y una capacidad prácticamente ilimitada para desviarnos del tema. - Mutation Nation
Este es el juego de esta semana. Cuatro comentarios.
Hablemos de ganas, de motivación, de voluntad...
Marcos Vázquez, un tipo cabal al que alguna vez hemos mencionado en la ACHUS, suele decir, refiriéndose a lo que es su negociado: salud, longevidad, fitness... esas cosas: «Si no tienes ganas de entrenar, pues entrena sin ganas».
Esto es aplicable a todo y, cada día, estoy más convencido de que esa filosofía es la que hace que el mundo siga rodando. A veces trabajamos sin ganas, entrenamos sin ganas, comemos sin ganas, leemos sin ganas, follamos sin ganas e, incluso, grabamos y editamos sin ganas...
Lo hacemos porque hemos tomado ciertas decisiones, hemos elegido ciertas aficiones, parejas, trabajos y vidas porque creemos que serán lo que, a la postre, nos haga felices. Y nos aferramos a ello. Lo convertimos en un hábito y el hábito es más fuerte que la voluntad. Si la elección fue correcta, pues merecerá la pena.
Este ADLS está jugado sin ganas, grabado sin ganas, editado sin ganas y publicado por pura inercia. Se nota.
Pero voy más allá: al ver su portada, su gameplay... se nota que el juego se diseñó sin ganas, se programó por inercia, aprovechando recursos y rutinas ya existentes, y que no pusieron ganas ni en dibujar la portada.
Por una parte, tenemos una mala elección: el juego. Que, por cubrir una cuota de yo contra el barrio, por cubrir nicho sin arriesgar mucho, ¡yo qué sé!, se pergeñó sin ganas y se publicó de igual forma. Dando lugar a uno más del montón.
Por otra, tenemos una buena elección: compartir una afición que nos une, nos reconforta y nos divierte. Y eso hace que, a pesar de que alguna vez falten las ganas, el hábito de pasar por el salón, de echar la partida y de compartir la opinión se una al hábito de editar el programa y publicarlo. Sin ganas, quizás. Pero con compromiso, con corazón.
Cuatro comentarios. Los de siempre, los que mantienen la rueda girando. Los que, quizás sin ganas, no fallan. Gracias. - Xybots
Un juegazo... O no. El caso es que es un juego al que yo le tengo cariño. Mas cariño que el que ha despertado en el salón, supongo. Teniendo en cuenta que han llegado 3 comentarios: Miguel Angel (desde Asturias), Lord Koko y, como no, el Comandante Laertes que, a la sazón, es tambien el jefe del salón y el precursor de este invento.
El caso es que este juego de Atari yo nunca lo he jugado en arcade, sino en Spectrum en una versión que defiendo como razonablemente digna y que fue señalada como Mega Juego en la Micromanía Nº 16 de su segunda época:
https://archive.org/details/micromania-segunda-epocha-16/page/n5/mode/2up
No es que tenga yo una memoria extraordinara, es que ese número lo comentamos en RM30, con Jesus y Andreu (¡hay que ver lo que se echa de menos a estos chavales en las podcasfera!) y, como siempre que grabamos con ellos, lo pasamos de muerte.
https://go.ivoox.com/rf/40268852
Alguno dira que es cosa rara hacer publicidad de otros podcasts desde el propio pero, si os enseño las estadísticas de los ADLS una cosa os quedara clarísima: Esto no es publicidad ningúna. Que estos programas tienen una media de escuchas inferior a la media de comentarios que los componen. Y es un dato completamente cierto.
Como también es cierto, eso sí, que algún día, de un futuro cercano, el feed de La ACHUS Presenta, desaparecerá y para escuchar estas divagaciones sobre señores mayores que esperan la muerte jugando a arcades de 1987, tendreis que estar suscritos a este:
https://rigorycriterio.es/feeds/audio_arcade.rss.xml - B.RAP BOYS
Tres comentarios.
Alguno menos de los habituales, aunque a estas alturas ya he dejado de buscar relaciones causales entre la fama del juego de turno y la repercusión que obtiene en el salón. Total, ¿para qué? ¿Para qué intentar comprender las leyes que rigen el universo cuando uno puede limitarse a contemplar cómo se expande hacia la nada?
Porque B.Rap Boys es uno de esos exponentes del maravilloso género «Yo contra el barrio», también conocido como Manual de la hostia fina. Tres macarras, un barrio por limpiar y una colección de individuos que necesitan urgentemente una conversación con los puños. Una fórmula sencilla, honesta y sin pretensiones filosóficas, que es justo lo contrario de lo que vais a encontrar en esta descripción.
Y es que, fijaos lo que son las cosas, esta maravillosa pieza literaria que estáis leyendo será probablemente la última que publique con estructuras gramaticales perfectas y exenta de errores ortográficos.
¿Adivináis por qué?
Pues sí. He decidido despedir a la inteligencia artificial que me echaba una mano con estos menesteres.
No me entendáis mal. Las descripciones las escribía servidora, pero a cholón. Abría la caja de prompts de ChatGPT, vomitaba el texto sin una coma, sin un salto de línea, sin comprobar si aquello llevaba tilde, si esa palabra iba con B o con V o si acababa de construir una frase que necesitaba tres días de reposo y una consulta con un especialista. Ya se encargaría el LLM de convertirlo en algo legible, perfecto, inmaculado...
En algo falso, vamos.
Pero no, esto tampoco va de recuperar la humanidad, la creatividad y todas esas mierdas que quedan tan bien en un artículo de LinkedIn. ¡Qué va! Esto va de algo mucho más sencillo: seguir siendo funcional.
Me explico.
Ayer, mientras paseaba con mi señora camino de nuestra placita de referencia, para sentarnos en nuestra tasca favorita a tomar esa copita de Albariño que nos permitimos una vez por semana, alumbramos una teoría.
Y digo alumbramos porque, aunque la idea fue mía, mi señora estaba presente y, por tanto, tiene derecho a una parte proporcional de la autoría.
El caso es que el alcohol es un veneno que te mata lentamente, eso lo sabemos todos. Pero también sabemos que la tristeza, el aburrimiento y la desidia son venenos que te matan y, lo que es peor, te hacen los días hasta el deceso laaaaaargos como una meada en una cuesta.
Así que uno se toma su copita, conversa, pasea y procura que la vida no sea únicamente una sucesión de obligaciones pendientes hasta que llegue el momento de entregar la cuchara.
Al tema.
La teoría que alumbramos —y que seguro que ya está más que alumbrada, estudiada y confirmada por alguien con bata blanca y una beca de investigación— es la siguiente: la inteligencia artificial nos está haciendo tontos, y además a un ritmo vertiginoso.
Es sencillo.
Todos conocemos aquello de que lo que no se usa se pierde. Si pasas diez días hospitalizado en una cama, pierdes masa muscular. El cuerpo, que es un administrador de recursos bastante más eficiente que cualquier departamento de Hacienda, decide que mantener un tejido metabólicamente caro que no está utilizando es un gasto innecesario. Y empieza a recortar por donde puede.
Pues bien, el cerebro consume una cantidad considerable de energía. No solo la parte consciente, por supuesto, pero también esa que utilizamos para leer, escribir, comprender, analizar, recordar y resolver problemas.
Un intenso proceso mental no sé si quema tantas calorías como el WOD más salvaje de CrossFit —tampoco vamos a inventarnos ahora las cifras—, pero trabajo lleva.
Y resulta que la IA nos está ahorrando cada vez más ese trabajo.
No hablo únicamente de programadores que delegan la arquitectura de su código o de analistas que dejan de analizar. Hablo de tareas elementales del día a día que antes requerían un esfuerzo cognitivo perfectamente asumible: leer, escribir, entender, ordenar ideas, encontrar las palabras adecuadas...
Sospecho que, si el cerebro puede ahorrarse ese gasto, acabaremos haciendo con nuestras capacidades cognitivas algo parecido a lo que hace el cuerpo con los músculos cuando dejamos de utilizarlos.
No sé si mi hipótesis tiene fundamento científico. Igual estoy diciendo una barbaridad. Si algún neurocientífico está leyendo esto, que no se moleste en escribir: probablemente esta descripción no la va a leer ni Dios.
Pero mirad mi caso.
Yo, que no utilizo el ascensor, que me lavo los dientes en posición de sentadilla profunda, que voy andando a cualquier sitio al que pueda llegar en una hora a buen ritmo y que no fallo a mis entrenamientos porque estoy convencido de que hay que conservar la masa muscular para envejecer con dignidad...
Yo, que llevo años esforzándome por mantener un cuerpo funcional, he empezado a utilizar Copilot para responder correos electrónicos. Si están en inglés, directamente ni lo intento. Las descripciones de los artículos que subo a la tienda online las redacta la máquina. Y hasta estas descripciones de ADLS, que escribo por puro placer, las estaba entregando en bruto para que una inteligencia artificial me las ordenase.
He estado entrenando el cuerpo mientras dejaba que otro entrenase mi cerebro en mi lugar.
Y, coño, visto así, resulta bastante ridículo.
Porque si quiero llegar a viejo pudiendo levantarme de una silla sin ayuda, caminar sin quejarme de las caderas y cargar con la compra, tengo que mantener la musculatura. Pero ¿qué pasa con la capacidad de expresarme? ¿Con la de construir un argumento? ¿Con la de encontrar una idea y desarrollarla sin que una máquina me ponga los carriles?
¿De qué me sirve conservar unos glúteos de acero si, llegado el momento, no soy capaz de escribir tres párrafos seguidos sin pedirle ayuda a un algoritmo?
Pues eso.
Que he decidido despedir a mi asistente virtual y volver a escribir estas cosas como me salgan. Con sus faltas, sus comas donde no deben, sus frases interminables y sus digresiones que empiezan hablando de un videojuego y terminan en una reflexión sobre el deterioro cognitivo de la civilización occidental.
Que para eso es mi descripción y para eso me la pagan exactamente igual que antes.
Es decir, nada.
Y si habéis llegado hasta aquí preguntándoos qué demonios tiene que ver toda esta chapa con B.Rap Boys, es que acabáis de aterrizar en el salón y todavía no conocéis las normas de la casa.
El trato es sencillo: yo sigo editando estas mierdas para que los habituales puedan escucharlas y, a cambio, utilizo este rinconcito de internet para hablar de lo que me dé la gana, con la tranquilidad de que nadie lo va a leer.
Un diario personal publicado en un recóndito rincón de internet.
Una especie de terapia de grupo en la que el terapeuta soy yo, los pacientes no aparecen y la sala de espera está vacía.
Y ahora, si me disculpáis, voy a dejar de escribir, que tengo que entrenar los glúteos y todavía me queda una larga vida de irrelevancia por delante.
Tres comentarios. B.Rap Boys. Yo contra el barrio. Y yo contra mi propia desidia.
No sé cuál de los tres combates tengo más perdido.
Ah, sí. Se me olvidaba.
Si todavía estáis escuchando ADLS desde el feed de La ACHUS Presenta, sabed que ese feed desaparecerá cuando menos lo esperéis. Igual mañana. Igual pasado. Igual cuando alguien se acuerde de que había que apagarlo.
Así que apuntaos al bueno, que es este:
https://rigorycriterio.es/feeds/audio_arcade.rss.xml
O no.
Total, ¿qué más dará?
Esto es una forma como otra cualquiera de esperar la muerte.
Y, por lo menos, que nos pille con los glúteos fuertes y la cabeza todavía en su sitio.
Hasta la semana que viene. - FATAL FURY
Fíjate lo que son las cosas.
Yo estaba convencido —y alguna vez lo he puesto aquí, en el comentario de algún capítulo— de que el número de comentarios era directamente proporcional a la fama del título en cuestión.
Una teoría sólida. Científica. Prácticamente incontestable.
Y además había otra cosa que yo decía mucho: que estos comentarios no los lee nadie.
Hasta hace nada pensaba que eso era una especie de broma privada, una exageración de las mías.
Pues no.
He descubierto que lo de que no los lee nadie no es, como pudiera parecer, una broma privada sino una tautología.
Si no los lee nadie, no hay nadie que pueda demostrar que los lee.
Joder, qué tranquilidad.
El problema es que llega Fatal Fury y me desmonta además la otra teoría.
Porque, con permiso de Ken, Ryu y compañía, estamos hablando de una de las sagas de juegos de lucha por antonomasia. De esos juegos a los que todo el mundo normal les echó en su día, como mínimo, una moneda. Y después siguió jugando al primero, al segundo o a alguna de las múltiples iteraciones que SNK fue sacando con los años.
Todo el mundo.
Bueno, el comandante va por libre, ya lo sabemos.
Y han llegado cuatro comentarios.
Cuatro.
¿Sigo?
No hace falta, ¿verdad?
Pues eso.
Resulta que podemos poner un juego que conoce hasta el apuntador, uno de esos títulos que forman parte del ADN de cualquier persona que haya pasado unas cuantas horas delante de una recreativa en los 90, y el salón responde con la misma intensidad que si hubiéramos puesto Excavator Simulator 1987.
Así que queda oficialmente desmontada mi teoría.
La fama del juego no sirve para una mierda.
Los comentarios llegan cuando les sale de los cojones.
Y nosotros, mientras tanto, seguimos publicando.
Porque tampoco vamos a empezar ahora a pedir explicaciones.
Fatal Fury. Cuatro comentarios.
Siguiente.
Y, por favor, no os olvidéis de que el feed bueno es este
El otro desaparecerá cuando le salga de los cojones al universo.
Hasta la semana que viene.
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