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Juan David Betancur Fernandez
[email protected]Había una vez una niña llamada Elsa, cuya hambre de historias era más grande que su apetito por el pan de miel. Elsa no buscaba juguetes ni dulces; buscaba palabras que pintaran mundos. Pero en su aldea, los adultos estaban siempre ocupados: las manos en la harina, los ojos en el arado o las espaldas encorvadas sobre la leña.
—"¡Un cuento, por favor!", rogaba Elsa, tirando del delantal de su madre. —"Las historias no llenan la despensa, hija", le respondían siempre.
Triste, pero con el corazón palpitante, Elsa decidió que si los humanos no tenían tiempo para la fantasía, el bosque —que es el libro más antiguo del mundo— seguramente tendría páginas abiertas para ella.
Al entrar bajo la catedral de ramas, el aire cambió. Olía a musgo fresco y a tiempo detenido. En la rama más alta de un roble centenario, vio al Cuclillo, un pájaro de plumas grises como la niebla.
—"¿Por qué cantas siempre esas dos notas, como si llamaras a alguien que no viene?", preguntó Elsa.
El Cuclillo bajó el vuelo y, con ojos redondos y sabios, le contó la verdad de su linaje:
"No es una canción, pequeña, es una deuda. Hace siglos, mis ancestros fueron soberbios y no quisieron construir nidos. El Espíritu del Bosque nos condenó a ser huéspedes eternos. Por eso pongo mis huevos en nidos ajenos, y mis hijos, al nacer, sienten el vacío de una cuna que no les pertenece. Expulsan a sus hermanos de nido buscando un espacio que nunca encuentran. Mi ¡cu-cú! es el nombre de la madre que nunca conocieron y el nido que nunca habitaron".
Elsa sintió un escalofrío. ¿Era aquello un cuento para dormir o una triste ley de la vida? Antes de poder preguntar, el pájaro voló, dejando una pluma gris flotando en el aire.
Caminó más profundo, donde los abetos eran tan altos que parecían sostener el cielo. Allí, en una zona de sombras perpetuas, encontró a tres abetos pequeños. Eran diferentes a los demás: no tenían el verde vibrante de la primavera, sino un color pardo, seco y marchito, como si el otoño se hubiera quedado a vivir en sus ramas.
—"¿Por qué visten de luto mientras el resto del bosque celebra?", susurró Elsa.
El mayor de los tres pequeños árboles crujió al hablar:
"Nuestros hermanos mayores son gigantes egoístas. Extendieron sus ramas como mantos de hierro para atrapar cada rayo del Rey Sol. Nosotros estiramos nuestras raíces, suplicamos por una gota de luz, pero ellos solo ríeron: '¡El Sol es para los fuertes!', nos dijeron. Al darnos cuenta de que nunca veríamos el oro del día, dejamos caer nuestras agujas verdes y nos vestimos de tierra y olvido. Moriremos sin haber conocido el beso del calor".
Elsa, conmovida, no se quedó de brazos cruzados. Usó sus pequeñas manos para cavar y, con un esfuerzo titánico, trasladó a los tres pequeños al borde del camino, donde el sol bañaba la tierra. Les dio agua de su propio cántaro y vio cómo los rayos del sol, asustados por tanta tristeza, empezaban a tejer hilos de luz sobre las ramas pardas.
Siguió caminando hasta que el sol empezó a descender. Entonces, vio algo que le encogió el alma: una ardilla de pelaje rojizo yacía inmóvil en el sendero. Una herida en su cuello brillaba como un rubí bajo la luz del atardecer.
Cuando Elsa se acercó para llorar, la sangre del animal, impregnada de la magia del bosque, le habló en un susurro carmesí:
"Arriba, en la copa del árbol, hay cuatro hermanos esperando un alimento que no llegará. Mi madre nos advirtió: 'No salgan, el mundo es ancho y el peligro acecha'. Pero el viento me prometió historias secretas si lo seguía. Salí de casa buscando una aventura y encontré los colmillos del cazador. Dil