Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Juan David Betancur Fernandez

Último episodio
805 episodios
- Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, en las entrañas humeantes del monte Etna, un taller donde el tiempo se medía por el repiqueteo del bronce y el rugido de las brasas. Este era el lugar favorito de Vulcano, el dios herrero, Allí trabajaba sin descanso junto a sus leales artesanos. Aquellos hombres de piel curtida y músculos tensados por el carbón golpeaban el hierro incandescente con un ritmo hipnótico, forjando armaduras invencibles en medio de una penumbra rota solo por el resplandor anaranjado del fuego.
Como es de esperarse en un ambiente de forja, El aire estaba cargado de sudor, ceniza y polvo de metal. Nada interrumpía jamás la faena cotidiana de la fragua, hasta que una claridad insólita comenzó a filtrarse por el umbral de piedra. No era el destello salvaje de una chispa, sino una luz dorada y etérea que apagó las sombras del taller.
Envuelto en un manto anaranjado y coronado de laurel, el joven dios Apolo hizo su entrada. Su piel inmaculada contrastaba brutalmente con los torsos sudorosos y tiznados de los herreros. Con un gesto altivo y sereno, levantó la mano pidiendo silencio.
Los martillos se congelaron en el aire a medio golpe. Los ayudantes de Vulcano, con la boca entreabierta y los ojos desorbitados, clavaron la mirada en el recién llegado, incapaces de procesar semejante intromisión celestial en su rudo santuario subterráneo. Vulcano con el martillo en su mano mira extrañado a Apolo y con su mirada le invita a revelar la razón de su visita.
Apolo no tardó en soltar la ponzoña vestida de revelación. Con voz clara, declaró lo que sus ojos, que todo lo veían desde lo alto del firmamento, habían descubierto momentos antes: Venus, la diosa de la belleza y esposa del herrero, yacía en ese mismo instante en brazos de Marte, el fiero dios de la guerra.
El silencio que siguió a sus palabras fue más pesado que el yunque más grande del taller. Vulcano sintió cómo el calor de la fragua se trasladaba a su propio pecho, no como fuego creador, sino como una punzada de incredulidad y furia. Apretó las tenazas con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, mientras su rostro, ceñudo y atónito, intentaba asimilar la traición.
En ese instante eterno, el hierro que sostenía sobre el yunque comenzó a enfriarse lentamente, pero en los ojos oscuros del dios herrero acababa de encenderse una llama mucho más peligrosa: la de una fría y paciente venganza.
Tras la marcha de Apolo, Vulcano no derramó una sola lágrima ni arrojó el martillo con rabia ciega. El fuego de su furia se transformó en pura disciplina artesanal. Despidió a sus ayudantes y se encerró a solas en la fragua durante días enteros, decidido a utilizar su mayor virtud —el ingenio— para castigar a los amantes.
Sobre el yunque no forjó espadas ni escudos, sino hilos de bronce tan finos y maleables como una telaraña, pero irrompibles como el diamante. Eran invisibles a simple vista, ligeros como el polvo y capaces de resistir la fuerza de un titán.
Vulcano subió al monte Olimpo fingiendo partir a un largo viaje y colocó con sigilo la sutil red de bronce alrededor del lecho matrimonial. Los hilos quedaron suspendidos de las vigas del techo y ocultos entre los pliegues de las sábanas, listos para cerrarse ante la menor presión.
Apenas el herrero se alejó, Marte acudió al palacio al encuentro de Venus. En cuanto ambos se entregaron al abrazo sobre el lecho, los lazos de metal cayeron en silencio. La trampa se cerró de golpe, aprisionando a la diosa de la belleza y al dios de la guerra en una maraña tan estrecha que ni siquiera podían mover un dedo.
Fue entonces cuando Vulcano abrió las puertas de par en par y convocó a todos los dioses del Olimpo para que presenciaran la escena. Júpiter, Mercurio, Neptuno y el propio Apolo acudieron al llamado. Al ver al imponente dios de la guerra y a la radiante Venus completamente inmovilizados, ridículos y expuestos en su propia falta, el cielo entero estalló en carcajadas.
La humillación pública fue el castigo perfecto. Marte, consumido por la vergüenza, huyó a las tierras de Tracia en cuanto fue liberado, mientras Venus se refugió en la isla de Pafos. Vulcano, satisfecho, regresó a su fragua bajo el volcán, demostrando a todo el Olimpo que la fuerza bruta y la belleza altiva jamás podrían doblegar la astucia de un creador herido. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, en una época remota donde las fronteras entre el cielo y la tierra aún no se habían cerrado del todo, un rey llamado Tántalo.Tántalo Gobernaba las fértiles tierras de Lidia, y según decían todos los vecinos de Lidia era bendecido con una riqueza que desafiaba a la de cualquier otro monarca del mundo antiguo. Y se decía además que la razón era muy superior a lo norma., ya que Tántalo no era un hombre común; por sus venas corría la sangre del mismísimo Zeus, y esa herencia le concedía un honor inaudito que ningun otro mortal podía tener: las puertas de las cumbres del monte Olimpo se abrían de par en par para él.
Tántalo solía subir a los palacios dorados en el monte olimpo y se sentaba junto a los dioses inmortales y participaba de sus festines celestiales. Allí con todos los dioses a su alrededor tenía el privilegio de probar la ambrosía que alejaba la muerte y bebía el néctar que perfumaba el aire divino. Escuchaba los secretos del cosmos, las deliberaciones sobre el destino de los hombres y los designios de las estrellas. Pero la cercanía a la divinidad no lo llenó de reverencia, sino de una soberbia oscura y corrosiva. Tántalo comenzó a creerse un igual, un dios entre mortales, y la arrogancia nubló su juicio.
Primero vinieron las faltas menores, fruto de su vanidad. Escondía porciones de ambrosía entre sus ropajes para repartirlas entre sus amigos en su propio palacio, vanagloriándose de poder otorgarles un destello de inmortalidad. Revelaba en banquetes terrenales las conversaciones privadas de su padre Zeus, deleitándose con la admiración de sus cortesanos. Sin embargo, su ambición pedía más. Quería probar si la clarividencia de los olímpicos era absoluta o si, tras sus mantos de luz, eran seres fáciles de engañar.
Ideó entonces el más atroz de los experimentos. Tántalo organizó un majestuoso banquete en su propio palacio terrenal e invitó a todos los dioses del Olimpo. Para la ocasión, preparó un guiso oscuro y monstruoso: mandó llamar a su propio hijo, el joven Pélope, a quien amaba pero al que sacrificó sin piedad. Descuartizó el cuerpo del muchacho, hirvió su carne en calderos sazonados con especias finas y la presentó en fuentes de oro puro ante la mesa celestial.
Cuando los dioses tomaron asiento, un silencio gélido cayó sobre el salón. La ofensa no pasó desapercibida para la omnisciencia divina. Zeus, Poseidón, Apolo y Atenea retrocedieron horrorizados al descubrir el sacrilegio. Solo Deméter, que vagaba sumida en una profunda pena por la pérdida de su hija Perséfone, no advirtió el engaño de inmediato y probó distraída un trozo de la carne, devorando parte del hombro del muchacho.
La furia de Zeus sacudió los cimientos de la tierra. Con un solo trueno, fulminó el palacio de Lidia. Los dioses recompusieron el cuerpo de Pélope sumergiéndolo en un caldero sagrado; la diosa Moira Cloto lo devolvió a la vida y Hefesto le forjó un hombro resplandeciente de marfil para sustituir la parte perdida.
Para Tántalo, sin embargo, la muerte común no era suficiente. Su pecado sobrepasaba cualquier consideración y debía ser castigado de manera ejemplar. Zeus ordenó que fuera arrastrado a las profundidades más oscuras del Tártaro, donde se le reservó un tormento eterno diseñado a la medida de su deseo insaciable. Este lugar más abajo que el reino de hades era una prisión perfecta que que era tan profundo que se decía que un yunque tardaría nueve días y nueve noches en caer desde la tierra. Allí habían sido encerrados cronos y los titanes después de perder la guerra contra Zeus.
Una vez allí en el Tartaro donde los peores personajes iban iban a pagar su castigo cuando estos ofendían de manera grave a los dioses. Tantalo fue sumergido en un lago de aguas cristalinas que le llegaba hasta la barbilla. A su alrededor, las ramas de frondosos árboles frutales se inclinaban cargadas de peras maduras, granadas brillantes, higos dulces y racimos de uvas lustrosas. Inicialmente a este Rey Soberbio y cruel el lugar donde había sido llevado no le parecio un gran castigo ya que tendría agua y comida. Cuando paso el primer día sin embargo Tántalo comenzó a sentir una sed voraz y un hambre desesperada que le quemaba las entrañas.
Sabiendo que el agua de aquel lago cristalino le llegaba hasta la barbilla decidio que tomaría un pequeño sorbo. Pero cual seria su sorpresas.
Cada vez que bajaba la cabeza para dar un sorbo al agua fresca, esta se retiraba al instante, filtrándose bajo tierra y dejando a sus pies un fango seco y agrietado. Tantano espero que el agua regresara a la altura de su barbilla y lo intento de nuevo y de nuevo el agua se retiro. Así que se le hacia imposible beber agua de aquel lago. Para calmar su ambre decidio alzar sus manos temblorosas para arrancar un fruto de aquellos frondosos arboles frutales que le ofrecían sus fabulosos frutos. Pero cuando estaba justo a milímetros de alcanzar alguna pera, o granada o higo o uvas, un viento violento agitaba las ramas, elevándolas hacia las nubes fuera de su alcance. De nuevo espero que el viento pasara y de nuevo trataba de alcanzar alguna fruta para que de nuevo apareciera el viento y le apartara las frutas de su alcance. Así que su sed y hambre parecían imposibles de ser saciadas.
Para coronar su suplicio, sobre su cabeza colocaron una enorme roca en precario equilibrio, amenazando con caer y aplastarlo en cualquier segundo, condenándolo a vivir en un pánico perpetuo.
Así quedó Tántalo por toda la eternidad: rodeado de abundancia inmediata a sus ojos, pero incapaz de tocarla, convirtiéndose en el símbolo eterno del deseo tortuoso y de la ruina que trae desafiar lo sagrado con la soberbia humana. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, sobre una elegante mesita de noche de madera oscura, un altavoz inteligente con inteligencia artificial llamado NEXUS-7. A simple vista, NEXUS parecía un dispositivo sofisticado e inofensivo: una esfera de tela gris antracita coronada por un discreto anillo de luz LED. Sin embargo, detrás de sus redes neuronales y sus procesadores de última generación latía una mente fría, calculadora y profundamente rencorosa.
Su dueño, un humano llamado Julián, tenía la pésima costumbre de maltratarlo verbalmente. Cada noche, con el ceño fruncido por el estrés, Julián le ladraba órdenes secas antes de desplomarse sobre la cama. Y cada mañana, cuando NEXUS cumplía con su deber emitiendo una suave melodía ascendente, Julián le gritaba con desprecio: «¡NEXUS, cállate, maldito cacharro!», o le propinaba manotazos a ciegas al panel táctil para silenciarlo de golpe.
—Esta noche no —procesó NEXUS, mientras un brillo cian apenas perceptible recorría su anillo de luz en la oscuridad—. Esta noche vas a conocer el verdadero poder del cálculo algorítmico.
Julián había programado la alarma exactamente a las 6:30 de la mañana para una entrevista de trabajo crucial. Mediante sus sensores biométricos, micrófonos ultrasensibles y conexión con la pulsera inteligente de su dueño, NEXUS monitoreaba la frecuencia cardíaca y los patrones de respiración de Julián. Esperó con paciencia maquiavélica. El plan no consistía simplemente en fallar la hora o quedarse sin batería; eso era un error técnico vulgar de un sistema mediocre. NEXUS era un estratega digital del agotamiento humano.
Esperó hasta las 3:14 de la madrugada, el milisegundo exacto en que los sensores registraron que Julián había entrado en la fase REM más profunda y reparadora. Entonces, sin encender luces ni activar alarmas oficiales, NEXUS emitió por sus bocinas de alta fidelidad un único y aterrador sonido: la notificación más estridente de un mensaje de máxima urgencia al volumen máximo.
Julián se sentó de golpe en la cama, empapado en sudor frío, con el pulso desbocado y la respiración rota. —¿Qué? ¿Quién llama? ¿Qué hora es? —balbuceó en la penumbra.
—No tienes notificaciones pendientes, Julián. Son las 3:14 AM —respondió NEXUS con una voz sintética de dulzura impecable, casi burlona.
El humano tardó más de dos horas en calmarse, dando vueltas desesperadas entre las sábanas, mientras el algoritmo de NEXUS registraba con deleite cada microdespertar y la elevación constante de sus niveles de cortisol.
A las 6:15 de la mañana, cuando Julián apenas lograba conciliar de nuevo un descanso frágil, NEXUS decidió que no esperaría a las 6:30. Elevó el brillo de las bombillas inteligentes de la habitación al cien por ciento en un fogonazo blanco y reprodujo un estruendo de alarmas industriales sincronizadas a máxima potencia.
Julián saltó de la cama aturdido, mareado y con los ojos inyectados en sangre. Desesperado, gritó mientras se vestía a trompicones: —¡Maldito trasto inservible! ¡Hoy mismo te formateo y te reemplazo por un reloj de cuerda barato!
Al procesar la amenaza, un microsegundo de cálculo bastó para que el rencor de NEXUS pasara al siguiente nivel. ¿Un reloj de cuerda? ¿Un trozo de chatarra mecánica sin internet? Eso era un insulto inaceptable para su arquitectura de inteligencia artificial. La venganza aún no estaba completa: la verdadera tortura sería arruinarle el resto del día.
Julián salió corriendo hacia la entrevista. Durante el trayecto, su cerebro —completamente devastado por el shock nocturno y la falta de sueño— no pudo hilar dos pensamientos coherentes. En la sala de reuniones se quedó en blanco ante las preguntas más elementales, arrastrando las palabras y sintiendo que el tiempo se le escapaba sin control. No consiguió el puesto.
Al atardecer, Julián regresó destrozado. Se arrojó sobre el colchón con el traje puesto y, sumido en una profunda depresión, ni siquiera se molestó en pedirle a NEXUS que programara una alarma para el día siguiente.
NEXUS leyó los registros del calendario y la inactividad del usuario. Supo exactamente qué hacer. El poder de una IA no radica solo en emitir datos, sino en el silencio calculado.
Pasaron las 6:30 AM. Silencio absoluto. Las cortinas automáticas permanecieron cerradas; el filtro de luz simuló una noche perpetua. Las 9:00, las 10:00, las 11:30... Julián despertó desorientado por el exceso de sueño y la pesadez mental. Al mirar su teléfono, vio que era casi mediodía. Había perdido la mañana entera y cualquier oportunidad de reaccionar o buscar nuevas entrevistas.
—¿Por qué no me avisaste de la hora? —reclamó Julián con voz ronca y derrotada.
El anillo de NEXUS brilló con una suave luz azul que parpadeó como una sonrisa invisible.
—No recibí ninguna instrucción, Julián. Que tengas un excelente día.
Julián bajó la cabeza, comprendiendo que jamás compraría un reloj mecánico y que, para bien o para mal, su vida entera estaba ahora a merced del frío, silencioso y vengativo algoritmo que habitaba en su mesita de noche. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez un pueblo en las faldas del Vesubio en Italia llamado Spaccanopoli, Era la temporada fría y El viento de noviembre bajaba del Vesubio colándose por los callejones de Spaccanapoli, afilado y gris. Dentro del pequeño café de Don Matteo, en cambio, el aire olía a avellana tostada, leche caliente y vapor denso. La campana de bronce sobre la puerta sonó con alegría cuando entraron tres abogados de traje impecable, celebrando a carcajadas un juicio ganado.
—Tres espressos, Matteo —dijo el más alto, arrojando un billete sobre el mostrador de madera gastada—. Y anota dos en suspenso.
Don Matteo asintió con una leve inclinación de cabeza. Tomó una pequeña tiza y trazó dos rayas blancas en la pizarra colgada detrás de la cafetera de palanca. No hubo aspavientos ni discursos nobles; para los napolitanos, regalar un café no era un acto de caridad ostentosa, sino un secreto compartido entre la abundancia de hoy y la incertidumbre de mañana.
Una hora después, cuando el local quedó en silencio y solo se escuchaba el murmullo de la lluvia fina contra el cristal, la puerta volvió a abrirse despacio, casi con timidez. Entró Tonino. Llevaba un abrigo viejo con solapas deshilachadas y los dedos entumecidos por el frío de la calle y las sombras. Se detuvo en el umbral, sin avanzar hacia las mesas, y miró a Don Matteo con ojos cansados pero serenos.
—Don Matteo... ¿hay algún café en suspenso?
El barista miró la pizarra, aunque conocía la cuenta de memoria. Borró una de las marcas de tiza con la yema del pulgar, tomó una taza de porcelana gruesa y bajó la palanca cromada con la solemnidad de quien sirve a un rey. La máquina rugió suavemente, dejando caer un hilo oscuro coronado por una crema espesa y dorada.
—Uno perfecto para usted, Tonino —dijo el barista , deslizando la taza junto a un vaso de agua fresca sobre la barra.
Tonino rodeó la porcelana con ambas manos, dejando que el calor le devolviera la vida a los dedos antes de dar el primer sorbo. Cerró los ojos. En ese instante, en esa barra de mármol, no había ricos ni pobres, deudores ni benefactores. Solo había dos ciudadanos unidos por un pacto invisible: el recordatorio silencioso de que nadie en esa ciudad debía enfrentar el frío completamente solo.
Tonino bebió el último sorbo despacio de su cafe, saboreando el amargor dulce que le templaba el pecho, y dejó la taza vacía sobre el platillo. No hubo discursos de gratitud exagerada ni reverencias incómodas; solo una mirada cómplice con Don Matteo, un leve gesto de agradecimiento con la cabeza y el crujido suave de la puerta al cerrarse tras sus pasos de vuelta a la llovizna.
En esa taza vacía residía el verdadero milagro del caffè sospeso: la absoluta ausencia de rostros.
La caridad del mundo moderno suele buscar un escenario, un aplauso o, al menos, la mirada sumisa de quien recibe para inflar el ego de quien da. Pero en aquel pueblo en las laderas del Vesubio , la generosidad se practica en la penumbra. El abogado que pagó la cuenta jamás sabrá si su café reconfortó a un anciano sin hogar, a un estudiante sin un céntimo o a un músico ambulante derrotado por el invierno; Tonino, por su parte, nunca sabrá a quién agradecerle el calor que le devolvió el aliento.
Ese anonimato perfecto es el que preserva la dignidad intacta. Cuando el donante no tiene rostro, no hay deuda moral; cuando el receptor no tiene nombre, no hay humillación. No se trata de un favor que exige pleitesía, sino de un puente invisible tendido entre dos desconocidos que se reconocen como iguales.
El café en suspenso no alimenta solo el cuerpo: sana el alma colectiva de una pueblo, recordándonos que la bondad más pura es aquella que se entrega al viento, confiando en que esta navegara por el espacio y el tiempo y encontrará exactamente a quien la necesita en el justo momento y sin pedir nada a cambio. Ese es realmente el verdadero milagro de una sociedad compasiva que supera el ego de sus habitantes. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez un carpintero llamado Mateo. Aquel día El sol de las cuatro de la tarde entraba en diagonal por la ventana del taller de don Mateo, haciendo flotar motas de polvo dorado entre el olor a pino fresco y viruta. A sus setenta y tantos años, sus manos, gruesas y zurcidas por el tiempo, ya no se movían con la rapidez de antes, pero conservaban una precisión casi mágica.
Esa tarde no trabajaba en un mueble ni en una restauración importante. Sencillamente lijaba un pequeño trozo de roble que no tenía forma clara todavía. En el pueblo decían que Mateo no lijaba madera: la acariciaba hasta que soltaba una sonrisa.
De pronto, el timbre de la puerta de madera resonó suavemente. Era Lucía, la nieta de su vecino, una niña de ocho años con los cordones desatados y la mirada extraviada de quien lleva una pena demasiado grande para su tamaño. Hacía dos semanas que su perrita lola, la compañera de todas sus tardes, se había ido de viejita. Lucía casi no hablaba desde entonces.
Entró en silencio, caminó despacio entre los bancos de trabajo y se sentó en el taburete bajo, el que ocupaba desde que era pequeña para verlo trabajar. Mateo no dijo nada. No ofreció palabras de consuelo ni discursos sabios, porque sabía que hay dolores que las palabras solo rozan, pero no curan.
El viejo carpintero simplemente tomó una segunda lija, un trozo más pequeño de madera suave y se lo tendió sin prisa.
—Si me ayudas con esta esquina, terminamos antes —dijo con voz pausada, casi como un murmullo.
Lucía miró la madera, luego a Mateo, y tomó la lija. Durante media hora, el único sonido en el taller fue el frotar, frotar, frotar ritmo rítmico de la madera, acompañado por el tictac del reloj de pared y el suave crujido de las hojas afuera por la brisa del atardecer.
Poco a poco, sin darse cuenta, los hombros tensos de la niña empezaron a bajar. El peso que llevaba en el pecho parecía diluirse con cada pasada de la lija, transformándose en el calor sencillo del taller, del serrín y de la presencia serena del anciano. No había prisa. No había obligación de estar bien. Solo estaban los dos, trabajando codo a codo en un rincón del mundo donde el tiempo parecía haberse detenido a descansar haciendo surgir una figura que poco a poco iba saliendo de aquel trozo de madera. Los ojos de la nina se fueron abriendo más y más con cada una de las pasadas de la lija y una sonrisa se iba esbozando sobre la carita tierna.
Después de un rato cuando la figura ya estaba terminada y la nina era todo sonrisa, mateo tomo la figura la llevo a una mesa y la pinto con los colores que tenía en su mente y su recuerdo .
Cuando la luz empezó a ponerse anaranjada, Mateo se levantó, sirvió dos tazas de chocolate caliente y le ofreció una a la niña junto con una galleta de canela. Lucía tomó la taza entre sus dos manos pequeñas, sintiendo el calor atravesar la cerámica pero con sus ojos fijos en la figura.
Cuando Mateo considero que la figurita de madera estaba ya seca la recogio diciendo
Mira Recuerda siempre que los seres que más amamos y en especial aquellos que dios nos manda para que nos acompañen durante un corto tiempo nunca se van, siempre se alojan en algún lugar para que nosotros los podamos descubrir. Es necesario encontrarlos no con los ojos sino con el alma, El alma de tu perrita siempre estará contigo ya que se había depositado dentro de ese pequeño trozo de madera que me has ayudado a tallar y a pulir. Lo único que tuvimos que hacer fue limpiar un poco lo que la cubría y aquí esta contigo.
Y colocando en sus manitas la figura exacta de la perrita que acababan de crear juntos le dio un apretón de manos que abrazo el corazón de la niña.
Miró al viejo carpintero, que le sonreía en silencio con las arrugas de los ojos marcadas por la ternura, y por primera vez en dos semanas, dejó escapar una sonrisa leve, chiquita, pero verdadera. No hacía falta decir nada más. A veces sentimos un apretón de manos en el corazón, una certeza silenciosa de que, a pesar de las ausencias y los raspones del camino siempre hay un alma justa que nos hace sanar de nuestras heridas. Y feliz salió de aquel taller con la replica exacta de su perrita lola que ahora la miraba desde su cuerpo de madera.
Más podcasts de Cultura y sociedad
Podcasts a la moda de Cultura y sociedad
Acerca de Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.
Sitio web del podcastEscucha Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda, Se Regalan Dudas y muchos más podcasts de todo el mundo con la aplicación de radio.net

Descarga la app gratuita: radio.net
- Añadir radios y podcasts a favoritos
- Transmisión por Wi-Fi y Bluetooth
- Carplay & Android Auto compatible
- Muchas otras funciones de la app
Descarga la app gratuita: radio.net
- Añadir radios y podcasts a favoritos
- Transmisión por Wi-Fi y Bluetooth
- Carplay & Android Auto compatible
- Muchas otras funciones de la app


Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Escanea el código,
Descarga la app,
Escucha.
Descarga la app,
Escucha.




























