Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Juan David Betancur Fernandez

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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en lo que hoy llamamos la sabana de Kalahari en el sur del África un dios embaucador y sabio llamado Kaggen. Este dios tenía la forma de una mantis religiosa y caminaba por la tierra en las épocas iniciales cuando todavía el mundo no se había terminado de formar completamente y los animales caminaban como hombres. En aquellos días remotos, la noche no era como la conocemos hoy ya que no existía la luna por lo que no se podía ver la luz de plata que apacigua las sombras, sino que todo era una penumbra espesa, gélida y absoluta que devoraba cualquier intento de ver más allá de la propia respiración cuando el sol desaparecia.
|Kaggen era básicamente un dios creador y en su interior guardaba un secreto que colmaba su corazón de orgullo: El había modelado y creado con sus propias manos al primer antílope de proporciones majestuosas llamado el eland, Este antílope tiene un lomo suave y ojos profundos que semejan a pozos de agua en las épocas de sequía. Pero el dios Kaggen también conocía el alma de los habitantes de aquellas tierras y en especial los suricatos que vivían con una codicia que podría llegar a poner en riesgo a su Eland. Por lo que decidio esconderlo en un oasis rodeado de cañaverales altos y espinosos. Así que en cada amanecer, la Mantis recolectaba miel silvestre y cera dorada de las colmenas que encontraba escondidas entre las rocas, y recogiéndolas con mucho cuidado se las llevaba al Elan en secreto. Con ternura, frotaba la miel perfumada sobre el pelaje de la criatura y dejaba que bebiera agua clara, hasta que la piel del animal brillaba tanto que parecía hecha de sol puro.
Sin embargo, los ojos pequeños y curiosos de los suricatos nunca dormían. Estos pequeños seres que eran capaces de estar observando atentamente la sabana durante días y días detectaron como Kaggen regresaba cada tarde de la espesura con manchas doradas en los dedos y una sonrisa radiante. Así que Una mañana, los cazadores siguieron sigilosamente el rastro de perfume a cera y polen que la Mantis dejaba a su paso y la siguieron en total silencio. Cuando llegaron a los cañaverales y contemplaron la deslumbrante silueta del eland, la codicia nubló su juicio. Sin dudarlo, afilaron sus flechas de hueso, rodearon al noble antílope y, con certera puntería, apagaron la vida de la más amada creación de |Kaggen.
Cuando la Mantis regresó tarareando, con un nuevo panal rebosante de miel en las manos, se topó con el suelo empapado de rocío rojo. No había cantos, ni aliento, ni la mirada cálida de su criatura; solo quedaban huellas apuradas que se alejaban hacia el campamento de los cazadores suricatos. El llanto de |Kaggen fue un lamento seco que quebró la tranquilidad de la tarde. Furioso, siguió el rastro de los cazadores hasta encontrarlos junto al fuego, ya desollando la carne y repartiendo la grasa del eland.
Ciego de ira, |Kaggen intentó luchar contra ellos, pero los cazadores eran muchos y estaban armados con el poder del animal que habían consumido. Burlándose del dolor de la Mantis, lo empujaron contra la bilis del eland, un fluido amargo y oscuro que salpicó sobre las rocas. En ese instante de humillación, el sol se desplomó detrás de las dunas rojas y la nada se cerró sobre la llanura. La oscuridad se volvió tan asfixiante que los mismos cazadores gritaron de miedo, incapaces de distinguir a sus hermanos de los depredadores que acechaban en las sombras.
A tientas, humillado y desconsolado en medio de la negrura absoluta, |Kaggen tanteó el polvo con sus largas patas hasta encontrar algo familiar: una de sus viejas sandalias de piel, empapada con el polvo rojizo de la tierra y la esencia de su querido animal. La sostuvo contra su pecho y, comprendiendo que ni siquiera los culpables merecían morir congelados en una noche sin fin, tomó impulso con todo el dolor y la magia que le quedaban en el alma.
Lanzó la sandalia con fuerza descomunal hacia lo más alto de la bóveda celeste. Al romper el aire helado, el cuero reseco no cayó; se infló de resplandor blanco y comenzó a destilar una luz fría, suave y compasiva sobre la tierra. Así nació la Luna. Y dicen los ancianos que si la miras con atención cuando está llena, todavía puedes distinguir la silueta oscura y polvorienta de la suela de la sandalia de |Kaggen, velando para que las criaturas del mundo encuentren siempre el camino de regreso a casa. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en los albores de la Grecia antigua , un ciego que recorría los caminos polvorientos de la antigua Grecia contando historias que nadie más podía contar. Vestía harapos de tela áspera, cargaba un báculo de olivo silvestre que le servia de tercera pierna y apretaba contra el pecho una tosca lira de cuatro cuerdas. Nadie conocía su origen ni la tierra de la que procedía, pero su voz poseía una resonancia que parecía conmover las piedras mismas del camino y además tenía una cadencia que producia respeto en cada una de sus historia.
Dondequiera que llegaba con su lira una multitud se congregaba —junto al fuego de una taberna de marineros, o en los olivares de las tierras o en los palacios de los señores micénicos—, el anciano callaba las risas de todos aquellos que tomaban vino con solo rasguear una cuerda.
De su memoria prodigiosa brotaban dos cantos monumentales que nadie en el mundo había oído jamás con semejante precisión. Primero iniciaba con la Ilíada: donde contaba la furia devastadora de Aquiles, o el retumbar de los carros de guerra contra las murallas de Ilión , o el duelo despiadado donde cayó Héctor a manos de Aquiles o el llanto del anciano Príamo suplicando el cadáver de su hijo en el campamento enemigo cubierto por la oscura noche. Luego, mudando con una cadencia de leyenda marina, entonaba la Odisea: donde los diez años de naufragios y astucias del rey de Ítaca era el tema cental, contaba con lujo de detalles el encuentro con el Cíclope, o el el abismo de Escila y Caribdis, o como fue el embrujo de Circe y como sucedia la vigilia solitaria de Penélope tejiendo y destejiendo su manto ante la insolencia de los pretendientes que abusaban de su casa.
Los oyentes lloraban sobrecogidos. Afirmaban que aquel contador de historias sin ojos debía de ser un emisario de los dioses olímpicos, ya que era capaz de describir cada herida, cada playa y cada plegaria como si las hubiera visto con su propia mirada.
Cuando los príncipes le preguntaban cómo llamarlo en sus crónicas, el anciano esquivaba los honores y se limitaba a pronunciar una palabra griega que definía su condición de rehén de la oscuridad y del destino errante: Hómeros, «el que no ve»
Después de muchos deambulares finalmente Llegó el invierno definitivo en una cala pedregosa de la isla de Íos. Agotado por el peso de los años y el frío que le entumecía los dedos, el anciano se recostó contra una barca varada en una playa pedregosa a esperar la muerte. Un joven que lo había seguido en silencio a lo largo de la costa cuando se percato de las penurias que acompañaban a aquel viejo se arrodilló a su lado con lágrimas en los ojos.
—Maestro —suplicó el muchacho, cubriéndolo con una piel de oveja—. Tu nombre retumbará hasta el fin de los siglos. Has llevado tus historias hasta lo más profundo de nuestras almas y haz colmado la memoria con el orgullo de nuestra tierra. Dime antes de partir: ¿qué dios te dictó tanta gloria? ¿Cómo pudiste recordar con tanta verdad la caída de Troya y el regreso de los héroes?
El viejo soltó una risa seca, que se quebraba con el carraspeo que produce la sal del mar cuando llega a la garganta. Levantó las manos temblorosas hacia su rostro marcado por las arrugas, acarició las viejas cicatrices de su piel y negó con la cabeza.
—Te he de confesar que No he inventado nada, muchacho —susurró con su último aliento, mientras una sonrisa indescifrable asomaba a sus labios—. No soy ningún vidente engendrado por las Musas ni soy un adivino. Vengo de la misma Ítaca cuya sangre y lágrimas he narrado en mis historia. Los dioses me condenaron a no muy lentamente y me llevaron perder la vista y a vagar por la tierra con otro nombre, pagando mi última y más cruel penitencia: tener que contarle a los hombres mis propios dolores una y otra vez, habiéndome convertido en mi propio mito.
El anciano cerró los párpados y exhaló el último suspiro. Cuando el joven levantó la mirada, vio la cicatriz imborrable del colmillo de jabalí la misma que alguna vez había sido descubierta por la criada Euriclea y que ahora era claramente visible en el muslo del aquel narrador de historias que todos conocían. Allí en aquel instante cuando moria el joven comprendió, petrificado, que el mendigo ciego al que Grecia llamaba Homero no era otro más que el mismísimo Odiseo. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en lo alto de un peñasco azotado por el viento del norte, un faro que había sido construido hace cientos de anos y si bien el faro estaba ubicado lejos de un pueblo todos en el pueblo sabían que ese faro servia para guiar a los barcos durante las noches oscura de niebla densa como era común en aquellas épocas. Todos en el pueblo también sabían que el encargado del faro era un hombre llamado Moreo. En el pueblo realmente no tenían mucho contacto con el farero pero todos reconocían que era un hombre amable en el trato. Pero nadie absolutamente nadie lo había ido a visitar al faro ya que estaba bastante lejos para ir allí y por que Moreo no le permitía a nadie entrar en la propiedad del faro.
Moreo como buen encargado del faro sabía que todas los días tenía que subir los ciento ochenta escalores en caracol para llegar al tope de aquel faro y encender la linterna que llevaría la luz a los barcos perdidos.
Su rutina era muy simple. Durante la mañana subia con un balde de vinagre y agua y un cepillo. Una vez allí tomaba el cepillo y mojandolo en el balde comenzaba a recorrer meticulosamente los vidrios del faro haciendo que después de unas 2 horas estos espejos brillaran como si fuera oro Luego bajaba a la base del faro y esperaba que se comenzara a oscurecer para subir presuroso y encender las bombillas que hacían de fuente para la luz del faro. Luego sonreía y se sentaba en el borde del faro a otear la oscuridad.
En las noches de niebla espesa, cuando las olas rugían contra los arrecifes con la fuerza de bestias ciegas, el haz dorado del faro cortaba la negrura y guiaba a los navíos perdidos de vuelta a casa. Todos en el pueblo sabían que Moreo esta allí siempre al frente de aquel faro y se sentían agradecidos de que el siempre estaba alerta. Pero realmente nadie conocía a Moreo y nadie recordaba desde hacia cuando este estaba encargado del faro. Pero si sabían algo Su devoción era absoluta: no bajaba al mercado, no recibía visitas y realmente no sabían de que se alimentaba pero nunca parecía necesitar nada.
Una noche de tormenta atroz, con relámpagos que partían el cielo en dos, el viejo sintió esa noche era realmente especial. Decidido a presenciar una noche especial subio hasta lo alto y aferrado a la barandilla con dedos decididos comenzó a mirar el oscuro océano que tenía al frente. Sus ojos experimentados alcanzaban a ver una caravana de luces de barcos que seguramente se dirigían al sur y que el sabía que estarían observando la luz del faro para así orientarse sabiendo que los faron siempre son la guía de el buen camino. Mirando hacia abajo podía ver como el mar embravecido hacia mover las luces de aquellos barcos de arriba abajo, pero algo le llamo la atención. vio algo insólito: a lo lejos, entre la bruma marina se había disipado abruptamente y la luna llena había aparecido de repente. Toda la oscuridad se habia vuelto luz y podía ver las siluetas de aquello barcos. No eran barcos mercantes ni goletas de pesca. Cuando se acercaron pudo ver que eran barcos semidestrozados y que realmente estaban surgiendo del mar y no navegando el mar. Eran Una inmensa flota de carabelas fantasmales, con cascos podridos y velas hechas jirones, que avanzaban en fila hacia la orilla.
Moreo comprendió finalmente que estaba pasando y recordó las palabras de su jefe en día que lo envió a cuidar aquel faro abandonado que nadie nunca recordaba quien lo había construido. Esto había sucedido hacia más de 500 anos y el había sido su cuidador desde el primer día. Su jefe le había dicho. Moreo te encargo de la más fantástica herramienta para mis propósitos. Cuidadala y usala constantemente .
Moreo sonrio de alivio por haber cumplido su misión . Giró el mecanismo para enfocar la luz directamente hacia las rocas más afiladas y traicioneras de la costa. Las naves espectrales no buscaban puerto: eran los restos de todos los barcos que él mismo había hundido siglo tras siglo atrayéndolos a la trampa que el diablo mismo había preparado y del cual Moreo había sido su ejecutor.
Las almas que el mar se había robado venían finalmente a castigar al naufragador, y la tripulación sin ojos trepaba los peldaños para relevarlo en la guardia eterna. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, bajo las luces doradas de un teatro solemne, dos almas atrapadas en una disciplina implacable que les impedía tocarse. Él siempre estaba en una fila más alta, un par de pasos por detrás de ella, condenado a contemplar cada noche la curvatura perfecta de su espalda, la noble caída de sus hombros y ese aire melancólico y reservado que la volvía irresistible. La adoraba en silencio, soñando con romper el protocolo para acercarse y rozar su cuerpo.
Ella, por su parte, tenía estrictamente prohibido girar la cabeza. La rigidez de la escena le exigía mantener la vista fija hacia el frente, atenta a las sombras del público y al maestro que gobernaba cada uno de sus movimientos. Y sin embargo, lo amaba con un fervor desesperado desde aquel primer momento. Lo había observado de reojo el primer día que había llegado, y le parecio apuesto aunque un poco alto para ella y muy delgado. A partir de aquel día no necesitaba mirarlo de frente para saber que estaba allí; sentía su cercanía en la nuca como una corriente tibia, un pulso secreto que le erizaba el cuerpo entero mucho antes de que el resto del recinto despertara. Se desvivía por su voz: un timbre penetrante, dulce y desgarrador que parecía cantar únicamente para consolar su soledad.
Durante los ensayos más íntimos, cuando todos callaban para dejarlos a solas en los pasajes lentos, sus respiraciones se entrelazaban en el aire. Era un diálogo invisible, un idilio apasionado que ambos creían que jamás llegaría a consumarse.
Llegó la noche de la gran gala. Un silencio sobrecogedor se adueñó de la sala, denso y cargado de expectación. Nadie en el escenario se atrevía a quebrar la quietud antes que él; Esa noche seria el el que tendría el privilegio sagrado dar la señal que despertara al resto del mundo. Y se sentía muy orgulloso y nervioso.
Contuvo el aliento, reunió todo su anhelo y exhaló una nota limpia, pura y ardiente que atravesó la penumbra directa hacia la espalda de su amada, entregándole el alma en una súplica final en forma de una nota musical.
Ella sintió el impacto vibrar en su pecho. Sin necesidad de voltear, reconoció la declaración de amor que le llegaba de filas atrás, sonrió en la sombra y respondió de inmediato con un suspiro grave y aterciopelado que se fundió con el suyo.
Aquel primer unísono no fue el final, sino el pacto que desató el fuego.
Apenas la batuta cayó con un golpe seco en el aire, la música se abalanzó como una tormenta. Violines impetuosos, timbales feroces y trompetas triunfales rugían reclamando la gloria de la sala. Pero en medio de esa marea ensordecedora, ellos que estaban allí también tejieron un mundo privado, impermeable al estruendo de los demás.
El no interpretaba las notas del papel pautado; elevaba promesas. Su voz atravesaba la marea de músicos como una saeta de fuego, incisiva y límpida, rozando los bordes de aquella amada secreta. Cada nota que él sostenía era una caricia desesperada sobre su silueta; cada vibrato, un temblor de deseo que le quemaba desde lo más profundo de su alma. No había vanidad en su canto, solo la urgencia de sostenerla en el aire para que ella lo sintiera cerca.
Y ella, que durante años había contenido la grandeza de su canto en la penumbra del acompañamiento, se rebeló con una dulzura sobrecogedora. Ya no le importaba no poder girar el rostro. La música le ofrecía un cuerpo incorpóreo, y con él se arqueaba hacia atrás, envolviendo el llamado de su amante en una atmósfera tibia, densa, de terciopelo y sombra. Respondía a cada una de sus frases con un contrapunto tan ceñido que parecía deslizarse por su cintura, besándole la raíz de cada sonido. Los dos ejecutantes, ajenos a la pasión clandestina que los consumia se sentían sin mirarse de frente y se asombraban s por la extraña electricidad que brotaba del centro del escenario.
Llegó entonces el clímax del tercer movimiento: un pasaje donde la partitura exigía que ambos callaran de golpe, dejando que el eco muriera en la bóveda del teatro. La orquesta entera enmudeció.
En esa fracción de segundo robada a las reglas del mundo, cuando los aplausos aún no tenían permiso para nacer y el silencio era absoluto, ocurrió el milagro. Sus cuerpos, cargados de la misma frecuencia exacta, continuaron resonando por la magia del amor. Sin aire ni arcos, vibraron juntas sin que nadie los pudiera detener bajo la mirada extravida del director , fundidas en una misma nota tibia que nadie más pudo oír, demostrando que dos prisioneros condenados a no mirarse podían amarse con la fuerza devoradora de un acorde eterno.
Allí, bajo los aplausos que estallaron como el rugido de una tormenta ninguno de los dos vestía de carne y hueso: el amante fiel no era otro que el oboe, y la doncella que por fin se entregaba a su llamada era la viola, unidos para siempre en la armonía perfecta. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en una pequeña ciudad de tejados empinados y calles adoquinadas, un anciano llamado don Mateo. Vivía en la planta alta de una vieja casona de madera, justo encima de la plaza mayor. Todo el pueblo acudía a él cuando el peso de la vida se volvía insoportable: amores contrariados, negocios en la cuerda floja o disputas familiares sin aparente solución. Los vecinos subían las crujientes escaleras buscando una sentencia luminosa, una guía infalible que les dijera qué camino tomar.
Sin embargo, don Mateo nunca abría la boca para ordenar el destino de nadie. Se sentaba junto a la ventana, bajo la luz suave de la tarde, con una lupa de aumento en una mano y unas pinzas de punta fina en la otra. Frente a él, extendidos sobre terciopelo negro, reposaban cientos de sellos postales de todos los rincones del planeta: diminutos grabados de imperios extintos, barcos de vapor, aves exóticas y cordilleras lejanas.
Un día, un joven comerciante llegó al taller al borde de la desesperación. Se debatía entre vender su tienda para cruzar el océano o quedarse a sostener el negocio familiar en decadencia.
—Don Mateo, dígame qué hacer. Si me quedo temo arruinarme, y si me marcho temo arrepentirme toda la vida. Usted ha vivido tanto... deme un consejo.
El anciano no desvió la mirada del sello que examinaba con minucia: una pieza azul con bordes dentados de 1890.
—Yo no aconsejo —respondió con voz pausada y serena—. Colecciono sellos. Para dar consejos, es necesario estar completamente seguro de que los consejos son buenos y, para eso, es necesario estar seguro (de lo que nadie en absoluto lo está) de estar en posesión de la verdad.
El comerciante frunció el ceño, buscando una respuesta práctica, pero don Mateo continuó sin apresurarse:
—Y luego es necesario saber si esos consejos se adaptan al individuo al que se le dan, para lo cual es necesario conocer toda su alma, lo que casi nunca es posible. ¿Cómo podría yo pretender conocer los recovecos de tu espíritu, tus miedos más secretos y las fuerzas que te mueven? Y también hay que tener en cuenta que el modo de dar consejos debe adaptarse exactamente a aquella alma; se aconsejan a veces cosas que no quieren que se hagan para que, combinadas con elementos del alma aconsejada, se obtenga el resultado que se desea. Ese es un cálculo imposible. Solo la gente muy ingenua da consejos.
Don Mateo tomó el sello con las pinzas, lo deslizó con pulso firme dentro de una funda transparente y miró por fin a los ojos del joven.
—Cada persona es como una carta sellada que viaja por su propia ruta. Yo solo me dedico a contemplar las estampillas de los viajes ajenos, pero el contenido de la carta y el rumbo del camino solo le pertenecen a quien la lleva en el pecho.
El joven permaneció en silencio unos instantes. Al no recibir un mandato externo en el cual recargar su incertidumbre, comprendió que el peso y la libertad de su propia vida estaban, irremediablemente, en sus manos. Dio las gracias con una leve inclinación de cabeza y bajó las escaleras, dejando al viejo coleccionista a solas con sus pequeños fragmentos de mundo.
Cuando los pasos del joven se apagaron en el último peldaño de la escalera, la casona exhaló un suspiro de madera tibia. Don Mateo no volvió de inmediato a su labor. Se quedó inmóvil frente al terciopelo azul noche, escuchando cómo la lluvia acariciaba las tejas con el ritmo pausado de un reloj de agua.
De pronto, un crujido suave rompió el silencio. No venía de la puerta, sino del rincón más sombrío del ático, donde los álbumes encuadernados en cuero reposaban como murallas contra el olvido. Entre las sombras emergió una figura menuda, envuelta en un abrigo empapado y con los ojos brillantes de una urgencia distinta. Era una mujer joven, de paso ligero pero espíritu agitado, que llevaba esperando su turno oculta tras los estantes.
—Lo escuché todo, don Mateo —dijo ella con voz trémula, acercándose a la mesa—. Dice que no aconseja porque no conoce el alma ajena. Pero yo no vengo a pedirle que decida mi vida. Vengo a pedirle que me preste sus ojos.
Don Mateo no mostró sorpresa. Con un ademán sereno, la invitó a sentarse en el taburete de terciopelo gastado frente a él. La lámpara de aceite proyectó sobre el rostro de la recién llegada una calidez ambarina.
—Dígame, don Mateo... si nadie puede saber el rumbo de la carta antes de abrirla, ¿por qué guarda con tanto celo los sellos de cartas que ya llegaron a su destino? ¿Qué busca en ellos si no son una respuesta?
El anciano sonrió apenas, una curva sutil que arrugó la comisura de sus ojos. Tomó con las pinzas de plata una pequeña estampilla de color violeta pálido, emitida medio siglo atrás en una isla remota que ya no figuraba en ningún mapa. Al acercarla a la llama, el grabado pareció cobrar vida: la silueta de un faro sobre un acantilado destelló con una luz propia, proyectando diminutas chispas doradas sobre la madera.
—Míralo bien —susurró don Mateo, pasándole la lupa—. Los sellos no dicen qué mensaje llevaba el papel, ni si traía albricias o desventuras. Solo dan testimonio de que la carta fue entregada al camino. Soportaron la humedad de las bodegas de barcos, el polvo de los carruajes y las manos temblorosas de quienes los cancelaron con tinta.
La mujer miró a través del cristal. Por un instante no vio solo tinta y papel, sino la inmensidad del océano y el rumor de olas distantes que parecían batir contra el borde de la mesa.
—La gente busca atajos y profecías —continuó el anciano con voz suave—, porque temen el peso de su propia libertad. Quieren que un tercero trace el mapa para poder culpar al guía si la marea los extravía. Pero la única magia que no traiciona es la del viaje en sí, con todos sus naufragios y sus puertos imprevistos.
Don Mateo guardó el sello violeta en su estuche y cerró el gran libro con un golpe sordo y definitivo que levantó una tenue nube de polvo brillante.
—Vuelve al camino —concluyó el viejo coleccionista, fijando en ella una mirada serena y lúcida—. Deja de buscar a quien te diga cómo escribir la carta. Lo único que necesitas es el coraje de sellarla y echarla al viento.
La mujer permaneció un momento en silencio, sintiendo cómo el nudo en su pecho se desataba en una certeza tranquila. Asintió despacio, se levantó sin decir palabra y bajó hacia la noche lluviosa.
Arriba, en el ático, la luz de la lámpara parpadeó levemente cuando don Mateo tomó una nueva estampilla del montón: una pequeña ala dorada que parecía lista para emprender el vuelo.
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