Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Juan David Betancur Fernandez

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, en una casona de muros agrietados oculta tras la bruma de un valle sin nombre, un rosal silvestre que florecía con una intensidad casi sobrenatural: sus flores eran de un carmesí tan oscuro que parecía absorber la luz de la tarde.
Allí vivía Clara. Nadie en los alrededores recordaba cuándo había llegado, ni su voz se escuchaba jamás en los mercados del pueblo. Solo se sabía de ella por la silueta que recortaba el crepúsculo. Cada atardecer, con una puntualidad litúrgica, Clara salía al patio de piedra, arrancaba un único pétalo terso y se lo llevaba a los labios. Lo sostenía allí, cerrando los ojos mientras bebía de su savia fría y aromática. Había heredado la costumbre de una estirpe de mujeres olvidadas, portadoras de un antiguo proverbio: cuando una mujer besa un pétalo de rosa, se da un beso a sí misma.
Para Clara, aquel no era un simple gesto de consuelo; era un rito de pertenencia, un lazo que ataba su alma a su propia carne para que nada externo pudiera jamás quebrarla ni poseerla.
Un otoño, el silencio de la colina se rompió con la llegada de Mateo, un restaurador de mapas antiguos fascinado por los parajes que no figuraban en las cartas oficiales. Se instaló en una cabaña cercana, buscando la quietud necesaria para descifrar pergaminos velados por el moho.
La primera vez que Mateo la vio a través de la penumbra del jardín, el tiempo pareció detenerse. Clara estaba inmóvil, con los ojos cerrados y el pétalo entre los labios, rodeada de una quietud tan honda que el viento parecía no atreverse a rozarla. No había en ella rastro de soledad ni de espera; desprendía la fascinante autosuficiencia de los mitos. Mateo, habituado a perseguir enigmas sobre el papel, sintió una devoción inmediata y desconcertante.
Comenzaron a encontrarse en el linde de los terrenos. Al principio fueron miradas; luego, palabras escasas que flotaban en el aire como ceniza. Clara hablaba con una serenidad que a Mateo le erizaba la piel: nunca prometía nada, nunca pedía nada. Era entera, intocable.
Una noche, cuando la niebla bajó hasta cubrir los rosales, Mateo no pudo contener la pregunta que llevaba semanas rondándole el pecho:
—¿Por qué cada tarde tomas ese pétalo?
Clara lo miró con unos ojos que parecían guardar memorias de otros siglos, y rozó con sus dedos el borde de sus propios labios.
—Cuando una mujer chupa un pétalo de rosa, se da un beso a sí misma —susurró—. Quien no sabe besarse a solas, busca que otro lo habite como a una casa vacía. Yo nunca he estado vacía. Y nadie que no comprenda eso podrá jamás tocarme.
Mateo dio un paso hacia ella, vencido por un amor que rozaba el fervor.
—No quiero poseerte ni romper tu muralla, Clara. Solo quiero ser testigo de tu fuego.
Clara lo contempló en silencio, con una extraña ternura teñida de despedida, y por primera vez sonrió. Desprendió un pétalo del rosal, lo colocó entre sus labios y luego, tomando el rostro de Mateo con manos sorprendentemente gélidas, lo besó.
El beso fue tibio, embriagador, con un regusto metálico y dulce que le nubló los sentidos a Mateo. Sintió que caía en un pozo sin fondo donde el tiempo se disolvía.
A la mañana siguiente, Mateo despertó sobre la hierba húmeda del jardín. El sol apenas despuntaba entre la niebla. La casona de Clara estaba silenciosa, con las puertas abiertas de par en par. Cuando entró a buscarla, no encontró muebles, ni ropas, ni huellas sobre el polvo fino del suelo; el lugar parecía deshabitado desde hacía más de un siglo.
Clara no estaba. Nadie en el valle volvió a verla jamás.
Sin embargo, Mateo nunca pudo marcharse. Se quedó a vivir en la casona vacía, cuidando el rosal silvestre con una devoción callada. Y los pocos viajeros que cruzaban el sendero al caer la tarde contaban una historia inquietante: aseguraban que, entre la bruma del crepúsculo, se veía a Mateo inmóvil junto a las ramas espinosas, con los ojos cerrados y un pétalo carmesí entre los labios, sonriendo con la misma paz inexplicable de quien ha descubierto el secreto, sin saber si Clara fue una mujer que lo enseñó a amarse, o si ella, al fin, había aprendido a existir dentro de él. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, a orillas de un viejo muelle de madera desgastada por la sal y el tiempo, un viejo pescador que descargaba su faena al caer la tarde. Entre redes húmedas y cabos enrollados, colocó sobre los tablones una cubeta metálica, honda y sin tapa, que resonaba con el rumor constante de pinzas y caparazones.
Un caminante que pasaba por allí, curioso al ver la vasija repleta de cangrejos vivos que bullían unos sobre otros, se detuvo alarmado.
—¡Buen hombre! —advirtió con prisa—. Debe tapar ese recipiente de inmediato. El borde está muy cerca; si no lo cubre, en cualquier descuido treparán y se le escapará toda la pesca.
El pescador sonrió con la calma de quien conoce los secretos del agua y las flaquezas de la tierra. Negó despacio con la cabeza y señaló el interior del balde.
—Mire con atención —le dijo con voz reposada—. En este balde no hace falta tapa ni cerrojo alguno.
El caminante se asomó. En el fondo, entre la maraña de patas y miradas inquietas, un cangrejo vigoroso había encontrado un saliente en el metal. Con esfuerzo paciente comenzó a elevarse sobre los demás. Escaló paso a paso, dejando atrás la penumbra del fondo, hasta alcanzar casi el borde exterior, donde ya soplaba la brisa fresca del mar y se divisaba la libertad.
Pero justo cuando estiraba una de sus tenazas para asomarse al mundo libre, los que estaban abajo advirtieron su ascenso. Ninguno intentó imitar su esfuerzo ni buscar una salida propia; en su lugar, varias pinzas se alzaron con furia ciega, aferraron sus patas traseras y tiraron con fuerza despiadada. El cangrejo resbaló y cayó de golpe al fondo, devuelto a la misma trampa colectiva.
—¿Lo ve? —comentó el pescador—. No necesito gastar madera ni cuerda para retenerlos. Basta con que uno solo intente progresar para que los demás se unan en una sola labor: derribarlo. Nadie sube, nadie sale, todos se hunden juntos.
Ese balde de pescador no es más que el espejo de un mal antiguo que camina entre las personas: la envidia.
En la vida cotidiana, cuando alguien decide trepar con esfuerzo, aprender algo nuevo, emprender un camino distinto o asomarse a una vida más luminosa, rara vez encuentra la resistencia de los muros. El verdadero obstáculo suele ser el coro de quienes se quedaron abajo. El envidioso no sufre porque le falten fuerzas para subir; su tormento nace de ver que otro sí tiene la valentía de elevarse. No busca su propia libertad, sino la mediocridad compartida: prefiere que todos se queden atrapados en la cubeta antes que celebrar el triunfo ajeno.
Quien comprende esta lección aprende dos cosas: a no gastar energía intentando apagar la luz de quien avanza, y sobre todo, a no permitir jamás que las pinzas de la amargura ajena lo jalen de vuelta al fondo cuando ya roza la orilla de su propio horizonte.
El visitante guardó silencio durante un largo rato, mirando fijamente el fondo metálico donde el cangrejo caído yacía inmóvil, confundido entre las sombras de los demás. La brisa marina traía un olor a salitre y a viaje lejano, pero dentro de aquella cubeta el aire parecía espeso, viciado por el empeño inútil de retenerse mutuamente.
Con las manos apoyadas en el borde de madera del muelle, el hombre suspiró y habló en voz baja, casi para sí mismo:
—Qué ceguera tan triste, patrón... He pasado años creyendo que las jaulas más difíciles de romper son las que tienen barrotes de hierro o cerrojos pesados. Pero la peor prisión no necesita rejas; se sostiene sola cuando los prisioneros se convierten en sus propios carceleros.
Apartó la mirada del balde y la clavó en el horizonte abierto del mar, donde las olas rompían libres contra los pilotes.
—Pensaba en cuántas veces he visto esto lejos del agua. En cuántas familias, talleres o pueblos enteros la gente prefiere ahogarse en la queja antes que dejar que uno de los suyos prospere. Si tan solo uno lograra salir, marcaría el camino para todos. Pero la envidia no tiene visión de futuro; solo tiene rencor de presente. Prefiere la ruina compartida a la dicha ajena.
El caminante se enderezó, miró una última vez la cubeta y luego al anciano pescador, asintiendo con una mezcla de amargura y determinación.
—Me voy con una advertencia grabada en el pecho: cuando me toque escalar hacia la luz, tendré que subir rápido y sin mirar atrás. Y cuando me toque estar en el fondo, tendré que vigilar mis propias manos, no sea que en un descuido de amargura se me conviertan en pinzas y termine jalando hacia abajo a quien solo intenta encontrar la salida. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en los confines de un antiguo y suntuoso reino de la India, un soberano llamado Cafio que creía haberlo visto todo. Sin embargo, los rumores que corrían de aldea en aldea hablaban de un hombre extraordinario: un faquir errante cuyos prodigios desafiaban las leyes de la carne y de la muerte. Era un ser único que podía tener poderes sobre el cuerpo que nadie podía imitar.
El rey, intrigado y escéptico a partes iguales, ordenó que lo trajeran a su corte de mármol y sedas. Cuando el asceta estuvo frente al trono, con ropas humildes pero con la mirada fija y serena de quien conoce los abismos del espíritu, le dijo al rey. Su majestad me ha mandado a llamar, para que me necesita
el monarca le preguntó:
—¿Cuáles son esas proezas que en tu nombre se pregona por mis tierras y que se dice que nadie en el mundo es capaz de igualar.
—Muchas, majestad —respondió el faquir con una inclinación pausada—. Entre ellas, el dominio absoluto sobre el aliento. Puedo reposar en el vientre de la tierra durante meses, o tal vez años, sin que la vida me abandone. Creo que nadie en el mundo podría hacer eso.
El rey sonrió con malicia y lanzó el desafío definitivo:
—¿Podrías permanecer sepultado diez inviernos y diez veranos, y emerger con vida?
—El faquir simplemente sonrió y con una mirada altiva le contesto sin titubear. Sin duda alguna, majestad
—Si lo logras —decretó el monarca ante sus cortesanos—, el día en que seas desenterrado te llevare a un templo que construire para ti en las montañas donde podrás orar y meditar a tu gusto. El faquir simplemente sonrio de nuevo sin mostrar ninguna otra emoción.
Se dio la orden de inmediato. En los jardines del palacio se cavó una fosa profunda, fría y oscura, y se mandó forjar un pesado féretro de plomo, impenetrable al aire y al agua. Antes de entrar en la oscuridad, el faquir se dirigió a la multitud. Con voz pausada y magnética, disertó sobre el desapego terrenal, la elevación del alma sobre los apetitos del mundo y el sagrado autodominio que hace posible trascender la materia. Su sabiduría conmovió tanto a nobles como a sirvientes; nadie dudó ya de que se encontraban ante un auténtico santo.
El hombre entró en el sarcófago, los sellos se cerraron con fuego y la fosa fue cubierta con toneladas de tierra. Por diez años completos, una guardia real custodió el lugar noche y día, viendo pasar lluvias, sequías y soles inclementes. Todos en el reino creían con certeza que bajo aquel suelo solo reposaba polvo y olvido; nadie esperaba volver a ver respirar al asceta.
Cumplido el décimo año, el pueblo entero acudió al sepulcro ya que todos habían esperado por mucho tiempo ese momento. Con solemnidad fúnebre removieron la tierra, esperando descubrir únicamente un montón de huesos y harapos. Rompieron los sellos y abrieron la tapa.
Para asombro de todos, el cuerpo yacía intacto, rígido y frío en una profunda catalepsia. Tras unos instantes al aire libre, un estremecimiento recorrió sus extremidades. El pecho se hinchó con una bocanada de aire profundo, los ojos se abrieron de golpe, luminosos y vivaces, y de un salto ágil el hombre se puso en pie.
Miró a su alrededor con urgencia feroz y gritó:
—Donde esta mi templo.
Un silencio helado cayó sobre el jardín. Nadie se movió.
El faquir repitió el reclamo, pero los soldados que lo rodeaban no vestían las libreas de seda púrpura que él recordaba, sino capas de cuero oscuro y armaduras toscas de un reino desconocido. Los guardias retrocedieron con las lanzas en alto, atónitos ante aquel espectro que salía de aquella tumba
Entre ellos dio un paso al frente un hombre mayor, vestido con túnicas de campesino, que lo contemplaba con los ojos desorbitados de quien ve a un muerto caminar.
—Hombre loco... —susurró el anciano—. ¿De qué rey hablas. Al tercer año de tu entierro, los ejércitos del norte invadieron la ciudadela. El palacio fue saqueado, el tesoro real confiscado hasta la última piedra, y el rey al que desafiaste murió en el asedio hace siete inviernos. Eres el único que aún recuerda aquel rey y su corte. y has pasado diez años durmiendo bajo tierra.
El faquir comprendió que lo que se le había prometido hace diez años nunca lo obtendría decidio hacer lo único que tendría sentido. Se acostó de nuevo en su sarcófago y con voz profunda dijo. Cierren de nuevo el ataúd y despiértenme cuando un rey pueda cumplir la palabra empeñada de otro rey.
Y se dice que aún esta allí dormido, enterrado y esperando. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, hace miles de años entre los ríos Tigris y Éufrates, una época en que el cielo y la tierra apenas acababan de separarse. En aquel tiempo vivía Inanna, la radiante diosa del amor, la fertilidad y la guerra, venerada en la gran ciudad de Uruk. Inanna no era una diosa que tuviera roles pasivos o domesticos, ella encarnaba para los sumerios todas las fuerzas dinámicas y contradictorias y además tenía un enorme poder sobre los destinos de su pueblo.
Inanna lo tenía casi todo, pero sentía que a su pueblo le faltaba lo más valioso: los secretos para construir una verdadera civilización. Esos secretos se llamaban los Me, que eran un conjunto de leyes sagradas, decretos divinos y conocimientos que abarcaban desde la escritura, la justicia y la música, hasta la mentira, la artesanía y el poder de los reyes. Nadie que no fuera un dios podía poseerlos sin permiso, y su guardián era el dios más sabio y astuto de todos: Enki, señor de las aguas dulces subterráneas, quien residía en su santuario subacuático de la ciudad de Eridu.
Inanna veía con recelo como los sumerios pese a servirles a los dioses con lealtad no conocían los Me para poder usarlos a su gusto. Decidida a conseguirlos, Inanna emprendió el viaje hacia las profundidades de Eridu. Al verla llegar, deslumbrante y gallarda, El dios Enki ordenó a sus sirvientes preparar un banquete formidable.
—Preparen cerveza , sirvan pasteles de cebada y llenen las copas de mi invitada —instruyó Enki a sus sirvientes.
Entre risas, música y brindis, el banquete se prolongó durante horas. El dios del agua dulce, embriagado por la fiesta y la conversación de la diosa, comenzó a mostrarse espléndido y confiado.
—¡Por el honor de la diosa Inanna! —proclamó Enki levantando su copa—. Te entrego el oficio del escriba, la corona del rey y la sabiduría de los sacerdotes.
Inanna, con la mente tan clara como el agua de manantial, sonrió y fue guardando cada uno de los Me en su embarcación divina, la Barca del Cielo. Enki continuó bebiendo y regalando:
—Te entrego el arte de tejer, el trabajo del metal, la verdad, la diplomacia, los cantos del templo e incluso el luto y la victoria y así durante toda la noche el dios Enki seducido por la belleza y elocuencia de Innana fue entregando y entregando muchos de los Me que poseía y que solo estaban inicialmente dedicados para los Dioses.
Uno a uno, Inanna cargó los más de cien decretos sagrados. En cuanto la barca estuvo repleta, desató las amarras y zarpó veloz a favor de la corriente rumbo a Uruk.
A la mañana siguiente, cuando los efectos de la cerveza se desvanecieron, Enki despertó con la cabeza pesada. Recorrió su salón y, al mirar a su alrededor, descubrió el vacío sus cofres con los Me estaban vacíos.
—¿Dónde están las insignias del trono?¿Quién se ha llevado las leyes sagradas?
Su fiel mensajero, Isimud, bajó la mirada temeroso:
—Señor, anoche, entre copas y cantos, se los entregaste todos a Inanna.
Encolerizado por haber sido burlado, Enki convocó a los monstruos marinos de las profundidades y ordenó a su emisario:
—¡Alcancen la Barca del Cielo! Detengan a Inanna y traigan de vuelta los Me, cueste lo que cueste.
Hasta siete veces los monstruos y demonios del abismo intentaron emboscar la embarcación en los recodos del río. Sin embargo, Inanna contaba con la ayuda de su leal consejera y guerrera Ninshubur, quien con espada y escudo rechazó a las criaturas acuáticas una tras otra, protegiendo la carga divina en cada asalto.
Cuando las murallas de Uruk finalmente aparecieron en el horizonte, Enki comprendió que la diosa había triunfado con su propia astucia. Reconociendo el valor y la tenacidad de Inanna, el sabio dios depuso su ira y selló la paz con ella.
Al desembarcar en el muelle de Uruk, Inanna abrió las compuertas de la barca y repartió los dones divinos entre los seres humanos. Desde aquel día, el pueblo sumerio aprendió a construir canales que reverdecieron el desierto, a construir casas y palacios, a tejer y a dominar el arte de la metalurgia, a gobernarse con orden y justicia y lo más importante de todo por primera vez en la historia de la humanidad a registrar sus historias en tablillas de arcilla, comenzando así el primer hito de el crecimiento cultural de la humanidad. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en el corazón de Samarcanda, un hombre que era temido en todas las comarcas por su crueldad.: el gran emir Tamerlán. Una noche de vientos helados, el monarca se despertó bañado en un sudor frío y con el corazón martilleándole el pecho. Había soñado que yacía en su lecho de muerte, consumido por las sombras, y que de inmediato era arrastrado sin piedad por los siete niveles que llevan al Yahanam. Como se conoce el infierno.
Aterrado por la pesadilla y obsesionado con postergar aquel destino fatal, convocó antes del amanecer a los astrólogos más renombrados del imperio. Formados ante el trono de oro y marfil, los sabios temblaban mientras el emir, con mirada sombría, les exigía saber con certeza cuánto tiempo de vida le restaba.
El primer astrólogo dio un paso al frente, consultó sus cartas celestes y dijo con reverencia: —Gran emir, los astros indican que viviréis veinte años más.
El segundo, intentando complacerlo con mayor generosidad, proclamó: —Los planetas se alinean a vuestro favor; viviréis cincuenta años.
El tercero, viendo la sombra de insatisfacción en el rostro del soberano, dobló la apuesta: —¡Cien años más de gloria os aguardan sobre la tierra!
El cuarto, desesperado por superar a todos y ganar el favor del tirano, se postró y exclamó: —¡Oh, señor del mundo, vos sois inmortal! ¡No moriréis nunca!
Tamerlán apretó los puños, con los ojos inyectados en cólera. —¡Verdugo! —rugió con voz de trueno—. Decapita a estos embusteros todos han venido aquí a mentirme. Tres de ellos me han otorgado demasiado poco tiempo para saciar mi sed de victorias, y el cuarto miente descaradamente para salvar su miserable cuello.
Los guardias arrastraron a los cuatro hombres fuera del salón, dejando tras de sí un silencio espeso y sobrecogedor. En un rincón de la corte permanecía el mulá Nasrudín, envuelto en su modesta túnica y observando con calma como la corte iba y venia tratando de aliviar las penas de aquel emir obedeciendo las más crueles ordenes.
Tamerlán clavó en él sus ojos penetrantes y le dijo: —Tú, Nasrudín, que a veces has leído los misterios del porvenir y conoces los secretos del cielo... ¿qué tienes que decirme?
El mulá no vaciló. Inclinó la cabeza con humildad, acarició su barba y respondió con una serenidad pasmosa: —Gran emperador, da la casualidad de que también yo tuve un sueño la noche pasada. En él, un ángel luminoso descendió ante mí y me comunicó el día exacto de tu fallecimiento y con toda tranquilidad puedo confirmarte que el sueño tiene todo de realidad.
El emir contuvo el aliento, devorado por la inquietud y la esperanza. —¿Y qué te dijo? —preguntó Tamerlán, inclinándose hacia adelante, temiendo y deseando a la vez escuchar la profecía.ya que el mulá era conocido tanto por su inteligencia como por su astucia, así que su respuesta debería ser tenida en cuenta por el.
Nasrudín alzó la mirada, esbozó una leve sonrisa y sentenció: —Que morirás el mismo día que yo.
Desde aquella mañana, no hubo hombre en todo el imperio cuya salud, bienestar y seguridad fueran custodiados con tanto desvelo por los guardias del emir como los del astuto mulá.
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