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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
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    776. Psyque y Cupido (Mito Greco Romano)

    20/05/2026 | 11 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez, en un reino rodeado de acantilados y mares antiguos, una princesa llamada Psique. Su belleza no era común; no era de esas que alegran los ojos, sino de las que paralizan el corazón de aquellos insensatos que la ven. Los hombres cruzaban océanos solo para verla caminar, y cuando la observaban se olvidaban que era su deber llevar ofrendas a los templos de la mismísima Venus, la diosa del amor.
    Y ya saben cómo son los dioses... no perdonan el olvido y venus lo recordaria.
    Venus, envuelta en una furia de nubes doradas, llamó a su hijo, el travieso cupido (a quien muchos conocen como el dios del amor).
    Cuando el candoroso cupido llego esta le dijo "Hijo mío, toma tus flechas doradas. Busca a esa insolente mortal llamada psique y haz que se enamore perdidamente de la criatura más monstruosa, fea y vil que camine sobre la Tierra", 
    El Amor voló hacia el palacio de la princesa dispuesto a cumplir la orden. Y entrando por una ventana de la torre donde la princesa dormía vio la vio allí placidamente durmiendo, y en ese preciso momento la luz de la luna iluminó su rostro de tal manera que el dios vio la belleza de la princesa en toda su magnitud y por esta razón sus nervios lo traicionaron.. Al sacar una de sus flechas, se herió accidentalmente el dedo con la punta de oro de su flecha y como consecuencia el sentimiento del amor se apodero de el. 
    Puede parecer un contrasentido pero En ese microsegundo, el dios del amor quedó, por primera vez, completamente enamorado.
    Mientras tanto, el padre de Psique, preocupado porque nadie se atrevía a pedir la mano de su hija (la veían más como a una diosa que como a una esposa), consultó al Oráculo de Delfos. 
    .
     
    El Oráculo de los dioses dictó una terrible profecía para su familia: “Lleven a la princesa a la cima de la montaña más alta, vestida de novia. Su esposo no es un hombre, sino un monstruo alado que devora vidas”.
    Con lágrimas de piedra, su familia la abandonó en la cumbre. Psique esperaba garras, colmillos y fuego. Sin embargo, lo que llegó fue Céfiro, el viento del oeste, que la levantó en un suspiro y la depositó suavemente en un valle escondido.
    Frente a ella se alzaba un palacio de cristal y oro. Al entrar, las mesas se llenaban solas de manjares y unas voces invisibles, hechas de pura brisa, le susurraban: “Bienvenida, reina. Todo lo que ves es tuyo”.
    Pero lo más extraño ocurría al caer la noche. En la oscuridad más absoluta, una presencia se deslizaba en su lecho. Sus manos eran cálidas, su voz era un poema y su ternura no tenía límites. No había monstruo allí; había un amante perfecto.
    Eso sí, él le impuso una única y severa regla:
    "Esposa mía, puedes tenerlo todo en este palacio. Pero jamás, jamás debes intentar ver mi rostro. Si me miras, me perderás para siempre".
    Durante meses, Psique fue feliz en esa penumbra llena de secretos. Pero la mente humana es frágil, y la envidia ajena es venenosa. Sus hermanas, celosas de su riqueza, la visitaron en secreto y sembraron la duda en su mente: “¿Y si duermes con una serpiente gigante que te devorará cuando te descuides? Esta noche, esconde una lámpara y un puñal. Cuando se duerma, míralo. Si es un monstruo, trácatelas, le cortas la cabeza”.
    Esa noche, el peso de la sospecha fue más fuerte que el amor. Esperó a que su esposo durmiera profundamente. Con manos temblorosas, encendió la lámpara de aceite y la acercó a la cama.
    El corazón casi se le sale del pecho. No había escamas ni colmillos. Allí descansaba el mismísimo dios cupido, con sus alas de plumas blancas y rosas, y sus rizos dorados esparcidos en la almohada. Psique, embelesada, se inclinó para admirarlo... y el destino cobró su precio.
    Una sola gota de aceite hirviendo resbaló de la lámpara y cayó sobre el hombro del dios.
    Amor abrió los ojos. Miró la lámpara, miró el puñal y, con los ojos llenos de una tristeza infinita, desplegó sus alas. Antes de perderse en la noche, sus palabras flotaron en el aire como una maldición:
    "El Amor no puede vivir donde no hay confianza".
    El palacio se desvaneció. Psique se encontró sola en un bosque espinoso, llorando su error. Pero el alma humana, cuando ama de verdad, es capaz de desafiar a los mismos cielos. Decidió buscar a su esposo, aunque tuviera que caminar hasta el fin del mundo.
    Fue a parar al templo de Venus, quien la recibió con una sonrisa cruel. Para recuperar a su hijo, la diosa le impuso cuatro tareas imposibles, cuatro misiones de cuento de hadas:
    Separar una montaña de granos mezclados antes del anochecer. (Psique lloró, pero un ejército de miles de hormigas, conmovidas, hicieron el trabajo por ella).
    Conseguir la lana de unas ovejas de oro salvajes que mataban a golpes. (Una caña del río le susurró al oído que esperara a que las ovejas durmieran para recoger la lana atrapada en los arbustos).
    Llenar una jarra con el agua negra del río Estigia, que brotaba de una roca custodiada por dragones. (El águila de Júpiter bajó del cielo, tomó la jarra con sus garras y le trajo el agua).
    Finalmente, Venus le pidió el castigo definitivo: Bajar al mismísimo Inframundo, el reino de los muertos, y pedirle a la reina Proserpina una cajita con un trozo de su belleza divina.
    Psique, usando su ingenio, sorteó al perro Cerbero de tres cabezas, pagó al barquero Caronte y logró regresar al mundo de los vivos con la caja en sus manos.
    Pero la curiosidad es una sombra que persigue a Psique. A pocos pasos de reencontrarse con su amor, pensó: “Si abro la caja y uso solo un toque de esta belleza divina, él me amará aún más”.
    Abrió la tapa. Pero dentro no había cosméticos ni hechizos de hermosura; había un sueño profundo, negro y estigio. Un humo denso la envolvió y Psique cayó desplomada en el camino, inmóvil, como una estatua de mármol. Había muerto en vida.
    Mientras tanto, en el Olimpo, la herida de cupido se había cerrado, y su deseo de ver a Psique era ya insoportable. Escapó por la ventana de su palacio y voló por los cielos hasta encontrar el cuerpo inerte de su esposa.
    Con infinita delicadeza, el dios retiró el sueño  de la muerte de los ojos de Psique, lo guardó de nuevo en la caja y, con la punta de una de sus flechas, le dio un tierno y suave pinchazo.
    Psique abrió los ojos y lo primero que vio fue la mirada brillante de su esposo.
    Cupido voló directo hacia Júpiter, el rey de los dioses, para suplicar su bendición. Júpiter, cansado de tanto drama divino, convocó a un gran consejo en el Olimpo. Mandó traer a Psique y le entregó una copa de cristal llena de ambrosía, el néctar de los dioses.
    "Bebe, Psique", dijo el rey del Olimpo. "Hazte inmortal. Así, Amor jamás se separará de ti y vuestro lazo será eterno".
    Incluso Venus, al ver la valentía de la joven y saber que ahora era una diosa de pleno derecho, sonrió y la abrazó.
    Poco después, se celebró la boda más hermosa que los cielos hayan visto jamás. Con el tiempo, cupido el dios amory Psique tuvieron una hija, a la que llamaron Voluptas, que en el idioma de los mortales significa Placer.
    Y así, la mitología nos recuerda que el alma humana (que en griego se dice Psique) debe atravesar pruebas, perderse en la oscuridad y vencer sus propios miedos para, finalmente, fundirse en el abrazo eterno del Amor verdadero.
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    775. El bucle del espaciotiempo

    16/05/2026 | 8 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había  una vez un científico astronauta que viajaba en una nave espacial que se dirigía al borde mismo de un agujero negro. La nave llamada icaro había sido desarrollada para probar que si era posible adentrarse en un agujero negro y salir de allí. Su tripulante era el doctor Jonas Vance y era reconocido por toda la comunidad científica como una mezcla de excéntrico y valiente. Jonás no era un astronauta común; era un cartógrafo del tejido espaciotemporal.  Su misión a bordo de de el icaro consistía en mapear las "arrugas" en el espaciotiempo causadas por la cercanía de un agujero negro de masa intermedia bautizado como Cronos.
     
    Allí pues estaba el científico con el silencio a su alrededor aunque El silencio en el vacío del espacio no es absoluto; suena como un zumbido eléctrico muy tenue, casi imperceptible. Para el doctor Jonás Vance, ese zumbido era la única constante de su viaje que ya llevaba mucho tiempo. 
    Una tarde (si es que se le puede llamar tarde a un ciclo artificial de luces LED), los sensores cuánticos de la estación científica en el icaro detectaron una anomalía inédita. No era una simple dilatación temporal, donde el tiempo corre más lento. Era una bucle de torsión de espacio tiempo. Y eso era de por si maravilloso porque significaba que el tejido del universo se plegaba sobre si mismo y se provocaría que el tiempo y/o el espacio se repetirían indefinidamente en un ciclo inesperado. 
    Frente a la cúpula de observación, el espacio no era negro; se retorcía como aceite en el agua, reflejando distorsiones de estrellas que ya habían muerto y de otras que aún no habían nacido.
    Jonás, impulsado por esa curiosidad científica que a menudo roza la insensatez, decidió acercar la su nave al borde del bucle. Su inteligencia artificial, Mnemósine, le advirtió con su habitual voz monótona:
    "Doctor Vance, la gradiente gravitacional está cruzando el umbral de seguridad. Si avanza diez metros más, la relatividad general dejará de ser una teoría amable para usted. Y pasara a ser una total variación desconocida"
    "Solo un poco más, Mnemósine. Quiero ver que sucede adentro y como es el reverso de este bucle infinito ", respondió Jonás, con los ojos fijos en el monitor de fluctuación cuántica.
    Un parpadeo. Eso fue todo.
    No hubo sacudidas, ni alarmas estridentes. Pero al mirar por el ordenador de a bordo, el contador de tiempo exterior se había vuelto loco. Los dígitos no avanzaban como siempre lo habían hecho. Ahora el tiempo se multiplicaba en cascada, mostrando números negativos y coordenadas espaciales que no existían en sus mapas.
    Al mirar por la ventana de la sonda, la estación orbital  de donde había partido ya no estaba allí. En su lugar, el espacio se había desplegado como un libro abierto. Jonás no estaba viendo el espacio a través del tiempo; estaba viendo el tiempo como si fuera espacio.
    A la izquierda: Podía ver una línea brillante que se extendía hacia el infinito. Al hacer zum con la cámara, se vio a sí mismo de niño, cayendo de una bicicleta en la Tierra.
    A la derecha: Una neblina difusa mostraba múltiples versiones de la estación espacial Ananké colapsando, sobreviviendo, o siendo abandonada. El futuro no era una línea; era un delta de ríos posibles.
    Podia ver al mismo tiempo el pasado y el futuro. 
    Jonás estiró la mano hacia el tablero. Para su horror, el movimiento de sus dedos dejaba un rastro de "fantasmas" estáticos en el aire. Cada milisegundo de su propia existencia física se estaba solidificando en el espacio de la cabina.
    Si se quedaba allí quieto, el propio tiempo de su cuerpo se congelaría, convirtiéndolo en una estatua de carne y hueso atrapada en un instante eterno.
    "Mnemósine, calcula vector de salida usando la energía cinética del agujero negro", ordenó, descubriendo que su voz sonaba en diferentes tonos a la vez, como un coro de sí mismo.
    "Para salir de una dimensión temporal espacializada, debemos crear un ancla gravitatoria. Necesitamos masa. Mucha masa", respondió la IA, cuya voz ahora venía del futuro inmediato.
    Jonás comprendió lo que debía hacer. La sonda tenía un micro-reactor de materia oscura para emergencias. Si lo detonaba en el punto exacto de la torsión, la explosión no lo destruiría; curvaría el tejido lo suficiente como para "empujarlo" de vuelta a la corriente temporal normal.
    Pero había un precio. La física del espaciotiempo es una contabilidad estricta: para avanzar, algo debe quedar atrás.
    Con el corazón latiendo a un ritmo que ya no correspondía con el reloj de la nave, Jonás configuró el reactor. Esperó a que la línea de su propio pasado pasara cerca de la trayectoria de la sonda. Justo cuando vio el destello de la Ananké en el momento exacto en que él había partido... activó la detonación.
    Un destello blanco cegador lo absorbió todo.
    Jonás despertó con el sonido del zumbido eléctrico. Estaba en la cabina de la Ícaro. El espacio exterior volvía a ser negro, salpicado de estrellas fijas y distantes. El agujero negro Cronos giraba pacíficamente a lo lejos.
    "¿Mnemósine? ¿Informe de situación?", preguntó, limpiándose el sudor de la frente.
    "La sonda ha regresado a la zona segura, doctor. La anomalía se ha disipado."
    Jonás suspiró aliviado y miró el reloj de la nave. Marcaba exactamente la misma hora y el mismo segundo en el que había decidido acercarse al bucle. No había pasado ni un instante.
    Sonrió, pensando que todo había sido un espejismo de la gravedad. Sin embargo, al ir a registrar los datos en el cuaderno físico que guardaba en la guantera, se le heló la sangre.
    Sobre el papel texturizado, escrito con una caligrafía temblorosa que reconoció de inmediato como la suya, había un mensaje que no recordaba haber escrito, pero que sabía perfectamente cuándo lo había hecho:
    Bienvenido de vuelta. No vuelvas a mirar de cerca el bucle. Recuerda que  El tejido recuerda a quienes lo pisan y siempre lo harán pagar por la osadía. 
    Jonás miró de reojo la cúpula. Fuera, en la inmensidad del vacío, le pareció ver, por una fracción de segundo, la silueta de una sonda idéntica a la suya, flotando eternamente en los márgenes de lo que fue y de lo que siempre será.
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    774. Juya y Mma (Mito Wayuu - Colombia)

    13/05/2026 | 4 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez en lo que hoy se conoce como la alta guajira en Colombia un ser llado Mma. Mma la tierra primigenia y ella generalmente dejaba que el sol la calentara. En esas épocas la tierra era solamente arena y Mma recibía constantemente la luz del sol. Pero allí se encontraba Mma esperando que algo sucediera que le pudiera cambiar su aridez.. Ella estaba allí, tendida bajo el sol, esperando algo que no sabía nombrar.
    Mientras tanto en lo alto del infinito azul vivía otro dios llamado Juya. Juya era un guerrero de manta blanca y brillante como relámpagos. Juya era además un nomad del cielo ya que siempre se estaba moviendo de un lugar a otro sin nada que lo pudiera detener. Juya estaba pues siempre deambulando siempre con su arco de colores al hombro. 
    Un día, Juya miró hacia abajo y vio a Mma. La vio tan digna en su aridez, tan fuerte bajo el sol, que se inmediatamente se enamoró de ella. Entonces, Juya decidió visitarla para expresarle su amor. 
    Pero siendo Juya un guerrero debía mostrar poder. Así que No bajó caminando, ¡no! Decidio Bajar  con el estruendo de mil tambores para que así la tierra sintiera toda la energía que tenía. A Se puso su armadura de nubes grises y desde lo alto del cielo disparó sus flechas de agua sobre el pecho de Mma. Mma sintió como todo su cuerpo comenzaba a cambiar. La sensación que las flechas de agua le traían era totalmente desconocida pero todo su cuerpo se lleno de alegría. De pronto toda ella era un danza de placer que comenzaba a penetrar su piel. 
    Donde caían las huellas de Juya, la tierra empezaba a cantar. De pronto de lo más profundo de su cuerpo comenzaron a salir las semillas que habían estado dormidas por toda la eternidad y su piel comenzó a volverse verde. Igualmente el cactus comenzó a florecer y los pequenos hoyuelos de su piel se llenaron de agua y vida. Los viejos dicen que en ese momento nació la vida en la tierra y los animales surgieron lentamente, hasta que finalmente nacieron los Wayuu
    Pero Juya es un espíritu libre. Él no puede quedarse en un solo lugar. Después de besar a Mma, se colgó  su arco siete colores que se ve después de la tormenta— y se marcha a buscar a sus otras mujeres, porque Juya tiene esposas por todas partes, y por eso a veces llueve aquí y allá no y otras veces se demora en volver causando gran pena a los wayuu. 
    Mma se queda ahí, guardando la vida que él le dejó, esperando pacientemente a que el trueno le anuncie que su guerrero viajero está por volver. Por eso, cuando los wayuu escuchan que el cielo ruge sobre la península, no tienen miedo porque con toda seguridad es la presencia de Juya que les traerá las lluvias que tanto necesitan. Y ciertamente rápidamente se ve a Juya galopando de nuevo trayendo las gotas de agua que se necesitan para que el desierto no se olvide de cómo es que se florece y se mantiene la vida.
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    773. La verdad

    11/05/2026 | 5 min
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    Había una vez un joven discípulo de un monasterio llamado Kael. Aquel antiguo monasterio era el sitio ideal para el estudio de ya que el silencio era el eterno acompañante. Y solo era interrumpido por el paso del viento entre los pinos.  Kael . Tenía un corazón de oro y una honestidad que rayaba en la inocencia y desde que entro en el monasterio había demostrado que su mente era un laberinto de espejos: a veces brillante de claridad, a veces oscurecida por la duda. Sin embargo sabía que en la enorme biblioteca de aquel monasterio estaba la sabiduría de generaciones y generaciones. 
    Kael era un incansable devorador de pergaminos. Había estudiado los vedas, los sutras, las meditaciones de los estoicos y los cantos de los místicos. Era versado en las bases de las diferentes religiones y el pensamiento de siglos de filososos. Sin embargo, cuantas más palabras leía, más pequeña se sentía su paz. Se sentía como un náufrago en un océano de conceptos, donde cada ola le gritaba una dirección distinta y cada nueva lectura parecía contradecir la anterior. 
    Un atardecer, incapaz de soportar más la tensión entre tantas verdades contradictorias, buscó a su instructor espiritual en el jardín de piedras. El maestro estaba simplemente sentado, observando cómo la luz se retiraba de las montañas sin hacer ningun ruido y solo con su mirada podía transmitir que estaba reflexionando. 
    —Maestro —dijo Kael, con la voz entrecortada por la angustia—, mi mente no encuentra descanso. He comparado credos y analizado mil filosofías. He visto que unos dicen "así" y otros dicen "no". Si la Verdad es una sola, como dicen los antiguos, ¿por qué hay tantas religiones? ¿Por qué tantas sendas y doctrinas? ¿No es acaso un exceso innecesario? Es algo que no he podido entender. Entre más conocimiento tengo más dudas y contradicciones llenan mi alma. 
    El joven esperaba una explicación teológica larga, una disección de la historia humana o quizá una metáfora sobre los ríos que llegan al mismo mar. El maestro al oír la pregunta no se inmuto y permaneció en silencio como si nada hubiera sucedido. El  silencio incomodo se prolongó hasta que el maestro se puso en pie y lo miró con una intensidad que parecía atravesarle los huesos. Por vez primera Kael vio en aquel hombre apasible y sereno una furia interna que no entendía. 
    —¡Qué dices, insensato! —tronó el anciano, rompiendo la calma del jardín.
    Kael retrocedió un paso, sorprendido por la firmeza del regaño. El maestro señaló entonces hacia el horizonte, donde las sombras de los árboles eran todas distintas, y sentenció:
    —¿Demasiadas enseñanzas? ¡Al contrario! Todo aquello que tu llamas una enseñanza no es más que el resumen de miles y miles de enseñanzas. Te dejas llevar por las ideas que resumen los grupos de personas. Miralo de una manera diferente Cada hombre es una enseñanza, cada vida es una doctrina. Así que hay infinito numero de enseñanzas como hay infinito numero de personas. Debes tomar lo mejor de cada persona que encuentres y nunca valorar a nadie como el poseedor único de la verdad. Construye tu propia verdad. 
    En ese momento, el juego de luces y sombras en la mente de Kael se detuvo. Comprendió que la Verdad no era un libro que se pudiera imprimir en serie, sino un lenguaje que el universo hablaba de forma única a través de cada par de ojos. Y que cada una de las personas aporta algo a esa verdad. 
    No había "demasiados caminos" porque no había dos seres iguales. La doctrina no estaba en el pergamino, sino en el latido de quien lo sostenía. Kael cerró su libro de notas, respiró el aire fresco de la tarde y, por primera vez en años, dejó de buscar la Verdad fuera de sí mismo
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    772. Sankara y la luz (Leyenda Massai - Kenia)

    09/05/2026 | 9 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    En la tierra de Kenia, donde las vastas sabanas se encuentran con los horizontes infinitos, existió un tiempo en que el mundo estaba envuelto en una oscuridad eterna. El sol, la luna y las estrellas estaban ocultos a la gente, y vivían en miedo y desesperación. Los animales vagaban sin rumbo sin la guía de la luz del día, y las plantas luchaban por crecer sin el toque nutritivo de los rayos del sol.
    En medio de esta oscuridad, un joven guerrero maasai llamado Sankara surgió de una humilde aldea. Poseía un espíritu curioso y un deseo insaciable de desentrañar los misterios del universo. Sankara pasaba sus días observando el mundo natural, estudiando las estrellas y haciendo preguntas a los ancianos. Anhelaba el conocimiento para traer luz a su pueblo, para restaurar la conexión entre los cielos y la tierra.
    Un día, mientras Sankara vagaba por lo más profundo de la vasta naturaleza salvaje, se encontró con un majestuoso y sabio anciano llamado Simba Arati, el guardián león del Gran Valle de la Grieta. Simba Arati era conocido por su profundo conocimiento del cosmos y de los secretos de los cielos. El león saludó a Sankara con una presencia suave pero poderosa, y el joven guerrero sintió una inmediata reverencia.
    "Veo la ardiente curiosidad en tus ojos, joven", dijo Simba Arati con una voz que retumbaba como un trueno lejano. "Dime, ¿por qué te has aventurado en el corazón de la naturaleza?"
    Sankara se inclinó respetuosamente ante el león y respondió: "Gran Simba Arati, busco comprender la oscuridad que envuelve nuestro mundo y los secretos de los cielos. Deseo traer luz y esperanza a mi pueblo que sufre en ausencia del sol, la luna y las estrellas."
    El sabio león asintió con aprobación y habló: "Los cielos una vez estuvieron abiertos para nosotros, y el cielo era un lienzo de colores y brillo. Pero hace mucho tiempo, una gran calamidad cayó sobre nuestro mundo. Los dioses se enfurecieron por la codicia y corrupción del pueblo, y cerraron las puertas del cielo, sumiendo el mundo en la oscuridad."
    Sankara escuchaba atentamente, con el corazón pesado por el peso de esta revelación. "¿Hay alguna forma de restaurar la gracia de los cielos y devolver la luz?" preguntó con esperanza en la voz.
    Simba Arati sonrió y respondió: "En efecto, hay una manera. Pero requerirá un gran sacrificio y una determinación inquebrantable. Para devolver la luz al mundo, debes embarcarte en un peligroso viaje hasta la cima del Monte Kilimanjaro, el techo de África. Allí encontrarás a los espíritus divinos del cielo y suplicarás por su misericordia."
    Decidido a cumplir su misión, Sankara emprendió su viaje hacia el Monte Kilimanjaro. El ascenso fue traicionero, lleno de desafíos y obstáculos diseñados para poner a prueba su determinación. Pero el joven guerrero siguió adelante, impulsado por su determinación de devolver la luz al mundo y traer esperanza a su pueblo.
    Tras días de arduo viaje, Sankara alcanzó la cima nevada del Kilimanjaro, un lugar que tocaba los mismos cielos. Allí se encontró con tres espíritus divinos: Nashipai, el espíritu del sol; Mwezi, el espíritu de la luna; y Nyota, el espíritu de las estrellas. Estos seres etéreos brillaban con un resplandor celestial, y su presencia llenaba a Sankara de asombro y reverencia.
    Sankara se arrodilló ante los espíritus divinos y suplicó por su misericordia. Habló del sufrimiento de su pueblo y de la oscuridad que había asolado la tierra durante generaciones. Compartió su sueño de reavivar la gracia del cielo y restaurar la conexión entre el cielo y la tierra.
    Los espíritus escucharon la sincera súplica de Sankara y se conmovieron por su sinceridad y valentía. Nashipai, el espíritu del
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