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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Último episodio

821 episodios

  • Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

    803. El faquir

    10/10/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, en los confines de un antiguo y suntuoso reino de la India, un soberano llamado Cafio que creía haberlo visto todo. Sin embargo, los rumores que corrían de aldea en aldea hablaban de un hombre extraordinario: un faquir errante cuyos prodigios desafiaban las leyes de la carne y de la muerte. Era un ser único que podía tener poderes sobre el cuerpo que nadie podía imitar. 
    El rey, intrigado y escéptico a partes iguales, ordenó que lo trajeran a su corte de mármol y sedas. Cuando el asceta estuvo frente al trono, con ropas humildes pero con la mirada fija y serena de quien conoce los abismos del espíritu, le dijo al rey. Su majestad me ha mandado a llamar, para que me necesita
     el monarca le preguntó:
    —¿Cuáles son esas proezas que en tu nombre se pregona por mis tierras y que se dice que nadie en el mundo es capaz de igualar. 
    —Muchas, majestad —respondió el faquir con una inclinación pausada—. Entre ellas, el dominio absoluto sobre el aliento. Puedo reposar en el vientre de la tierra durante meses, o tal vez años, sin que la vida me abandone. Creo que nadie en el mundo podría hacer eso. 
    El rey sonrió con malicia y lanzó el desafío definitivo:
    —¿Podrías permanecer sepultado diez inviernos y diez veranos, y emerger con vida?
    —El faquir simplemente sonrió y con una mirada altiva le contesto sin titubear. Sin duda alguna, majestad 
    —Si lo logras —decretó el monarca ante sus cortesanos—, el día en que seas desenterrado te llevare a  un templo que construire para ti en las montañas donde podrás orar y meditar a tu gusto. El faquir simplemente sonrio de nuevo sin mostrar ninguna otra emoción. 
    Se dio la orden de inmediato. En los jardines del palacio se cavó una fosa profunda, fría y oscura, y se mandó forjar un pesado féretro de plomo, impenetrable al aire y al agua. Antes de entrar en la oscuridad, el faquir se dirigió a la multitud. Con voz pausada y magnética, disertó sobre el desapego terrenal, la elevación del alma sobre los apetitos del mundo y el sagrado autodominio que hace posible trascender la materia. Su sabiduría conmovió tanto a nobles como a sirvientes; nadie dudó ya de que se encontraban ante un auténtico santo.
    El hombre entró en el sarcófago, los sellos se cerraron con fuego y la fosa fue cubierta con toneladas de tierra. Por diez años completos, una guardia real custodió el lugar noche y día, viendo pasar lluvias, sequías y soles inclementes. Todos en el reino creían con certeza que bajo aquel suelo solo reposaba polvo y olvido; nadie esperaba volver a ver respirar al asceta.
    Cumplido el décimo año, el pueblo  entero  acudió al sepulcro ya que todos habían esperado por mucho tiempo ese momento. Con solemnidad fúnebre removieron la tierra, esperando descubrir únicamente un montón de huesos y harapos. Rompieron los sellos y abrieron la tapa.
    Para asombro de todos, el cuerpo yacía intacto, rígido y frío en una profunda catalepsia. Tras unos instantes al aire libre, un estremecimiento recorrió sus extremidades. El pecho se hinchó con una bocanada de aire profundo, los ojos se abrieron de golpe, luminosos y vivaces, y de un salto ágil el hombre se puso en pie.
    Miró a su alrededor con urgencia feroz y gritó:
    —Donde esta mi templo.
    Un silencio helado cayó sobre el jardín. Nadie se movió.
    El faquir repitió el reclamo, pero los soldados que lo rodeaban no vestían las libreas de seda púrpura que él recordaba, sino capas de cuero oscuro y armaduras toscas de un reino desconocido. Los guardias retrocedieron con las lanzas en alto, atónitos ante aquel espectro que salía de aquella tumba 
    Entre ellos dio un paso al frente un hombre mayor, vestido con túnicas de campesino, que lo contemplaba con los ojos desorbitados de quien ve a un muerto caminar.
    —Hombre loco... —susurró el anciano—. ¿De qué rey hablas.  Al tercer año de tu entierro, los ejércitos del norte invadieron la ciudadela. El palacio fue saqueado, el tesoro real confiscado hasta la última piedra, y el rey al que desafiaste murió en el asedio hace siete inviernos. Eres el único que aún recuerda aquel rey y su corte. y has pasado diez años durmiendo bajo tierra.
    El faquir comprendió que lo que se le había prometido hace diez años nunca lo obtendría decidio hacer lo único que tendría sentido. Se acostó de nuevo en su sarcófago y con voz profunda dijo. Cierren de nuevo el ataúd y despiértenme cuando un rey pueda cumplir la palabra empeñada de otro rey.
    Y se dice que aún esta allí dormido, enterrado y esperando.
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    802. Inanna y los Me (Mito Sumerio)

    08/10/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, hace miles de años entre los ríos Tigris y Éufrates, una época en que el cielo y la tierra apenas acababan de separarse. En aquel tiempo vivía Inanna, la radiante diosa del amor, la fertilidad y la guerra, venerada en la gran ciudad de Uruk. Inanna no era una diosa que tuviera roles pasivos o domesticos, ella encarnaba para los sumerios todas las fuerzas dinámicas y contradictorias y además tenía un enorme poder sobre los destinos de su pueblo. 
    Inanna lo tenía casi todo, pero sentía que a su pueblo le faltaba lo más valioso: los secretos para construir una verdadera civilización. Esos secretos se llamaban los Me, que eran un conjunto de leyes sagradas, decretos divinos y conocimientos que abarcaban desde la escritura, la justicia y la música, hasta la mentira, la artesanía y el poder de los reyes. Nadie que no fuera un dios podía poseerlos sin permiso, y su guardián era el dios más sabio y astuto de todos: Enki, señor de las aguas dulces subterráneas, quien residía en su santuario subacuático de la ciudad de Eridu.
    Inanna veía con recelo como los sumerios pese a servirles a los dioses con lealtad no conocían los Me para poder usarlos a su gusto. Decidida a conseguirlos, Inanna emprendió el viaje hacia las profundidades de Eridu. Al verla llegar, deslumbrante y gallarda, El dios Enki ordenó a sus sirvientes preparar un banquete formidable.
    —Preparen cerveza , sirvan pasteles de cebada y llenen las copas de mi invitada —instruyó Enki a sus sirvientes. 
    Entre risas, música y brindis, el banquete se prolongó durante horas. El dios del agua dulce, embriagado por la fiesta y la conversación de la diosa, comenzó a mostrarse espléndido y confiado.
    —¡Por el honor de la diosa Inanna! —proclamó Enki levantando su copa—. Te entrego el oficio del escriba, la corona del rey y la sabiduría de los sacerdotes.
    Inanna, con la mente tan clara como el agua de manantial, sonrió y fue guardando cada uno de los Me en su embarcación divina, la Barca del Cielo. Enki continuó bebiendo y regalando:
    —Te entrego el arte de tejer, el trabajo del metal, la verdad, la diplomacia, los cantos del templo e incluso el luto y la victoria y así durante toda la noche el dios Enki seducido por la belleza y elocuencia de Innana fue entregando y entregando muchos de los Me que poseía y que solo estaban inicialmente dedicados para los Dioses.
    Uno a uno, Inanna cargó los más de cien decretos sagrados. En cuanto la barca estuvo repleta, desató las amarras y zarpó veloz a favor de la corriente rumbo a Uruk.
    A la mañana siguiente, cuando los efectos de la cerveza se desvanecieron, Enki despertó con la cabeza pesada. Recorrió su salón y, al mirar a su alrededor, descubrió el vacío sus cofres con los Me estaban vacíos.
    —¿Dónde están las insignias del trono?¿Quién se ha llevado las leyes sagradas?
    Su fiel mensajero, Isimud, bajó la mirada temeroso:
    —Señor, anoche, entre copas y cantos, se los entregaste todos a Inanna.
    Encolerizado por haber sido burlado, Enki convocó a los monstruos marinos de las profundidades y ordenó a su emisario:
    —¡Alcancen la Barca del Cielo! Detengan a Inanna y traigan de vuelta los Me, cueste lo que cueste.
    Hasta siete veces los monstruos y demonios del abismo intentaron emboscar la embarcación en los recodos del río. Sin embargo, Inanna contaba con la ayuda de su leal consejera y guerrera Ninshubur, quien con espada y escudo rechazó a las criaturas acuáticas una tras otra, protegiendo la carga divina en cada asalto.
    Cuando las murallas de Uruk finalmente aparecieron en el horizonte, Enki comprendió que la diosa había triunfado con su propia astucia. Reconociendo el valor y la tenacidad de Inanna, el sabio dios depuso su ira y selló la paz con ella.
    Al desembarcar en el muelle de Uruk, Inanna abrió las compuertas de la barca y repartió los dones divinos entre los seres humanos. Desde aquel día, el pueblo sumerio aprendió a construir canales que reverdecieron el desierto, a construir casas y palacios, a tejer y a dominar el arte de la metalurgia,  a gobernarse con orden y justicia y lo más importante de todo por primera vez en la historia de la humanidad a registrar sus historias en tablillas de arcilla,  comenzando así el primer hito de el crecimiento cultural de la humanidad.
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    801. La muerte del Emir.

    05/10/2026 | 5 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez, en el corazón de Samarcanda, un hombre que era temido en todas las comarcas por su crueldad.: el gran emir Tamerlán. Una noche de vientos helados, el monarca se despertó bañado en un sudor frío y con el corazón martilleándole el pecho. Había soñado que yacía en su lecho de muerte, consumido por las sombras, y que de inmediato era arrastrado sin piedad por los siete niveles que llevan al Yahanam. Como se conoce el infierno. 
    Aterrado por la pesadilla y obsesionado con postergar aquel destino fatal, convocó antes del amanecer a los astrólogos más renombrados del imperio. Formados ante el trono de oro y marfil, los sabios temblaban mientras el emir, con mirada sombría, les exigía saber con certeza cuánto tiempo de vida le restaba.
    El primer astrólogo dio un paso al frente, consultó sus cartas celestes y dijo con reverencia: —Gran emir, los astros indican que viviréis veinte años más.
    El segundo, intentando complacerlo con mayor generosidad, proclamó: —Los planetas se alinean a vuestro favor; viviréis cincuenta años.
    El tercero, viendo la sombra de insatisfacción en el rostro del soberano, dobló la apuesta: —¡Cien años más de gloria os aguardan sobre la tierra!
    El cuarto, desesperado por superar a todos y ganar el favor del tirano, se postró y exclamó: —¡Oh, señor del mundo, vos sois inmortal! ¡No moriréis nunca!
    Tamerlán apretó los puños, con los ojos inyectados en cólera. —¡Verdugo! —rugió con voz de trueno—. Decapita a estos embusteros todos han venido aquí a mentirme.  Tres de ellos me han otorgado demasiado poco tiempo para saciar mi sed de victorias, y el cuarto miente descaradamente para salvar su miserable cuello.
    Los guardias arrastraron a los cuatro hombres fuera del salón, dejando tras de sí un silencio espeso y sobrecogedor. En un rincón de la corte permanecía el mulá Nasrudín, envuelto en su modesta túnica y observando con calma como la corte iba y venia tratando de aliviar las penas de aquel emir obedeciendo las más crueles ordenes. 
    Tamerlán clavó en él sus ojos penetrantes y le dijo: —Tú, Nasrudín, que a veces has leído los misterios del porvenir y conoces los secretos del cielo... ¿qué tienes que decirme?
    El mulá no vaciló. Inclinó la cabeza con humildad, acarició su barba y respondió con una serenidad pasmosa: —Gran emperador, da la casualidad de que también yo tuve un sueño la noche pasada. En él, un ángel luminoso descendió ante mí y me comunicó el día exacto de tu fallecimiento y con toda tranquilidad puedo confirmarte que el sueño tiene todo de realidad. 
    El emir contuvo el aliento, devorado por la inquietud y la esperanza. —¿Y qué te dijo? —preguntó Tamerlán, inclinándose hacia adelante, temiendo y deseando a la vez escuchar la profecía.ya que el  mulá era conocido tanto por su inteligencia como por su astucia, así que su respuesta debería ser tenida en cuenta por el. 
     
    Nasrudín alzó la mirada, esbozó una leve sonrisa y sentenció: —Que morirás el mismo día que yo.
    Desde aquella mañana, no hubo hombre en todo el imperio cuya salud, bienestar y seguridad fueran custodiados con tanto desvelo por los guardias del emir como los del astuto mulá.
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    800. La Pareja Feliz

    30/09/2026 | 11 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez una pareja de esposos que llevaban mas de 50 años de feliz matrimonio.. Sin embargo bajo la paz y la tranquilidad de aquel hogar algo turbio se presentía. Como todos los días El reloj de péndulo del vestíbulo daba las cinco con una puntualidad insultante, propia de un hogar donde nada, absolutamente nada, se había salido jamás de su cauce.
    Mary Smith sirvió el té con pulso de cirujano. El sonido del chorro contra la porcelana de la taza fue la única perturbación en aquel salón victoriano de cortinas aterciopeladas. Frente a ella, como si fuera un conejo frente a un perro cazador.
    Hacía exactamente tres semanas desde aquella  conversación que Tomas recordaba claramente..
    Mientras el se encotraba plácidamente leyendo el periódico en su butaca preferida Mary le había preguntado sin ninguna razón aparente como le gustaría morir si el pudiera escoger. Tomas extrañado le respondió que nunca lo había pensado pero que eran temas que no quería discutir. 
    Mary simplemente se sonrio y siguió haciendo los deberes de la casa. Tres semanas en que el señor Tomas Smith no había vuelto a respirar con los pulmones llenos
    —¿Te apetece una galleta de jengibre, querido? —preguntó Mary con una dulzura cristalina, empujando el plato de plata—. Tienen un toque picante exquisito. Canela, clavo... y una pizca de almendra amarga.
    A Tomas se le heló la saliva. Almendra amarga.  El que era un asiduo lector de novelas de mistrerio algo le recordaba ese supuesto sabor. Era el sabor del ácido cianhídrico mejor conocido en sus novelas como Cianuro.
    —No tengo apetito, Mary. Gracias. Respondió en ese momento con una voz Temblorosa.
    —Qué lástima. Esta muy sabroso.  Tomas. 
    Mary dio un sorbo minucioso a su té, levantando el meñique con la distinción que correspondía a una dama de Kensington. Luego, con total parsimonia, se levantó a ajustar las cortinas. Al pasar por detrás del sillón de su marido, su mano rozó con delicadeza la nuca de Tomas.
    El hombre se encogió de golpe, como si una víbora le hubiese rozado la piel. Las palpitaciones le martillaban las sienes. Cada fibra de su espalda esperaba el golpe seco de un pisapapeles de bronce, o el frío de una navaja de afeitar deslizándose entre las vértebras. 
    —Tienes tensión en las cervicales, pobre mío —murmuró ella desde la penumbra del cortinaje—. Deberías darte un buen baño caliente antes de la cena. He dejado todo listo en el piso de arriba.
    El baño.
    La mente de Tomas proyectó de inmediato la bañera de patas de león, el agua humeante, y aquel viejo calentador eléctrico cuyo cableado siempre había chisporroteado un poco junto a los azulejos húmedos. Podía verla a ella: envuelta en su bata de seda, empujando suavemente el aparato con la punta de una zapatilla acolchada mientras él flotaba indefenso entre la espuma.
    —Prefiero no ducharme hoy —balbuceó Tomas con la voz agrietada—. El médico dijo que el agua muy caliente no conviene a mi presión.
    —Como gustes, tesoro. Solo procuro tu bienestar.
    Los días siguientes se transformaron para Tomas en un tablero de ajedrez infernal donde las piezas eran invisibles. Vivir se convirtió en una tortura constante esperando el desenlace final. Bien preparado estaba debido a todas las novelas que entretenían sus días y noches de retirado.
    Si Mary le servía sopa de verduras, él se quedaba mirando los guisantes flotar, convencido de que uno de ellos portaba la dosis microscópica de estricnina calculada para desgarrarle las tripas a medianoche. Si le ofrecía un vaso de agua, él esperaba a que ella se girara para disimuladamente volcarlo en la maceta del helecho (que, para mayor tortura de sus nervios, comenzó a secarse a los cuatro días).
    El coche nunca más fue utilizado. La sola idea de presionar el freno y sentir el pedal hundirse blando y vacío en la bajada de High Street le provocaba sudores fríos que empapaban sus sábanas. Subir al dormitorio era una odisea alpina: se aferraba al pasamanos con ambas manos, tanteando cada escalón de roble con la punta del zapato, convencido de que Mary había untado con jabón la madera o encerado a traición la penúltima curva. Eso también había sucedido en una de las novelas de la autora de misterio que tanto le gustaba. 
    Y Mary, mientras tanto, no hacía nada.
    Absolutamente nada.
    Se limitaba a bordar pájaros en bastidores de lino, a leer los obiturarios del periódico buscando el nombre de algún conocido y a mirarlo atentamente con una sonrisa en sus labios. Era la mirada de quien observa germinar una semilla particularmente lenta. Cuando sus ojos se cruzaban con los de él sobre el periódico matutino, Mary le dedicaba una leve inclinación de cabeza, serena, cómplice, casi compasiva, como diciéndole: «Aún no, querido. Pero pronto».
    Al tercer mes, Tomas ya no dormía. Pasaba las noches sentado en el borde del colchón, de espaldas a la pared, con los párpados pegados por el insomnio y una vela consumiéndose en la mesilla. Si cerraba los ojos, podía sentir que cada sonido correspondía a algún acto sospechoso de Mary. Posiblemente estaría tomando el candelabro de plata del recibidor;  o ese silbido podía ser que ella estaria abriendo y dejando escapar el gas de la cocina. Tambien lo había leído en algún libro.
    Al quinto mes, el doctor Moris acudió a la residencia de la pareja alertado por el aspecto fantasmal de Tomas. El  había perdido veintidós kilos ya que no se atrevia a comer casi nada. Su piel tenía el tinte grisáceo y sus manos temblaban con tal furia que no lograba sostener una cuchara.
    —Tiene el pulso en un hilo—diagnosticó el médico en el pasillo, bajando la voz—. Una taquicardia galopante, delirio persecutorio y un agotamiento nervioso absoluto. Me temo que su corazón no resistirá otro mes. Es un caso insólito de colapso vegetativo.
    —Es terrible, doctor —suspiró Mary secándose una lágrima invisible con un pañuelo de encaje—. Ha sido tan repentino... Si supiera cuánto rezo todas las noches a los pies de su cama.
    Y era cierto. Rezaba con devoción ejemplar. Siempre pidiéndole algo a su Dios.
    La última semana, Tomas yacía en la cama  del dormitorio principal, consumido, con la mirada fija en el techo de molduras blancas. Mary se sentó a su lado, tomó su mano esquelética entre las suyas y le acarició los nudillos con ternura infinita.
    —Tranquilo, Tomas —le susurró con voz aterciopelada, acercándose a su oído—. Descansa. Ya casi termina.
    Tomas la miró. Buscó el veneno en su vaso, el cable en el suelo, el arma bajo su cama. No había nada. La habitación estaba impecable, limpia, ventilada, desprovista de cualquier peligro físico. Solo estaba ella, mirándolo morir sin haber movido un solo dedo.
    El corazón de Tomas, exhausto de batirse contra un enemigo que nunca dio un golpe, dio tres latidos arrítmicos, un chasquido sordo en el pecho, y se detuvo para siempre.
    El entierro en el cementerio de St. Judas fue sobrio y concurrido. Todos los vecinos de la parroquia elogiaron la entereza admirable de la viuda, quien, de riguroso luto y con velo de gasa negra, depositó una solitaria rosa blanca sobre la lápida de mármol.
    Aquella noche, de regreso a la solitaria casa de Kensington, Mary subió la escalera sin prisa, pisando con firmeza el centro de cada peldaño. Entró en el cuarto de baño, encendió las luces, llenó la bañera hasta el borde con sales aromáticas y se sumergió en el agua caliente, dejando que el vapor disipara cincuenta años de tedio conyugal.
    Antes de cerrar los ojos para disfrutar del silencio absoluto de la casa, Mary unió las manos sobre el pecho, miró hacia el cielo raso y murmuró con sincera y humilde gratitud:
    —Gracias, Señor misericordioso. Bien sabes que una dama jamás debería ensuciarse las manos.
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    799. El amor en la tierra

    28/09/2026 | 8 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre llamado Julián que habia decidido recorrer el mundo con la mirada clavada en la línea distante del horizonte. Desde muy joven se había convencido de que todo lo que valía la pena en la existencia habitaba en las alturas: en el fulgor inalcanzable de las estrellas de invierno, en el vuelo solitario de las águilas que desafían los riscos y en las cumbres nevadas donde el aire es tan fino que quema los pulmones. Para Julián, el amor y la verdad eran dones celestes, misterios que exigían la elevación del espíritu y el desdén por lo mundano.
    Caminaba siempre erguido, con el mentón alzado, devorando leguas sin detenerse. En su marcha apresurada, sus botas de cuero gastado aplastaban sin piedad la hierba silvestre, las diminutas violetas que nacían entre las grietas de los caminos y los insectos laboriosos que acarreaban briznas de trigo. Javier Despreciaba el polvo del camino que se le adhería a los tobillos;  y consideraba la tierra vulgar,ya que no le permitía saltar hasta las nubes
    En cada aldea que cruzaba, las muchachas del valle le ofrecían cantimploras de agua fresca o panes de centeno recién horneados, pero Julián apenas agradecía con una inclinación distante de cabeza y seguía caminando como si ninguna de ellas existiera. ¿Cómo iba a detenerse en un callejon de aquel pueblo si en la próxima cordillera lo aguardaba un destino más luminoso?
    Pasaron los veranos y los otoños con la velocidad de un cuando pasa por los pueblos. Julián escaló desfiladeros temibles, cruzó mesetas barridas por vientos cortantes y durmió a la intemperie en cimas solitarias, abrazado a su propia manta para no morir congelado. Sin embargo, en ninguna de aquellas cumbres halló lo que buscaba. Allí arriba no había revelaciones sublimes, sino un silencio gélido, pétreo y desolador. Con cada nuevo pico conquistado, el pecho se le volvía más hueco ya nadie le daba el saludo y en las noches estrelladas no había nadie que le sostuviera  su mano. 
    Una tarde, mientras intentaba alcanzar una cresta escarpada envuelta en neblina, una ventisca feroz lo sorprendió en la ladera. El viento rugió con furia de tormenta, arrancándole el bastón con el cual caminabay esto llevo a que desestabilizara su andar. Julián resbaló por una pendiente de piedras sueltas ya que no las vio en el camino por mirar siempre hacia arriba. Finalmente rodó barranco abajo hasta terminar en un claro escondido de un valle espeso, cubierto de sombra y helechos gigantes.
    Aquel hombre altivo que siempre miraba hacia arriba se encontra allí en el fondo de un cañon totalmente magullado, exhausto y quebrantado en su orgullo. Ya no le quedaban fuerzas para mirar al cielo ni ánimo para ponerse en pie. Cayó de bruces, rindiéndose por fin al peso de la gravedad, y hundió el rostro en el musgo tibio del suelo del bosque. Olía a lluvia reciente, a hojas en descomposición y a madera vieja. Por primera vez en la vida, no intentó huir de la tierra que pisaba.
    Al abrir los ojos, manchados de polvo y lágrimas, la vio.
    Estaba arrodillada a escasos palmos de él, entre dos raíces añosas cubiertas de musgo aterciopelado. Tenía las manos hundidas en la tierra fértil, cuidando el brote diminuto de una enredadera que apenas asomaba dos hojas tiernas. Sus cabellos eran del color de la corteza de los arboles y en su rostro había pequeñas pecas como semillas esparcidas por el viento. Vestía una túnica de lino basto, teñida con los tonos del color de la  arcilla y el ocre de las hojas secas.
    No era una ninfa del aire ni una criatura celestial forjada en luz de estrellas. Era una mujer de carne, y mirada profunda. La cual transmitía una paciencia infinita. Sus ojos, profundos y serenos como un pozo de agua limpia, lo miraban sin reproche, con la calma de quien ha visto a la semilla romperse en la oscuridad antes de regalar una sola flor. El creyó reconocerla pero ella entendiendo la confusión le explico. 
    Si me has visto en el pueblo cercano, pero siempre pasabas tan rápido que nunca dejabas que nadie te saludara o se acercara a ti.  Su voz sonaba al rumor producido por el agua corriendo entre guijarros—. Ella le dijo entre dulcemente.  Tus botas hacían vibrar la tierra mucho antes de que tus sombras cruzaran las huellas de nuestro lugar camino. Así nunca podrías saber que existiamos
    Julián intentó hablar, pero se sintió ahogado. Se dio cuenta de que no había sido el terreno lo que le impedía verla, sino su propia ceguera. Se arrastró con dificultad hacia ella y posó las palmas de sus manos abiertas sobre su regazo. a. El frío de su orgullo empezó a derretirse en ese instante, dejando al descubierto una soledad acumulada durante años de búsquedas vacías. Era una sencilla mujer pero su mirada y su voz le recordaban el calor suave de la naturaleza. 
    Comprendió de golpe que para encontrarla no había necesidad de cruzar continentes ni escalar cordilleras inaccesibles. La distancia que los separaba en ese momento no se podía medir en pasos sino en sentimientos, se había alejado del amor por los prejuicios que había edificado, en la vanidad de sus certezas y en la dura coraza con que había protegido sus propias inseguridades.
    Julián la miró a los ojos y murmuró con el corazón desarmado:
    —Lo siento mucho ignore que estabas sobre la superficie de la tierra y ahora que te tengo junto a mi se que tuve que cavar en lo más profundo de mi alma para finalmente verte y amarte
    Ella sonrió con la ternura de la primavera que descongela los ríos y le cubrió las manos con las suyas. En ese contacto, Julián aprendió que el amor verdadero no consiste en perseguir el viento en las alturas desiertas, sino en echar raíces hondas, aceptar el peso sagrado de realidad y florecer juntos, con los pies firmes y bendecidos sobre la tierra que pisa. 
    Se dice que en aquel pueblo cercano habita una pareja de esposos que nunca miran el cielo sino los ojos del otro para encontrar la belleza del mundo.
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