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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
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    753. El Aracnólogo

    04/03/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre que había estudiado durante años sobre un tema que pocos en el mundo tomaban en serio. Este hombre vivía  y trabajaba en su laboratorio en un barrio a las afueras del pueblo. El polvo del barrio olvidado se adhería a las ventanas creando una atmosfera lugubre y desordenada, pero adentro, el mundo estaba hecho de geometría, paciencia y seda. El aracnólogo no era un científico común; era un coleccionista de lo imposible. Su estudio, oculto entre fábricas paralizadas, casas de lata y jardines marchitos donde ya no cantaban los pájaros, parecía flotar dentro de una nube gris de hierro y herrumbre . La poca luz que entraba por aquellas ventanas sucias estaba tamizada por miles de telarañas que él mismo, con el tiempo, había aprendido a cultivar.
    Con sus precisas pinzas de plata, el hombre pasaba las horas atrapando maravillas que desafiaban la biología en sus propias redes. Las había observado, sentido y finalmente atrapado. En frascos de cristal sin tapa, albergaba a sus mayores triunfos:
    ·       La araña filosófica, que en lugar de moscas atrapaba silogismos en el aire y tejía redes en forma de interrogación.
    ·       La araña crisantémica, cuyos hilos estallaban en flores amarillas y frágiles cuando la rozaba el viento frío del otoño.
    ·       La temible araña de la fiebre delirante, que vibraba con un calor iridiscente, tejiendo pesadillas incomprensibles y que muchas veces se hacia presente en los momentos en que los hombres más necesitaban paz y tranquilidad
    ·       La horrible araña paciente. Aquella que era capaz de esperar y esperar sin moverse por días, semanas y meses, sabiendo que algún día su presa caería en su telaraña. 
     
    El aracnólogo se creía el amo absoluto de los hilos Queria encontrar la forma de combinar algunas de sus arañas para así tener un ejemplar que al mismo tiempo llegara a ser increíble. Pasaba las madrugadas en blanco, encorvado sobre su escritorio, diseñando en su mente y en sus libretas nuevas especies de arácnidos, buscando la perfección absoluta entre el terror y la belleza.
    Hasta que una noche de tormenta seca, la gran red central que cruzaba de lado a lado su cuarto de trabajo tembló.
    No fue el tirón errático de una presa desesperada, ni el zumbido de un insecto atrapado. Fue una vibración rítmica, pausada, casi musical. El aracnólogo tomó sus pinzas, con el pulso acelerado por la curiosidad, y se acercó a la penumbra de los visillos de seda.
    Allí, suspendida en el centro exacto de su trampa más sutil, estaba la mujer araña.
    No era una aberración anatómica, sino un ser de una belleza abrumadora. Al ver al investigador acercarse con sus pinzas amenazantes, ella no se retorció. En lugar de luchar contra los hilos pegajosos, utilizó la tensión de la red como un escenario en el cual ella se presentaba con todas sus virtudes.  Sus extremidades, pálidas y precisas, comenzaron a trazar en el aire una danza seduciente. Era el baile atávico y antiguo de una mujer desnuda que no conoce el miedo, moviéndose al compás de una música que solo ella escuchaba.
    Cada giro, cada extensión de sus brazos, desbarataba las leyes de la telaraña. No estaba atrapada; estaba tejiendo un hechizo directamente sobre la mirada del hombre que solo podía pensar en aquel ritmo mágico y alucinante.
    El aracnólogo sintió, por primera vez en su vida, que el hilo de su propia voluntad se cortaba. Las pinzas de plata cayeron de su mano y golpearon el suelo de madera con un eco metálico, rompiendo el silencio del barrio de las cocheras vacías.
    Comprendió en ese instante que todos los diseños de sus libretas, todas las arañas irónicas y
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    752. Francisco el Hombre (Leyenda Guajira)

    03/03/2026 | 9 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez en la Guajira colombiana un hombre llamado Francisco Moscote Guerra. Este hombre recorria los aridos y caminos de La Guajira con su acordeon. Por toda la región era  conocido por todos simplemente como Francisco el Hombre. En aquella época no existía la radio, así que Francisco viajaba de pueblo en pueblo montado en su fiel burro, llevando las noticias, los chismes y los recados de la región, todo cantado al ritmo de su inseparable acordeón.
    Cuenta la historia que, después de una parranda de varios días en el pequeño pueblo de Machobayo, Francisco emprendió el largo camino de regreso a su natal Riohacha. Era una de esas madrugadas cerradas, sin una sola estrella en el cielo. El silencio de la sabana guajira era profundo, roto únicamente por el rítmico trotar del burro y el sonido de los cascos contra la tierra seca y agrietada.
    Para espantar el sueño, el frío de la madrugada y la soledad del camino, Francisco sacó su acordeón de la funda, lo abrió sobre su pecho y comenzó a tocar una melodía al viento.
    De repente, ocurrió algo imposible. Las notas de su acordeón fueron respondidas. Desde la oscuridad del desierto, a lo lejos, otro acordeón repitió su misma melodía, pero con una maestría, una fuerza y una rapidez que Francisco jamás había escuchado en su vida.Y eso en el mundo de los acordeoneros era un insulto. Nadie podía tocar mejor que el..
    Intrigado y con el orgullo de juglar herido, Francisco apretó el paso y tocó una puya (uno de los ritmos más rápidos y difíciles del vallenato) mucho más compleja. De repente, la luna se tiñó de un rojo cobrizo. El viento se detuvo en seco. Desde el horizonte, donde la oscuridad era absoluta, llegó la respuesta a la melodía de Francisco. Pero no eran notas normales; eran ondas de sonido violeta que rasgaban el aire, marchitando al instante las flores a su paso el músico invisible no solo igualó su destreza, sino que la superó con notas que parecían imposibles para manos humanas. Para Francisco eso ya era un insulto mayor. 
    De la nada, un remolino de arena negra y brasas ardientes se formó en medio del camino. Al disiparse, reveló a un jinete montado en una mula del tamaño de un toro, con los ojos inyectados en sangre. El jinete sostenía un acordeón que parecía forjado en las profundidades de la tierra: su fuelle estaba hecho de piel de serpiente negra y sus botones eran pequeños cráneos de hueso pulido que rechinaban al ser presionados.
     El viento dejó de soplar, el aire se volvió pesado y un penetrante olor a azufre inundó el camino. El burro de Francisco se clavó en la tierra, temblando de terror. Cuando el retador finalmente se dejó ver bajo una luz extraña, a Francisco se le heló la sangre. El hombre que tocaba frente a él tenía una sonrisa burlona y unos ojos que brillaban en la oscuridad como brasas ardientes.
    Era el mismo Diablo (Satanás), que había subido a la tierra para arrebatarle a Francisco el título del mejor acordeonero del mundo y, de paso, llevarse su alma al infierno.
    Comenzó entonces el duelo musical más épico de la historia. 
    Cuando el Diablo tocaba una puya frenética, de su acordeón brotaban chispas de fuego verde y un denso olor a azufre. La tierra temblaba, y de la arena emergían sombras alargadas con forma de garras que intentaban atrapar las patas del burro de Francisco. La temperatura subió tanto que las rocas cercanas comenzaron a derretirse como cera.
    Francisco, sudando gotas que se evaporaban antes de tocar el suelo, respondió con su propia magia. Sus dedos volaban sobre los botones, tejiendo un escudo de notas azules y blancas. Cada acorde que tocaba el juglar hacía brotar manantial
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    751. Orfeo y Euridice (Mito Griego)

    25/02/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un musico en la antigua Grecia llamado,  
    Orfeo no era un mortal ordinario; la sangre de las musas corría por sus venas. Se decía que su padre era el mismísimo Apolo, el dios de la música, quien le regaló su primera lira y le enseñó a tocarla. Su talento era tan abrumador que, cuando tocaba, los robles se arrancaban de la tierra para acercarse a escuchar y los ríos detenían su corriente para no interrumpir la melodía.
    Cuando Orfeo conoció a la ninfa Eurídice, el amor fue instantáneo. Decidieron casarse rápidamente, pero el día de su boda estuvo marcado por un mal augurio. Himeneo, el dios del matrimonio, asistió a la ceremonia, pero la antorcha que llevaba no ardía con una llama brillante; en su lugar, emitía un humo negro y asfixiante que hizo llorar a los invitados. Era una clara advertencia de los dioses.
    La tragedia en el prado Poco después de la boda, Eurídice paseaba por los prados con sus compañeras ninfas. Un pastor llamado Aristeo quedó deslumbrado por su belleza e intentó atraparla. Aterrorizada, Eurídice echó a correr por la hierba alta sin mirar por dónde pisaba. En su huida, pisó un nido de víboras. Una de las serpientes hundió sus colmillos en su tobillo, inyectando un veneno fulminante que le arrebató la vida antes de que Orfeo pudiera siquiera escuchar sus gritos.
    Cuando Orfeo encontró su cuerpo sin vida, su dolor fue tan inmenso que cantó una melodía fúnebre tan desgarradora que los dioses del Olimpo lloraron de compasión.
    El poder de la lira en el reino de las sombras Incapaz de aceptar la muerte de su esposa, Orfeo viajó hasta el Ténaro, la oscura caverna que servía como una de las entradas al Inframundo.
    Armado solo con su lira, comenzó a tocar. Su música era tan triste y hermosa que obró milagros en el reino de los muertos:
    Caronte, el espectral barquero que exigía una moneda para cruzar el río Estigia, quedó tan hechizado que lo dejó pasar gratis.
    Cerbero, el monstruoso perro de tres cabezas que devoraba a los vivos que intentaban entrar, se tumbó dócilmente a sus pies.
    Incluso en el Tártaro (el abismo de tormento), los castigos eternos se detuvieron por un momento: la rueda de fuego de Ixión dejó de girar, Sísifo se sentó a descansar sobre su enorme roca y Tántalo olvidó su sed eterna para escuchar la melodía.
    El pacto con Hades y Perséfone Finalmente, Orfeo llegó al salón del trono donde gobernaban Hades y Perséfone. Al cantar sobre su amor perdido y la crueldad de una muerte tan prematura, se dice que lágrimas de hierro rodaron por las mejillas de Hades, y el corazón de Perséfone se ablandó.
    Hades accedió a devolverle el alma de Eurídice, pero impuso una condición inquebrantable:
    Orfeo debía guiar el camino de regreso al mundo superior. Eurídice caminaría detrás de él. Sin embargo, Orfeo tenía prohibido mirar hacia atrás, ni una sola vez, hasta que ambos hubieran cruzado el umbral del Inframundo y la luz del sol bañara por completo a Eurídice. Si dudaba y volteaba, el trato se rompería y ella pertenecería al Inframundo para siempre.
    El agónico ascenso y la duda fatal El camino de regreso era empinado, oscuro y estaba envuelto en una niebla espesa. Orfeo caminaba por delante, pero el Inframundo es un lugar de silencio absoluto; los espíritus no hacen ruido al caminar. Orfeo no podía escuchar los pasos de Eurídice, ni su respiración, ni el roce de su vestido.
    A medida que se acercaban a la superficie, la paranoia comenzó a enloquecer a Orfeo. ¿Y si Hades lo había engañado? ¿Y si no había nadie detrás de él y todo era una cruel burla de los dioses?
    Finalmente, Orfeo vio l
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    750. El ladrón de Nueces (infantil)

    23/02/2026 | 5 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez una ardilla llamada Isabela , que era muy dedicada y juiciosa pero que tenía una personalidad muy muy dramática. Isabela llevaba varios días dando vuelta por el parque muy preocupada. Resulta que Isabela decía que  Alguien, o algo, estaba robando su preciada colección de nueces. Y no cualquier colección: eran nueces seleccionadas, pulidas con su propia cola y organizadas por tamaño y las tenía muy bien cuidadita en lo alto de el árbol donde vivía en una pequeña gruta que encontró en el tronco del árbol. .
    Cada mañana, Isabela despertaba, revisaba su escondite en  el roble gigante y descubría que faltaban exactamente tres nueces.
    —¡Esto es un ultraje! ¡Un robo a mano armada! —gritaba Isabela,  agitando los bracitos hacia el cielo.
    Decidido a atrapar al culpable, Isabela se puso un sombrero de detective hecho con una bellota y comenzó su investigación.

    Primero, interrogó a sus vecinos del bosque, pero todos tenían coartadas perfectas:
    Don Búho: Afirmó que las nueces le daban acidez estomacal y que prefería cazar ratones.
    El Conejo Pérez: Estaba demasiado ocupado compitiendo en carreras de saltos como para subir a el árbol y buscar nueces 
    El Pájaro Carpintero: Declaró que su pico era para la madera, no para romper cáscaras duras.
    Al no encontrar culpables, Isabela decidió pasar a la acción. Diseñó un plan infalible y llenó los alrededores de su árbol con elaboradas trampas:
     
    Primero puso un charco de savia de pino estrategicament ubicado para que el que se atreviera a llegar al árbol se quedara pegado. Luego puso hojas secas super crujientes apiladas alrededor del escondite para oír cuando alguien se acercara y luego puso una nuez muy bella colgada para que así el ladron se atreviera a cogerla y esta haría sonar otras cascaras de bellota como si fueran una campana hilo.
    Esa noche, Isabela se escondió detrás de un arbusto, armado con una linterna de luciérnagas y acompañado por su mejor amigo, el topo Benito, a quien convenció de hacer guardia.
    A las tres de la mañana, Benito roncaba plácidamentecuando de pronto sintió un  De pronto... ¡Crunch, crunch! Las hojas secas sonaron.
    El corazón de Benito saltaba  a mil por hora. El topo vio como Una figura sombría se acercó al escondite de las nueces. Con movimientos rápidos y expertos, la sombra esquivó la savia de pino, saltó sobre el hilo de la nuez gigante, cavó un pequeño agujero, sacó tres nueces y se alejó caminando hacia otro árbol cercano para enterrarlas allí.
    —¡Ajá! ¡Te tengo! —gritó Benito.
    Encendió su linterna de luciérnagas de golpe, iluminando el rostro del escurridizo ladrón.
    Benito el topo se puso sus gafas gruesas y miró hacia donde apuntaba la luz. Lo que vio no lo podía creer
    El ladrón no era un mapache ninja. Tampoco era un zorro astuto.
    El ladrón era... La propia isabela.
    Estaba profundamente dormida, con los ojos cerrados. Resulta que Isabela estaba tan, pero tan obsesionadoa y preocupada  por que le robaran sus nueces, que caminaba dormida todas las noches. En su estado de sonambulismo, desenterraba tres nueces de su escondite principal y las escondía en otro lugar "más seguro" para que ningún ladrón las encontrara.
    Cuando Benito la despertó Isabela se sintió muy apenada con Benito por dejarlo toda la noche despierto y finalmente tuvo que pedirle a Benito que lo ayudara a buscar los cincuenta y dos escondites secretos que ella  misma había creado por todo el bosque sin darse cuenta ya que estaba caminando dormida.
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    749. La pregunta (India)

    21/02/2026 | 5 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre que vivía en una una remota aldea de la India, al borde de un espeso y silencioso bosque. Este hombre era reconocido por los aldeanos como un hombre misterioso pero igualmente sabio. Vestía con sencillez, hablaba con los pájaros y, a menudo, sus acciones resultaban tan excéntricas que dejaban a todos rascándose la cabeza. Lo admiraban por su evidente paz interior, pero al mismo tiempo, su comportamiento inusual los confundía y les causaba gracia.
    Un día, movidos más por el aburrimiento y la curiosidad morbosa que por una verdadera sed de conocimiento espiritual, un grupo de aldeanos decidió invitarlo a la plaza principal. Así que subieron la montana donde vivía y con mucha cortesía se    acercaron a el
    —Maestro —le dijeron con falsas sonrisas—, nos encantaría que nos predicara. Necesitamos de su infinita sabiduría.
    El hombre santo, que vivía en un estado de constante servicio y disponibilidad, aceptó sin dudarlo. Sin embargo, conforme se acercaba el día señalado, su aguda intuición le advirtió de las verdaderas intenciones del pueblo. Sabía que no buscaban la luz, sino un espectáculo; querían reírse un rato a costa del "viejo loco". Decidió entonces que la lección que recibirían no sería la que ellos esperaban.
    Llegó la tarde de la charla. La plaza estaba abarrotada. Los aldeanos se codeaban y cuchicheaban, listos para el entretenimiento. El maestro subió a una pequeña tarima, paseó su mirada tranquila por la multitud y dejó que un silencio profundo se instalara en el ambiente.
    Finalmente, con voz serena, preguntó: —Amigos míos, ¿saben de qué voy a hablarles hoy?
    La multitud, casi al unísono, respondió con burla: —¡No, no lo sabemos!
    El maestro suspiró con dramatismo, sacudió la cabeza y dijo: —En ese caso, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes, sus mentes están tan cerradas, que ninguna palabra mía valdría la pena aquí. Mientras no sepan siquiera de qué voy a hablarles, no tiene sentido que les dirija la palabra.
    Y sin más, dio media vuelta y regresó al bosque, dejando a todos con la boca abierta.
    Los aldeanos se sintieron desconcertados y un poco tontos. Lejos de rendirse, su orgullo herido los hizo reunirse esa misma noche. "Mañana lo llamaremos de nuevo", acordaron, "y cuando pregunte, todos diremos que sí".
    Al día siguiente, mandaron a buscar al santo, quien acudió con la misma paz de siempre. Subió a la tarima, miró a la multitud expectante y formuló la misma pregunta: —Amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?
    Esta vez, con sonrisas triunfantes, gritaron a coro: —¡Sí, maestro, lo sabemos!
    El santo sonrió dulcemente, asintió y respondió: —Siendo así, me alegro mucho. No tengo absolutamente nada que decirles, puesto que ya lo saben todo. Que pasen una excelente noche, amigos.
    Y volvió a marcharse, perdiéndose entre los árboles.
    La indignación en el pueblo fue mayúscula. ¡Aquel ermitaño se estaba burlando de ellos en su propia cara! Llenos de frustración, pero más tercos que nunca, decidieron convocarlo por tercera vez. Celebraron una asamblea y planearon la trampa perfecta. No habría forma de que el viejo se escapara de esta.
    Al tercer día, el santo llegó a la plaza. Se paró frente a ellos, imperturbable como una montaña, los miró en silencio y calma, y lanzó la ya conocida pregunta: —Díganme, amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?
    Los aldeanos, seguros de su victoria, ejecutaron su plan. La mitad de la plaza gritó: —¡Sí, lo sabemos! Y la otra mitad gritó: —¡No, no lo sabemos!
    El silencio volvió a caer sobre la plaza mientras todos miraban al maestro, esperando verlo por fin acorralado.
    El hombre santo los observó con com

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Acerca de Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

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Generated: 3/5/2026 - 9:39:42 PM