Hoy estaremos leyendo Jueces 15 y 16, Juan 9 y 10 y el Salmo 72:11-20. En estos capítulos vemos a Sansón actuar con una fuerza sobrenatural, pero también con una falta de dominio propio. En Jueces 15, usa una quijada de burro para matar a mil hombres. Dios le da la victoria, pero Sansón sigue moviéndose por impulso.
En Jueces 16, se enamora de Dalila, quien finalmente lo traiciona. Sansón revela el secreto de su fuerza y lo pierde todo: su poder, su visión, su libertad. Pero en su peor momento, hace una última oración. En Jueces 16:28, clama:
“Oh Soberano Señor, acuérdate de mí otra vez, oh Dios. Por favor, fortaléceme solo una vez más” (NTV).
Y con esa última fuerza, derriba el templo de sus enemigos, entregando su vida para derrotarlos.
Reflexiona: ¿Estás usando los dones que Dios te dio para su gloria o para tus propios fines? ¿Estás dispuesto a rendirte completamente, incluso si te has equivocado? Dios puede darte una nueva oportunidad.
En Juan 9, Jesús sana a un hombre ciego de nacimiento. Es un milagro poderoso, pero lo más impactante es cómo el ex ciego es perseguido y cuestionado, mientras los líderes religiosos se niegan a ver la verdad.
Jesús le pregunta:“¿Crees en el Hijo del Hombre?” — “Sí, Señor, creo” (Juan 9:35–38, NTV).
Luego, en Juan 10, Jesús se presenta como el Buen Pastor que da su vida por las ovejas. En Juan 10:10, dice:
“El propósito del ladrón es robar y matar y destruir; mi propósito es darles una vida plena y abundante” (NTV).
Y más adelante, declara con firmeza en el verso 11:
“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida en sacrificio por las ovejas.”
Jesús no solo sana, guía y cuida, Él da su vida voluntariamente para salvarnos.
Reflexiona: ¿Estás escuchando la voz del Buen Pastor? ¿O estás confundido por voces religiosas que no muestran el amor y el poder de Cristo? Él vino para darte vida en abundancia.
El Salmo 72 concluye con una visión majestuosa del reinado de Dios. En verso 11, dice:
“Todos los reyes se inclinarán ante él, y todas las naciones lo servirán” (NTV).
Este salmo apunta al reinado de Cristo: un Rey justo, compasivo, defensor del pobre y Salvador del oprimido. En verso 18–19, el salmista estalla en alabanza:
“Alabado sea Dios el Señor, el Dios de Israel, quien solo hace cosas maravillosas. Alabado sea por siempre su glorioso nombre; que toda la tierra se llene de su gloria. Amén y amén.”